Parentela de la Virgen
Los evangelios canónicos nada dicen de los padres de la Virgen. Es alguno de los apócrifos el que los identifica con San Joaquín y Santa Ana, afirmando que eran ancianos. San Joaquín que ejercía como sacerdote en el templo de Jerusalén fue rechazado, dado que el no haber tenido aún descendencia, era considerado como una ausencia del favor divino. Retirado en el monte, tuvo el anuncio de la concepción de su esposa, de la que nació la Virgen María. Ese relato ha dado lugar a ciclos iconográficos relacionados con el Nacimiento de María.
Pero, en el siglo XV, Santa Coleta de Corbie, reformadora de la Segunda Orden de San Francisco, afirmó haber tenido unas visiones en las que recibió datos complementarios sobre la vida de Santa Ana que no había estado casada una sola vez, sino tres.
Con San Joaquín, tuvo a la Virgen; con San Cleofás, que era hermano de San Joaquín, a María Cleofás. Finalmente de un tercer matrimonio con un personaje llamado Salom, nació María Salomé.
Los detalles aún eran más prolijos pues las dos hijas: María Cleofás y María Salomé también se casaron. La primera lo hizo con Alfeo, con el que tuvo a Santiago el Menor, San Judás Tadeo, San José el Justo y San Simón de Jerusalén. Por su parte, María Salomé contrajo matrimonio con Zebedeo, del que nacieron Santiago el Mayor y San Juan Evangelista.
Todo este abigarrado conjunto de personajes que aparecen en el Antiguo Testamento, constituyeron lo que se denominó la parentela de la Virgen, otro tema iconográfico muy representado, aunque la Iglesia lo consideró siempre fantasioso.
Pero en las visiones de Santa Coleta, quedaba una cuestión sin resolver, precisamente la de Santa Isabel, a la que en el Nuevo Testamento se la denomina con precisión «prima de la Virgen».
Para ello, la fértil imaginación de algunos autores creó un nuevo hermano de San Joaquín, llamado Jacob, del que nació Santa Isabel que de San Zacarías tuvo a San Juan Bautista, los tres últimos perfectamente identificados en el Evangelio, aunque sin detallar cuál era la relación familiar con la Virgen.
La cosa se complicó aún más con la atribución a Santa Ana de unos padres llamados Hortolano y Emerenciana que tuvieron varias hijas, tías por lo tanto de la Virgen. En este caso, el concilio de Trento condenó ya semejantes dislates, aunque lo de la anterior parentela tuvo, como hemos dicho, una cierta acogida en la iconografía.
Guarda este contenido en tu perfil
Inicia sesión o crea tu cuenta para guardarlo.