Órdenes mayores
El ministerio eclesiástico, instituido por Dios, está ejercitado en diversos órdenes que, ya desde antiguo reciben el nombre de obispos, presbíteros y diáconos.
La doctrina católica, expresada en la liturgia, el magisterio y la práctica constante de la Iglesia, reconocen que existen dos grados de participación ministerial en el sacerdocio de Cristo: El episcopado y el presbiterado. El diaconado está destinado a ayudarles y a servirles. Los dos grados de participación sacerdotal (episcopado y presbiterado) y el grado de servicio (diaconado) son conferidos por un acto sacramental llamado ordenación, es decir, por el sacramento del Orden.
Así define el Catecismo de la Iglesia Católica los tres grados del Sacramento del Orden, a la luz de la doctrina derivada del Concilio Vaticano II.
La existencia de obispos, presbíteros y diáconos, con sus cometidos específicos, está documentada desde los primeros momentos del Cristianismo.
Tras las convulsiones propias de la Edad Media y la Reforma protestante, el Concilio de Trento abordó la reforma de esta institución divina, definiendo que en la Iglesia «existe una jerarquía instituida por ordenación divina, que consta de obispos, presbíteros y ministros». Al mismo tiempo, consideraba necesaria la existencia de diversas graduaciones de ministros que sirviesen por oficios al sacerdocio y fuesen ascendiendo desde las llamadas órdenes menores a las mayores.
Entre estas últimas se encontraban el presbiterado y el diaconado, siendo considerado el episcopado, como la perfección del presbiterado. A ellas, vino a añadirse el subdiaconado, en los últimos documentos conciliares, de manera que, desde Trento hasta el siglo XX, se han considerado órdenes mayores, el presbiterado, el diaconado y el subdiaconado. Por debajo de ellas, se encontraban las órdenes menores que eran cuatro: Ostiariado, Lectorado, Exorcistado y Acolitado.
Tras el Concilio Vaticano II, el Papa San Pablo VI, por su Carta Apostólica Ministeria quaedam, de 15 de agosto de 1972, procedió a una profunda reforma que, en lo referente a las órdenes mayores, representó la supresión del subdiaconado.
La doctrina del Vaticano II venía a resaltar, por lo tanto, los tres órdenes existentes desde antiguo: los obispos como plenitud del ministerio, los presbíteros, y los diáconos cuya figura se realzaba, a la par que se instituía el diaconado permanente, además del temporal, como paso previo a la ordenación sacerdotal.
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