Oficio de Tinieblas
Hasta la reforma litúrgica introducida tras el Concilio Vaticano II, el rezo del Oficio Divino se realizaba de una manera especial durante la Semana Santa. Los días de Miércoles, Jueves, y Viernes Santo, con el fin de no interferir los oficios previstos para unos días especialmente intensos, se cantaban en la víspera del día anterior, de una manera muy solemne. Comoquiera que tenían lugar cuando ya comenzaba la noche, se les daba el nombre de «Oficio de Tinieblas». El canto se realizaba sin acompañamiento musical y con las luces del templo apagadas, salvo un candelabro especial, artísticamente realizado, que se conocía con el nombre de tenebrario, en el que lucían siete velas, que se iban apagando una a una, al finalizar cada salmo. La vela superior se mantenía encendida y se ocultaba, tras el altar, mientras se entonaba el Miserere.
En muchos lugares era frecuente que, al finalizar, los clérigos golpeasen los libros y los fieles hicieran sonar matracas y carracas, en recuerdo de lo acaecido al morir Jesucristo. El estruendo finalizaba al reaparecer la vela oculta.
Era una ceremonia de gran belleza plástica con la que se pretendía simbolizar el abandono al que fue sometido el Señor, incluso por parte de sus más allegados, y esa última luz que permanecía encendida le representaba a Él, momentáneamente sepultado, para reaparecer triunfante tras el día glorioso de su Resurrección.
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