Música Sacra
Desde los inicios de la Iglesia, la Música ha jugado un papel destacado en la Liturgia, como una forma de solemnizarla, fomentando el espíritu de participación en las celebraciones y contribuyendo como sólo la música puede hacerlo a elevar el espíritu hacia Dios.
La tradición musical de la Iglesia hunde sus raíces en el Antiguo Testamento en el que existen numerosas referencias sobre la utilización de instrumentos para acompañar el canto de los salmos.
Pero en su evolución cabe distinguir tres fases importantes:
La del canto gregoriano, introducido por el Papa San Gregorio Magno (590-604) como expresión musical oficial de la Iglesia.
El canto polifónico, que fue incorporado por el compositor italiano Giovanni Pierluigi da Palestrina (1525-1594) adaptando la música gregoriana a los gustos renacentistas, iniciando una etapa en la que los más destacados compositores crearon obras de excepcional belleza aunque, en muchas ocasiones, superaban los límites propios de la liturgia.
Fue San Pío X quien, por medio del Motu Proprio Tra le sollictudini, de 22 de noviembre de 1903, impulsó una gran reforma para la que contó con la ayuda de otro compositor italiano, el sacerdote Lorenzo Perosi (1872-1956).
El Concilio Vaticano II abordó la cuestión de la Música a través de la instrucción Musicam sacram de 1967, propiciando la introducción de las lenguas vernáculas y abriendo el camino a una etapa de música «popular» que dista mucho de ser la más brillante de la historia de la Iglesia.
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