Monumento
Es el lugar donde se reserva el Santísimo Sacramento en la tarde del Jueves Santo, dado que el Viernes Santo no se celebra la Eucaristía.
En su origen esta práctica obedecía a la necesidad de conservarlo para los posibles viáticos y para la comunión del celebrante de los oficios del viernes, donde sólo lo hacía él y no los fieles, como es habitual ahora, tras las reformas introducidas por Pío XII y consolidadas, tras el Concilio Vaticano II.
A raíz del auge experimentado por el culto al Santísimo, a raíz del Concilio de Trento, comenzaron a instalarse monumentos que, en muchas ocasiones, eran magníficas manifestaciones de arquitectura efímera, ricamente adornadas con flores y profusión de cirios y velas, ocupando un lugar preferente el arca eucarística.
No podían ser decorados con imágenes, relicarios, u objetos litúrgicos. Las únicas representaciones que se permitían y aún se utilizan eran las de ángeles ceroferarios.
El monumento se instala en una capilla del templo, algunos de los cuales cuentan con espacios destinados específicamente para ello y no puede situarse en el altar mayor, como anteriormente se hacía.
En algunos lugares el monumento era denominado sepulcro, en alusión al lugar donde fue depositado el cuerpo de Cristo hasta el momento de su triunfal Resurrección. De ahí, que el culto a la Eucaristía se asociara también a un sentido fúnebre que, ahora se prohíbe expresamente, al mismo tiempo que se evita esa denominación de «sepulcro», dado que lo que se conmemora ese día es la institución del Sacramento de la Eucaristía, prosiguiendo su adoración hasta las doce de la noche, cuando por dar comienzo el Viernes Santo la liturgia tiene ya un sentido distinto. Esa costumbre se veía reforzada por la custodia encargada a «soldados romanos» que hacían guardia ante el mismo en algunas poblaciones.
La adoración al Santísimo Sacramento ha sido estimulada por diferentes Papas, como Pío VII que concedió indulgencia plenaria a todos aquellos fieles que visitaran los monumentos, rezando por las intenciones del Sumo Pontífice, confesando y comulgando de acuerdo con la práctica habitual para este tipo de gracias. También podían lucrase de ella los que, durante una hora, hicieran algún ejercicio piadoso ante ellos.
En la actualidad, se concede indulgencia plenaria a quienes cuando se traslada solemnemente la Eucaristía al monumento reciten el Tantum ergo.
De ahí, la costumbre de visitarlos, mientras que el antiguo sentido sepulcral estaba asociado a prácticas como las de las Cuarenta Horas, tiempo en el que el cuerpo de Cristo permaneció en el sepulcro hasta su Resurrección.
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