Misiones populares
Las misiones populares son una forma de pastoral extraordinaria que el antiguo Código de Derecho Canónico prescribía realizar, cada diez años, en todas las parroquias. En la actualidad, esta práctica se mantiene con el nombre de misiones sagradas, aunque el nuevo Código deja al criterio de los obispos diocesanos la periodicidad con la que deben ser efectuadas.
Gozan de una larga tradición y en su predicación se especializaron algunas órdenes religiosas. Las misiones constituyen un auténtico revulsivo en la vida cotidiana de las localidades en las que se desarrollan.
Habitualmente tenían lugar en tiempo de Cuaresma y era un procedimiento de evangelización que venía a reforzar la acción pastoral cotidiana de los sacerdotes de las parroquias.
Para llevarlas a cabo se desplazaban hasta cada lugar dos miembros de las congregaciones religiosas especializadas en este tipo de predicación y, durante varios días desarrollaban una intensa labor entre los distintos estamentos que formaban parte de la comunidad parroquial.
Las charlas y meditaciones, encaminadas a favorecer la conversión personal, culminaban con una Confesión General y una celebración eucarística.
Como recuerdo de la misión quedaba una Cruz de madera que lleva grabada o pintada las fechas en las que tuvo lugar.
Las Misiones de este tipo siguen siendo un tiempo en el que se siente la presencia actuante de Dios en las comunidades que las viven, tras una preparación adecuada. Con ellas se pretende, además, la promoción de grupos de fieles comprometidos en un proceso de catequización permanente, para que los frutos de la misión se prolonguen en el tiempo y no queden circunscritos a ese ambiente de intensa emotividad que suele rodearlas, importante para una nueva conversión, pero insuficiente cuando se pretende afianzar los logros espirituales alcanzados.
Pío XI nombró, el 17 de marzo de 1923, patrón de los sacerdotes que se dedican a esta actividad pastoral a San Leonardo de Porto Mauricio, un santo capuchino que, a comienzos del siglo XVIII, desarrolló una impresionante labor en este ámbito.
Estableció un reglamento de misiones y él mismo organizó muchas que solían durar dos o tres semanas, comenzando con la entrega de esa gran cruz que colocaba en el púlpito y, tras mostrarla a los fieles, resumía así el sentido de la misión: «He aquí el compendio de cuanto os vamos a predicar en estos santos días: Jesús crucificado».
En aquellos momentos se utilizaban recursos llamativos para favorecer el clima de conversión. El predicador podía interrumpir un sermón, para disciplinarse ante los fieles. Al anochecer sonaba la «campana del pecador», se organizaban procesiones de penitencia e, incluso, se meditaba sobre el destino del hombre entre las tumbas de los camposantos.
Sin embargo, San Leonardo no abusó nunca de estos recursos. Fue un hombre sencillo que, dotado de un lenguaje directo logró un gran número de conversiones en todos los lugares en los que era llamado. Por otra parte, era enormente bondadoso con las personas arrepentidas transmitiendo paz y serenidad. Solía terminar sus misiones con la erección de un Vía Crucis para mantener viva la presencia de este Cristo que lo dio todo por la salvación de los hombres. Uno de esos Vía Crucis fue el del Coliseo que, cada año, recorre el Papa en la tarde del Viernes Santo.
Al término de su labor, se retiraba discretamente al modesto eremitorio donde residía y en el que falleció el 26 de noviembre de 1751.
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