Milagro
Se da este nombre a todo hecho inexplicable por causas naturales y que se atribuye a una intervención sobrenatural.
Para los creyentes, la existencia de milagros es un hecho incuestionable desde el momento en que el Nuevo Testamento relata muchos de los que realizó el propio Jesucristo y, posteriormente, los Apóstoles. Todo ello, además de los prodigios obrados por Dios en el Antiguo Testamento, en favor del pueblo de Israel. Por otra parte, San Pablo en su primera Carta a los Corintios menciona expresamente el poder obrar milagros entre los carismas atribuidos al Espíritu Santo.
A lo largo de la historia del Cristianismo han sido numerosos los hechos considerados «milagro», bien por acción divina directa o por intercesión de la Virgen o los Santos. En este caso, actuando como meros intermediarios ya que el poder de realizar un milagro radica exclusivamente en Dios. Especialmente valioso se considera el poder mediador de María pues, no en vano, ella fue la que propició el primer milagro obrado por su Hijo al inicio de su vida pública, el de las bodas de Caná.
Santo Tomás de Aquino estableció los aspectos fundamentales por los que un hecho puede ser considerado milagroso. En primer lugar, debe tratarse de algo sensible y, por lo tanto, perceptible; debe ser extraordinario, realizado fuera del curso acostumbrado de la naturaleza; realizado exclusivamente por Dios, como causa única y principal y lo que es sumamente importante, con un fin sobrenatural que en muchas ocasiones se escapa de nuestro alcance, pero como en el caso de los que realizó Cristo tienen un fin apologético o doctrinal.
En los procesos de canonización la Iglesia exige la aportación a la causa de un milagro realizado por medio de la persona que se pretende beatificar y otro para canonizarlo.
Sin embargo, suele ser extremadamente rigurosa a la hora de aceptar como milagro un hecho extraordinario, requiriendo el dictamen externo de especialistas en la materia. Lo mismo ocurre en el caso de las curaciones acaecidas en determinados santuarios, como es el caso de Lourdes, donde de las numerosas registradas sólo fueron declaradas como milagrosas un número muy reducido. De su estudio se encarga un comité científico que toma en consideración la posibilidad de que, en la curación, hayan intervenido otros factores así como las condiciones del propio sujeto en el que se ha obrado.
Desde el punto de vista científico ha habido siempre voces críticas a la hora de considerar como milagros reales unos hechos que podrían ser atribuidos a otras causas, aunque por el momento sean desconocidas. Por eso, cuando el supuesto milagro excede todo tipo de explicación, como el bien conocido caso de Miguel Pellicer, que recobró su pierna «amputada y enterrada», la respuesta «científica» es negar su realidad, aduciendo la falsificación o tergiversación de la documentación en la que se sustenta.
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