Mandato
El mandato o mandatum es el rito que, a imitación de lo que Cristo efectuó en el Cenáculo, durante la Última Cena, lavando los pies a sus apóstoles, se ha venido realizando tradicionalmente el día de Jueves Santo en diversas formas.
El nombre de mandatum hace alusión al íncipit de la primera antífona que lo acompañaba «Mandatum novum do vobis, ut diligatis invicem, sicut dilexi vos, dicit Dominus» tomado del Evangelio de San Juan, aunque en la versión actual en castellano de la Biblia tiene un aspecto menos imperativo: «Pues si yo, el Maestro y el Señor, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros».
Este signo de entrega y caridad fraterna se practicó inicialmente en la propia casa del obispo, con doce personas (trece en ocasiones) que eran previamente invitados a comer. Después se realizó, tras las vísperas del Jueves Santo en una capilla lateral del templo, en la sala capitular o en una de las pandas del claustro, como era frecuente en los monasterios.
Los elegidos solían ser clérigos, jóvenes seminaristas, niños, menesterosos, o en los monasterios algunos de los monjes.
El Ceremonial de Obispos establecía que debía realizarse en todas las catedrales y colegiatas. Fue el Papa Pío XII, al establecer que la Misa in coena Domini tuviera lugar en la tarde del Jueves Santo quien dispuso que, por motivos pastorales, se llevara a cabo tras la homilía de la misma.
La forma de practicarlo era la siguiente: «Después de desnudar los altares, a la hora competente, hecho un signo con la matraca, se reúnen los clérigos para ejecutar el Mandato. El Prelado o Superior, sobre amito y alba se reviste de estola y capa pluvial moradas, y en el lugar señalado para ello, con la asistencia del diácono que, revestido como el subdiácono con ornamentos blancos, para la misa, deposita incienso en el incensario; después el diácono sosteniendo el evangeliario ante el pecho, de rodillas ante el superior, pide la bendición; recibida la cual, flanqueado por dos acólitos con ciriales encendidos, y sosteniendo el libro el subdiácono, signa el libro y lo inciensa, y canta, según la costumbre, el evangelio Ante diem lectum Paseoe, como en la misa. Terminado éste, el subdiácono lleva el libro abierto para que lo bese al superior, y el diácono inciensa a éste según la costumbre. Después, el superior se despoja de la capa pluvial y es ceñido por el diácono y el subdiácono con un gremial de lino, y de esta forma, asistiéndole los citados diácono y subdiácono, se apresta al lavatorio de los pies, y por orden, a los que estaban dispuestos para ser lavados, proporcionándole palangana y agua, sosteniendo el pie derecho de cada uno el subdiácono, arrodillándose ante cada uno, lava los pies de ellos, seca y besa, dándole el diácono una toalla para secarlos».
Cuando lo realizaba el Papa, tras despojarse de la capa pluvial o la casulla, aunque podía mantener la tunicela si la llevaba, se colocaba el gremial. Las personas a las que iba a lavar los pies solían permanecer sentadas sobre un estrado elevado para que no tuviera necesidad de arrodillarse, aunque fueron frecuentes los casos de pontífices que lo hicieron, así como el gesto de besarle los pies, tras lavarlos.
Este rito no es obligatorio, aunque en algunos lugares sigue realizándose por quien preside la celebración, sin la casulla, para lo que utiliza una jofaina y un aguamanil.
Por una carta del Papa Francisco al Prefecto de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, de 20 de diciembre de 2014, se introdujo una reforma significativa, plasmada en un decreto de la citada Congregación de 6 de enero de 2016, cuyo aspecto más relevante es la sustitución de la rúbrica que hace referencia a «los hombres elegidos» por «los elegidos entre el Pueblo de Dios», con el fin de que los pastores puedan elegir a un grupo de fieles que represente la variedad y la unidad de cada porción del pueblo de Dios. Ese grupo puede estar formado por hombres y mujeres, y convenientemente por jóvenes y ancianos, sanos y enfermos, clérigos, consagrados, laicos.
El propio Pontífice ya había innovado este rito al lavar los pies a personas pertenecientes a otras religiones. Tanto la participación de mujeres como la de quienes no son católicos ni tan siquiera cristianos ha sido considerada por algunos comentaristas como una quiebra del sentido simbólico del gesto que Cristo quiso llevar a cabo con sus apóstoles, pudiendo haberlo efectuado con otras personas, aunque otros quieren ver en ello una proyección del servicio de la Iglesia a todo el mundo, así como un gesto de integración de las mujeres en las ceremonias litúrgicas.
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