Laudes
La palabra laudes, que significa «alabanzas», designa una de las horas canónicas del Oficio Divino con la que se inicia el día. Según algunos autores el nombre procede de los salmos que se recitan, en los que se repite con frecuencia la palabra «laudate».
Considerada la oración del amanecer por excelencia, es una de las horas mayores que deben rezar obligatoriamente los sacerdotes y los diáconos, además de los miembros de los institutos de vida consagrada y de las sociedades de vida apostólica.
La aurora recuerda a Cristo, estrella o lucero la mañana, y ese momento es el elegido para dirigir a Dios el primer pensamiento del día.
El oficio de Laudes se inicia con el invitatorio, que puede omitirse cuando se reza conjuntamente con el Oficio de Lecturas. A continuación se dice el himno que corresponda (generalmente con referencias a la Resurrección de Cristo y al simbolismo de la misma como luz que ilumina el mundo). Después se canta o recita la salmodia, integrada por el salmo (o un fragmento del mismo) escogido entre los salmos 1 al 108; uno de los cánticos del Antiguo Testamento; y otro salmo de los citados anteriormente.
Se continúa con una breve lectura del Nuevo Testamento, con su responsorio y le sigue todos los días el Benedictus, el cántico que entonó Zacarías, el padre de San Juan Bautista, en el que de manera profética alude a Cristo como «el sol que nace de lo alto para iluminar a los que viven en tinieblas y en sombra de muerte».
Las preces que le siguen están orientadas a consagrar a Dios el día que comienza y los trabajos a realizar en el mismo, recitando después la oración dominical, el Padrenuestro.
El rezo finaliza con la oración conclusiva y si el que lo ha presidido es sacerdote, bendice a los que han participado en el mismo.
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