Justicia
Es la segunda de las virtudes cardinales. Cristo predicó la Justicia «que sobrepasa a la de los escribas y fariseos» (Mt 5, 46-47) orientada hacia los demás que se traduce en un comportamiento que tradicionalmente se formulaba diciendo «dar a cada uno lo que es de merecer», y se traduce en numerosas acciones propias de la vida cotidiana y, en especial, en una actitud global que hunde sus raíces en la Caridad, aunque como enseña el Catecismo nuestra gran esperanza radica en esos cielos nuevos y la tierra nueva en los que habitará la justicia.
Pero es también de justicia, tributar a Dios el culto debido, como expresión de gratitud hacia Él, a través de la adoración, la oración y una serie de comportamientos encaminados a ese fin.
Por otra parte, la Justicia es uno de los atributos de Dios en quien radica en toda su plenitud, perfectamente compatible con su inmensa Misericordia.
San Juan Pablo II dedicó su catequesis de 8 de noviembre de 1978 a la virtud de la Justicia, poniendo de manifiesto esa insaciabilidad del hombre respecto a la verdadera justicia que sólo existe en Dios «la Justicia misma», lo que contribuye a despertar en cada uno de nosotros un «hambre de justicia», al que se refirió el propio Jesucristo en el Sermón de la Montaña cuando afirmó «Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán hartos».
Lo cual no quiere decir que abandonemos su búsqueda en esta tierra, porque como afirmaba el Papa «la justicia es principio de la existencia de la Iglesia en cuanto Pueblo de Dios». De ahí la necesidad de luchar para que ella ilumine el conjunto de la vida social, intentando además que «cada uno sea justo y actúe con justicia respecto de los cercanos y de los lejanos, de la comunidad, de la sociedad de que es miembro y respecto a Dios»
Guarda este contenido en tu perfil
Inicia sesión o crea tu cuenta para guardarlo.