Infierno
La existencia del infierno es una verdad que la Iglesia enseña, basada en las propias palabras de Jesucristo que, en diversas ocasiones, se refirió a él utilizando expresiones como la de «fuego eterno».
El Catecismo de la Iglesia Católica señala que las almas de los que mueren en estado de pecado mortal descienden a los infiernos inmediatamente después de la muerte y allí sufren las penas eternamente.
El concepto de eternidad ligado al infierno es una cuestión que algunos han negado, aduciendo que ello se opondría a la infinita misericordia de Dios, sin tener en cuenta que, aunque misericordioso, también es justo y no predestina a nadie a ir al infierno. Para que eso suceda es necesaria una aversión voluntaria a Dios, manifestada en el pecado mortal, y persistir en ella hasta el final. Es consecuencia, por lo tanto, de la libertad que a todos le ha sido concedida para obrar bien o mal.
Aunque el castigo ha sido asociado tradicionalmente al fuego, probablemente en sentido metafórico, el Catecismo enseña que la pena principal consiste en la separación eterna de Dios en quien únicamente puede tener el hombre la vida y la felicidad para la que ha sido creado y a las que aspira.
Tampoco podemos conocer el lugar de su ubicación, a pesar de la realidad de su existencia. No es necesario pensar que, como simbólicamente se expresa esté situado en el interior de la tierra. Nada sabemos de nuestro destino final, salvo que hay un lugar que llamamos cielo y otro que llamamos infierno, por lo que como recordaba San Juan Crisóstomo «No debemos preguntarnos dónde está el infierno, sino cómo vamos a escapar de él».
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