Iconoclasia
Palabra griega que significa destrucción de iconos o imágenes, postura que encontró su máxima expresión en el Imperio Romano de Oriente, llegando a provocar un conflicto entre los años 717 y 813, que es conocido como «Guerras iconoclastas».
Fue en el seno de la propia Iglesia donde determinados grupos rechazaba el culto a las imágenes, por considerarlo una forma de idolatría. Frente a ellos se alzaban los que lo defendían, conocidos como iconódulos.
Fue el emperador León III el primero en prohibir la utilización de imágenes, al mismo tiempo que destituía al patriarca de Constantinopla, con el que no había consultado esa decisión. El Papa Gregorio III condenó la iconoclasia, a pesar de lo cual, tras la muerte del emperador, su hijo y sucesor Constantino V (741-775) convocó el concilio de Hieria, en el año 754, en el que los numerosos obispos presentes se adhirieron a esa doctrina, aunque ningún patriarca asistió al concilio.
San Juan Damasceno (675-749), destacado teólogo considerado «Doctor de la Iglesia» fue uno de los más fervientes defensores de la tradición de ese culto, manteniendo una doctrina a la que se adhirieron muchos monasterios, lo que provocó la ira del emperador, que sometió a los monjes a todo tipo de vejaciones y llegó a ordenar que reliquias e iconos fueran arrojadas al mar.
El enfrentamiento se prolongó durante muchos años, salvo el paréntesis que siguió a la celebración el II Concilio de Nicea (787) en el que fueron abolidos los decretos imperiales. Pero de nuevo, en 815, se retornó a la situación anterior, hasta que la emperatriz Teodora, actuando como regente de su hijo Miguel III, zanjó el problema ordenando en 843 la restauración de las imágenes.
Frente al reparo opuesto por los iconoclastas, considerando como idolátrico el culto, la opinión de los iconódulos, en línea con la doctrina tradicional de la Iglesia, mantenían la clara distinción entre el culto de latría o adoración, tributado exclusivamente a Dios en las tres personas de la Santísima Trinidad y el culto de dulía o veneración que era el que se dispensaba a los Santos. Por otra parte, la representación artística de la divinidad, encontraba su fundamento en el hecho de que la segunda Persona, tras la Encarnación, había asumido también la naturaleza humana, visible por lo tanto, a lo que los iconoclastas oponían el reparo de que imposible representar al mismo tiempo su naturaleza divina, convirtiendo por ello cualquier expresión artística de Cristo en un falseamiento de la realidad, al separar la naturaleza humana de la divina.
Mucho tiempo después la iconoclasia fue retomada por la Reforma Protestante, lo que motivó la destrucción de numerosas imágenes en los países en los que se fue imponiendo, en muchos casos por medio de violentos episodios que llegaron a desencadenar conflictos armados.
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