Holocausto
En el Antiguo Testamento hay constantes referencias a holocaustos y sacrificios como manifestación del culto a Dios. Lo primeros se diferenciaban de los segundos en que todos los animales ofrecidos debían ser quemados, a excepción de la piel.
Las víctimas solían ser becerros, ovejas o cabras tomadas de los rebaños que, en el caso de holocaustos privados ofrecidos por personas sin recursos, podían ser sustituidos por tórtolas o pichones.
El que ofrecía un animal, debía matarlo a la puerta del tabernáculo, desollándolo y cortándolo, lavando las entrañas y patas. Con su sangre el sacerdote rociaba el altar y, posteriormente, quemaba la ofrenda.
Según la Ley, todos los días, a la hora tercera y a la nona, se sacrificaba un cordero, siempre a manos del sacerdote. En los holocaustos del sábado las víctimas eran dobles y, en las grandes conmemoraciones, su número aumentaba considerablemente.
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