Flentes
Entre los siglos IV y VI el Sacramento de la Reconciliación se practicaba de forma muy diferente a la actual. Los penitentes debían acudir al obispo manifestando su culpa y, en caso de que no lo hicieran, si el pecado era notorio, podían ser denunciados.
En ese momento, comenzaba un largo proceso penitencial, cuya duración era fijada por el propio obispo, durante el cual eran apartados de la Iglesia, sin llegar a ser excomulgados. Entraban en la «Orden de los Penitentes» y, a través de una serie de pasos, podían llegar al cabo del tiempo a la reconciliación.
El primer nivel, era el de los flentes, los que lloran, pues se situaban en el exterior del templo, en el atrio de las antiguas basílicas y, vestidos de saco y con ceniza en la cabeza, lloraban y gritaban pidiendo perdón.
Los fieles, al pasar, los llegaban a insultar y, en ocasiones, a maltratar, lo que da idea de la dureza de la penitencia, teniendo en cuenta que el vestido, el aspecto descuidado y los cabellos sin cortar contribuían a acentuar el aspecto despreciable del pecador.
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