Familiar del Santo Oficio
Dentro de la estructura orgánica del Santo Oficio, la figura del familiar correspondía a los oficiales de menor rango al servicio del mismo. Para acceder a ese puesto era preceptivo probar la limpieza de sangre, ser hijo legítimo, haber cumplido los 25 años, no haber sido ordenado como clérigo y vivir honestamente.
A pesar de ser un oficio no retribuido, eran muchos los candidatos que lo pretendían, dado el prestigio social que representaba. En primer lugar, porque era garantía de la limpieza de su estirpe y también por los privilegios que entrañaba, entre ellos el de poder portar armas.
Inicialmente lo desempeñaban personas pertenecientes a una posición social no muy relevante, aunque no podían optar al puesto los que ejercían oficios propios de la clase baja ni realizar actividades comerciales. Sin embargo, luego se fueron incorporando miembros de la burguesía, a los que se denominó «familiares de a caballo», frente al resto que eran «familiares a pie».
Su misión era la de controlar a la población de las localidades en las que residían, informando al tribunal de cualquier sospecha de delito en los que era competente. También controlaban que las penas leves impuestas a los reos, como el llevar sambenito, se cumplían realmente.
Esa función de delatores los convertía en muchas ocasiones en personas temidas e incluso odiadas, a pesar de lo cual no podían ser objeto de críticas públicas, dado que éstas también eran perseguidas. Por encima de ellos se encontraban los Comisarios del Santo Oficio, a los que prestaban ayuda a la hora de recibir las declaraciones de los testigos al inicio de los procedimientos incoados.
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