Eucaristía
La Sagrada Eucaristía es el tercero de los Sacramentos de la iniciación cristiana por el que los que han sido elevados a la dignidad del sacerdocio real por el Bautismo, y configurados más profundamente con Cristo por la Confirmación, participan con toda la comunidad en el sacrificio mismo del Señor.
Instituida por Cristo en la Última Cena, para perpetuar por los siglos, hasta su vuelta, el sacrificio de la Cruz y confiar, así, a su Esposa amada, la Iglesia, el memorial de su muerte y resurrección, la Eucaristía es sacramento de piedad, signo de unidad, vínculo de amor, banquete pascual en el que se recibe a Cristo, el alma se llena de gracia y se nos da una prenda de la gloria futura.
La Eucaristía es el compendio y la suma de nuestra Fe; la fuente y cima de toda la vida cristiana, en la que se contiene todo el bien espiritual de la Iglesia, Cristo mismo, nuestra Pascua. Los demás Sacramentos, como el resto de ministerios eclesiales y las obras de apostolado, están unidos a la Eucaristía y a ella se ordenan.
Eucaristía significa acción de gracias, y recuerda las bendiciones judías que proclaman las obras de Dios: la Creación, la Redención, la Santificación.
Pero, la riqueza inagotable de este sacramento se expresa a través de otros nombres con los que se le conoce, cada uno de los cuales evoca alguno de sus aspectos fundamentales referidos, tanto a la celebración, como al Pan consagrado: Banquete del Señor, Fracción del Pan, Asamblea Eucarística, Memorial, Santo Sacrificio, Comunión, o Santa Misa; pero también Pan de los ángeles, Pan del cielo, viático, medicina de la inmortalidad, Cuerpo y Sangre de Cristo «Corpus Christi», Pan de Vida, y Santísimo Sacramento o Santísimo.
El ministro del Sacramento de la Eucaristía es, únicamente, un presbítero válidamente ordenado. La materia, los signos esenciales del mismo, son el pan de trigo y el vino de vid, sobre los cuales es invocada la bendición del Espíritu Santo y el presbítero pronuncia las palabras de la Consagración dichas por Jesucristo en la Última Cena. Es tradición en la iglesia latina que el pan sea sin fermentar, habitualmente una delgada oblea hecha con harina y agua. Al vino se le añade una pequeña cantidad de agua, como símbolo de la unión de los fieles con Cristo.
La forma del Sacramento son, precisamente, esas palabras que el sacerdote pronuncia, primero con el pan en sus manos: «Hoc es enim Corpus meum» («Tomad y comed todos de él, porque esto es mi Cuerpo que será entregado por vosotros») e, inmediatamente después, con el cáliz: «Hic est enim calix sanguinis mei: Novi et eterni testamenti, Mysterium fidei, qui pro vobis et pro multis effundetur in remissionem peccatorum» («Tomad y bebed todos de él, porque este es el cáliz de mi Sangre, Sangre de la alianza nueva y eterna, que será derramada por vosotros y por todos los hombres para el perdón de los pecados»).
Por este acto sacramental se realiza la transubstanciación del pan y el vino en el Cuerpo y la Sangre del Señor. A partir de ese instante, bajo las especies consagradas del pan y el vino, Cristo mismo, vivo y glorioso, está presente de manera verdadera, real y substancial, con su Cuerpo, su Sangre, su alma y su divinidad. Esa presencia real y substancial de Cristo, en cada una de las especies, es dogma de fe.
El sujeto del Sacramento puede ser cualquier persona bautizada que tenga uso de razón. Para recibirlo adecuadamente es preciso estar en Gracia de Dios y la Iglesia aconseja que se guarde el ayuno eucarístico, al menos una hora antes de acercarse a recibir la Eucaristía. La Iglesia impone, asimismo, la obligación de recibir el Sacramento, al menos, una vez al año.
Pero para los cristianos la Eucaristía ha sido siempre la celebración central y el eje de su vida espiritual. En ella cumplen el mandato del Señor: «Haced esto en memoria mía».
La Eucaristía, sacramento de nuestra salvación realizada por Cristo en la cruz, es también un sacrificio de alabanza, en acción de gracias al Padre por la obra de la Creación.
Es memorial de la Pascua de Cristo, actualización y ofrenda sacramental de su sacrificio. Memorial en el sentido empleado por la Sagrada Escritura. No solamente el recuerdo de un acontecimiento del pasado, sino que, en la Eucaristía, se renueva el Sacrificio de Cristo, ese sacrificio que ofreció una vez para siempre en la Cruz que permanece siempre actual.
La Eucaristía es, por lo tanto, un sacrificio, porque hace presente el sacrificio de la Cruz y aplica su fruto. En ella, la Iglesia, que es el Cuerpo de Cristo, participa en la ofrenda de su Cabeza. Y a esa ofrenda e intercesión de Cristo se une toda la Iglesia, la militante que permanece en la tierra, y la triunfante que está ya en la gloria. Por eso, la Iglesia ofrece el sacrificio eucarístico en comunión con la Virgen María, haciendo memoria de ella y de todos los santos. Por ello, el sacrificio eucarístico es ofrecido, asimismo, por los fieles difuntos, por esa Iglesia purgante, que no está plenamente purificada, para que pueda entrar en la luz y la paz de Cristo.
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