Espíritu Santo
Tercera Persona de la Santísima Trinidad, misterio central de la fe y de la vida cristiana. Revelado por el propio Jesucristo que, como recuerda el Catecismo de la Iglesia Católica, anunció el envío de otro Paráclito, el Espíritu Santo, que actuó ya en la Creación y por los profetas, el cual estará junto a los discípulos y en ellos, para enseñarles y conducirlos hasta la verdad completa. Así aconteció el día de Pentecostés y sigue vivificando la vida de la Iglesia que lo invoca, de manera especial, en la administración de los Sacramentos. Habita, asimismo, en cada fiel en estado de gracia, favoreciéndole con sus dones.
La doctrina trinitaria ha sido confesada por la Iglesia desde sus primeros tiempos, a través de las proclamaciones expresas de los concilios en virtud de las cuales se reconoce que el Espíritu Santo es Dios, uno e igual al Padre y el Hijo, de la misma substancia y también de la misma naturaleza que, con el Padre y el Hijo recibe una misma adoración y gloria.
El Espíritu Santo procede del Padre y el Hijo y, precisamente, esa definición expresada con el término «filioque» (y del Hijo) es lo que no fue aceptado por la Iglesia Ortodoxa, dando lugar entre otras cuestiones al Cisma de Oriente que supuso su ruptura con la Iglesia de Roma.
Dentro de la unicidad de Dios en su naturaleza, cada una de las Personas es independiente, sin dejar de ser un mismo Dios. Al Padre se le atribuye la Creación, al Hijo la Redención y al Espíritu Santo la acción vivificante y santificadora.
El Misterio de la Santísima Trinidad resulta incomprensible para la mente humana, a pesar de lo cual la relación entre las tres Personas se expresa afirmando que el Hijo, el Verbo divino, procede del Padre por vía de conocimiento, mientras que el Espíritu Santo procede de ambos por vía de amor.
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