Epístolas
Dentro del Nuevo Testamento se incluyen 21 epístolas, entre las que destacan las 13 primeras escritas por San Pablo y la Epístola a los Hebreos que le ha sido atribuida, tradicionalmente, aunque su autoría no está clara. A ellas se unen las de Santiago, San Pedro, San Juan y San Judas para componer un conjunto cuya orden se establece en la forma siguiente:
Epístola a los romanos
Primera epístola a los corintios
Segunda epístola a los corintios
Epístola a los gálatas
Epístola a los efesios
Epístola a los filipenses
Epístola a los colosenses
Primera epístola a los tesalonicenses
Segunda epístola a los tesalonicenses
Primera epístola a Timoteo
Segunda epístola a Timoteo
Epístola a Tito
Epístola a Filemón
Epístola a los Hebreos
Primera Epístola de San Pedro
Segunda Epístola de San Pedro
Primera Epístola de San Juan
Segunda Epístola de San Juan
Tercera Epístola de San Juan
Epístola de San Judas
Además de estas epístolas canónicas que se han conservado, existieron otras perdidas, junto con algunas consideradas apócrifas.
Las epístolas de San Pablo, el Apóstol de los gentiles, llamadas por este motivo paulinas, fueron dirigidas a comunidades específicas en las que había ejercido su ministerio o a personas concretas. Constituyen un corpus doctrinal de enorme valor en el que se abordan los aspectos fundamentales del Cristianismo con una profundidad y un conocimiento de Cristo tan profundo que sorprenden en quien no había llegado a estar en contacto directo con Él.
Las Epístolas de los restantes Apóstoles –Santiago, San Pedro, San Juan y San Judas– suelen ser denominadas «católicas» debido a su carácter universal; no van dirigidas a una comunidad específica, sino al conjunto de los creyentes.
Hay que recordar que son consideradas deuterocanónicas las siguientes epístolas: Epístola a los Hebreos de San Pablo, Epístola de Santiago, Segunda Epístola de San Pedro, Segunda y Tercera Epístolas de San Juan, la Epístola de San Judas.
Pero otra cuestión es la autoría real de las atribuidas a San Pablo. Ya San Irineo ponía en duda, en el siglo II, que fuera él quien escribió la Epístola a los Hebreos pero, en la actualidad, los especialistas son unánimes al considerar obra suya la Primera Epístola a los Tesalonicenses, la Primera Epístola a los Filipenses, la Primera y la Segunda Epístola a los Corintios, la Epístola a los Gálatas, la Epístola a Filemón y el Epístola a los romanos.
Las otras, con mayor o menor unanimidad se consideran obras de discípulos de San Pablo que les atribuyeron autoridad utilizando su nombre, lo que no les resta valor doctrinal. Se basan para ello en el análisis de estilo y del vocabulario utilizado en su redacción, así como en la propia evolución de la doctrina expuesta. Por ese motivo son denominadas epístolas paulinas pseudoepigráficas.
Por otra parte, algunas de las consideradas auténticas se cree que pueden ser la síntesis de varias escritas por el Apóstol.
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