Don de lenguas
Es uno de los carismas que el Espíritu Santo concede a determinadas personas como una gracia especial y que, como señalaba el Papa San Juan Pablo II, en una de sus catequesis, tiene como finalidad primordial el servicio a los demás y el bien de la Iglesia. Tiende también al desarrollo de la santidad personal, pero desde una perspectiva esencialmente altruista y comunitaria.
El propio Jesucristo, como se relata al final del Evangelio de San Marcos, al enviar a sus discípulos a proclamar la Buena Nueva a todo el mundo, manifestó que uno de los signos que acompañarían a los que creyeran sería que «hablarán lenguas nuevas».
La manifestación más clara de este don se produjo el día de Pentecostés cuando los apóstoles, tras recibir el Espíritu Santo, comenzaron a predicar a los que se habían congregado en torno al Cenáculo. Gentes reunidas en Jerusalén, procedentes de diversos lugares y con idiomas diferentes que, sin embargo, quedaron sorprendidos al comprobar que les oían hablar en su correspondiente lengua nativa. No es el único caso de estas características relatado en los Hechos de los Apóstoles y algo parecido sucedió entre los fieles de Corinto, como atestigua San Pablo.
Respecto a las características de este carisma que, aunque mucho más habitual en los primeros tiempos de la Iglesia ha seguido manifestándose en siglos posteriores, se han planteado dos interpretaciones. Una de ellas acepta que realmente quienes lo reciben hablan idiomas distintos al suyo, sin un aprendizaje previo, mientras que la otra interpreta que el don consiste en que hablando en su propia lengua, quienes lo escuchan lo comprenden como si lo hiciera en la suya.
Suele aceptarse la realidad del empleo de idiomas distintos, aunque existen casos documentados como el de San Vicente Ferrer que predicó por toda Europa en su valenciano nativo, a pesar de lo cual era perfectamente comprendido por todos los que le escuchaban.
Hay otra manifestación del don de lenguas que es el de poder orar en una lengua extraña para el que reza, al que ya se había referido San Pablo. En este caso está dirigido a la alabanza a Dios y a la intercesión por los demás, a través de palabras sugeridas por el Espíritu Santo que el que reza no entiende.
Con frecuencia se define el don de lenguas con el término glosolalia. Sin embargo, aunque sean equivalentes, en el caso del primero su característica fundamental es que está bajo control de la persona que lo ejerce, de manera que puede manifestarlo de acuerdo con su voluntad, mientras que en casos de glosolalia no puede hacerlo, tal como sucede en las posesiones diabólicas, de las que eran consideradas uno de sus principales signos.
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