Devoción de las Tres Avemarías
Santa Matilde de Hackerborn, nacida en Helfta en 1241 y fallecida en 1299, fue una religiosa cisterciense que profesó en el monasterio de Rodardsdof, del que era abadesa su hermana que, en 1258, fue trasladado a su localidad natal.
Se distinguió por sus visiones místicas, en una de las cuales la Virgen María, a la que había pedido que le asistiese en la hora de la muerte, le dijo que lo haría si le rezaba todos los días tres Avemarías, en recuerdo «del Poder recibido del Padre Eterno, de la Sabiduría con la que le había adornado su Hijo y del Amor del que fue colmada por el Espíritu Santo».
Todas sus enseñanzas fueron reunidas en el llamado Libro de la Gracia Especial que escribió su discípula Santa Gertrudis de Helfta, una de las difusosas de esta devoción.
A finales del siglo XIX, el Papa León XIII, en momentos especialmente difíciles para la Iglesia, ordenó que al final de la celebración de la Santa Misa todos los sacerdotes rezaran de rodillas ante el altar tres Avemarías.
Durante el pontificado de San Juan XXIII se suprimió esta costumbre, aunque se cuenta que el propio pontífice, que asistía a los debates de la Comisión de Liturgia, manifestó: «Hagan Uds. lo que quieran que yo seguiré rezando esas Avemarías, con mucha devoción, al final de las Misas que celebre».
Sin embargo, el rezo de las tres Avemarías es una práctica muy difundida entre los fieles e, incluso, existe la Novena de las Tres Avemarías.
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