Corporales
Se conoce con este nombre unas piezas de lino blanco que se colocan sobre el mantel del altar, para colocar sobre ellos la Hostia consagrada, durante la celebración de la Santa Misa. Su nombre hace referencia, precisamente, a su relación con el Cuerpo de Cristo.
Son piezas cuadrangulares con un pequeño encaje alrededor, pero sin ningún tipo de bordado, para facilitar su limpieza en el caso de que quedara alguna partícula de la Sagrada Forma.
Se conservan en el interior de una funda, con la hijuela, tras ser doblados en ocho partes iguales, mediante tres pliegues, y se colocan sobre el cáliz cubierto antes y después de la celebración de la Santa Misa.
Los corporales se han relacionado simbólicamente con la Sábana que envolvió el Cuerpo de Nuestro Señor Jesucristo en el Sepulcro. Corpus Christi (Cuerpo de Cristo)
Con este nombre es conocida una de las más importantes solemnidades religiosas del año litúrgico, consagrada a adorar la presencia real de Jesucristo en la Eucaristía.
Tradicionalmente se celebraba el jueves siguiente a la solemnidad de la Santísima Trinidad. Era uno de esos tres jueves destacados que recordaba la copla:
Tres jueves hay en el año
que relucen más que el sol:
Jueves Santo, Corpus Christi,
y el día de la Ascensión.
Las modificaciones introducidas en el calendario de festividades civiles, hizo necesario trasladar la solemnidad al domingo siguiente, salvo en aquellas localidades en las que era fiesta local.
La presencia real de Cristo en la Eucaristía constituye uno de los Misterios centrales de la Fe y es, precisamente, el interés de la Iglesia en subrayar que esa presencia permanente y substancial, trasciende más allá del momento de la celebración de la Santa Misa, la que impulsó su instauración para recordar a los fieles todo lo que representa esta realidad del «Cuerpo de Cristo» conviviendo cotidianamente entre nosotros.
Comenzó a celebrarse en la diócesis de Lieja (Bégica) en 1246, y fue el Papa Urbano IV quien, el 8 de septiembre de 1264, por la Bula Transiturus de hoc mundo, la adoptó para toda la Iglesia. A partir de ese momento, fueron numerosos los pontífices que destacaron su importancia. Pero fue, tras el Concilio de Trento, cuando adquirió especial relevancia al ordenarse que, en ese día, se efectuaran procesiones públicas en las que el Santísimo Sacramento fuera llevado con toda solemnidad.
La procesión del Corpus se convirtió, de esta manera, en todo un acontecimiento. En ella tomaban parte, en cada lugar, todas las corporaciones eclesiásticas y civiles allí existentes, junto a gremios y cofradías. El Santísimo Sacramento, bajo palio, era portado en artísticas custodias procesionales, instaladas en bellos carros triunfales, empujados por sacerdotes. En localidades más pequeñas, cuando la custodia se instalaba sobre unas andas, también era llevada, exclusivamente, por eclesiásticos.
Junto a los pendones y banderas de las distintas corporaciones, participaban en la procesión los santos titulares de las cofradías y los patronos de cada población.
A la procesión se sumaban otros elementos festivos como los «gigantes» que, en algunos lugares, abrían el cortejo, o los grupos de dance de algunas cofradías. En algunas ciudades existen grupos que, ese día, tienen el privilegio específico de bailar ante el Santísimo Sacramento. Este es el caso de los «seises» de la catedral sevillana.
La procesión discurre por un recorrido engalanado. En ocasiones el pavimento es decorado con artísticas alfombras confeccionadas con pétalos de flores o serrín coloreado, formando auténticas obras de arte. En otros, las calles se cubren con toldos para proteger del calor a la comitiva. Hay ciudades en las que la procesión se detiene en unos lugares tradicionalmente establecidos, donde la custodia se deposita en altares engalanados y se reza una estación.
En torno a la fiesta hay otras muchas costumbres como el reparto de ramos de flores que impregnan el ambiente de ese aroma característico mezclado con el incienso litúrgico.
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