Corazón de María
La devoción al Corazón de María, está relacionada con la del Sagrado Corazón de Jesús y, por supuesto, constituye una expresión más del culto que se ha tributado a la Virgen a lo largo de toda la historia de la Iglesia. La denominación expresa de la misma es la de «Purísimo Corazón de María».
Fue San Juan de Eudes (1601-1680), contemporáneo de Santa Margarita María de Alacoque (1647-1690), quien difundió esta devoción y comenzó a celebrar la fiesta litúrgica correspondiente, aunque no pudo conseguir un Oficio propio, ni la aprobación definitiva por parte de la Santa Sede.
A comienzos del siglo XVIII, Pere de Gallifet unió las devociones al Sagrado Corazón de Jesús y al Corazón de María para lograr el mismo propósito, pero volvieron a frustrarse estas propuestas y, desde entonces, ambas iniciativas siguieron caminos diferentes.
No obstante, a lo largo de ese siglo, algunas diócesis instituyeron la fiesta, con la debida autorización, aunque circunscrita a sus respectivas jurisdicciones. Fue el impacto ocasionado por las revelaciones de la llamada «medalla milagrosa» en 1830, lo que más influyó en la consolidación de esta devoción. En 1855, la Sagrada Congregación de Ritos aprobó, finalmente, el Oficio y la Misa del Purísimo Corazón de María, que, desde 1944, tiene carácter universal para toda la Iglesia.
Una gran influencia en la difusión de esta devoción tuvieron las apariciones de Fátima y las consagraciones efectuadas por el Papa Pío XII en 1942. Especialmente devoto fue San Juan Pablo II que realizó una nueva consagración en la Solemnidad de la Anunciación de 1984, en un acto celebrado en la plaza de San Pedro. Él siempre unió el Corazón de María al Corazón de Jesús y, con ocasión del Año Santo Mariano de 1987, pidió a todos los cristianos que participaran en una gran alianza, por medio de la consagración personal a los Sagrados Corazones.
Como en el caso del Sagrado Corazón de Jesús, la devoción al de María intenta centrar el significado que el corazón ha tenido, entre las gentes e, incluso en la tradición literaria, como sustento físico de las emociones y sentimientos.
El corazón de la Virgen sería, en consecuencia, el símbolo de todas las virtudes con las que fue adornada por la Providencia y, también, del amor con el que consagró su vida a dar cumplimiento a la voluntad del Padre. Un amor que, como Madre, manifestó reiteradamente en su acompañamiento al Hijo en el camino de la Redención y del que, participamos todos, desde el momento supremo de la Cruz cuando, en sus últimos momentos, el propio Cristo nos la entrega como Madre, a través del discípulo amado.
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