Coliseo de Roma
Es uno de los grandes monumentos de la antigüedad clásica, mandado construir por el emperador Vespasiano en el año 70 y terminado por su hijo el emperador Tito el año 80. Aunque su denominación original era la de Anfiteatro Flavio, en alusión a la dinastía imperial a la que pertenecían los citados emperadores. Sin embargo, terminó imponiéndose el nombre de Coliseo, debido a la gigantesca estatua que, representando a el emperador Nerón, fue levantada junto al mismo.
Con capacidad para más de 60.000 espectadores sirvió como escenario para los combates de gladiadores y luchas con animales que ascendían a la arena, desde el subsuelo. Se afirma que, en ocasiones, fue inundado de agua para celebrar las espectaculares naumaquias o combates entre barcos lo que resulta difícil de explicar, dadas las dificultades técnicas.
Pero su recuerdo está asociado al culto a los mártires y al Vía Crucis que cada año preside el Papa el día de Viernes Santo, por lo que además de ser Patrimonio de la Humanidad, tiene un carácter sagrado.
Sin embargo, es muy discutible que las numerosas víctimas de las persecuciones fueran sacrificadas allí. Lo más probable es que las ejecuciones tuvieran lugar en otros espacios públicos. De hecho, en los primeros siglos nunca se hizo referencia al mismo en relación con los mártires y permaneció abandonado desde que dejó de cumplir su cometido original en el siglo VI.
Sirvió como cementerio y fortaleza (durante una corta etapa). Sus arcadas fueron utilizadas después como vivienda e incluso como sede de una comunidad religiosa. A pesar de ser propiedad de la Iglesia, los papas autorizaron la extracción de sus piedras para la construcción de otros edificios y así desapareció una parte del mismo y todo el mármol travertino que recubría sus fachadas.
No fue hasta el siglo XVII cuando comenzó a difundirse la tradición de que allí alcanzaron la palma del martirio muchos cristianos y en ello influyó la propuesta del cardenal Emilio Bonaventura Altieri (1590-1676) para convertirlo en plaza de toros. Hay que recordar que el cardenal Altieri fue elegido Papa en 1670, tomando el nombre de Clemente X. Para entonces, la opinión pública contraria a ese destino de origen español y la repercusión alcanzada por la obra Roma ex ethnica sacra que Fioravante Martinelli (1599- 1667) había publicado en 1653 y en la que por primera vez hizo alusión a los mártires, influyeron para que el propio Clemente X, olvidando el proyecto sugerido siendo cardenal, lo declarara santuario cristiano.
Pero no fue hasta el pontificado de Benedicto XIV (entre 1740 y 1758) cuando se prohibió definitivamente el empleo de sus piedras para la construcción y se colocó el primer Via Crucis en su interior, donde se mantuvo hasta finales del siglo XIX. Un impulsor de esta devoción fue San Leonardo de Porto Maurizio (1676-1751), un franciscano de la estricta observancia que realizó una gran labor de apostolado, difundiendo también la devoción de las Tres Avemarías. A veces se ha señalado que llegó a vivir de la caridad pública bajo las arcadas del Coliseo, pero lo cierto es que residió durante sus últimos años en el convento de San Buenaventura de Roma, donde falleció.
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