Caridad
Es una de las virtudes teologales, por la cual, según nos recuerda el Catecismo de la Iglesia Católica, amamos a Dios sobre todas las cosas y a nuestro prójimo como a nosotros mismos, por amor de Dios.
Jesucristo resaltó la importancia de la caridad, a la que convierte en un mandamiento nuevo. Es la más importante de las virtudes, hasta el punto de que San Pablo afirmaba que «si no tengo caridad, nada soy». Ella anima e inspira el ejercicio de las restantes, articulándolas y ordenándolas entre sí.
Constituye la fuente y el término de la práctica cristiana y asegura nuestra facultad humana de amar, elevándola a la perfección sobrenatural del amor divino.
Jesucristo constituye el exponente perfecto de la práctica de esta virtud. Nos amó hasta el fin, entregando su propia vida y nos pidió que, como Él, nos amaramos, abarcando en ese amor hasta nuestros enemigos.
La caridad, en palabras de San Pablo «es paciente, es servicial; la caridad no se envidiosa, no es jactanciosa, no se engríe; es decorosa; no busca su interés; no se irrita; no toma en cuenta el mal; no se alegra de la injusticia; se alegra con la verdad. Todo lo excusa. Todo lo cree. Todo lo espera. Todo lo soporta».
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