Campana
Instrumento, generalmente en forma de copa invertida, cuya función primordial es la de convocar a los fieles a los actos litúrgicos.
Fundidas en bronce, disponen en su interior de un badajo metálico que provoca el sonido por percusión contra el labio de la campana y se sujeta con una argolla al fondo de la misma o, como ocurre en Aragón, mediante una tira de cuero. En su parte exterior se fijaban letras de bronce con su nombre y el de las circunstancias relacionadas con la ceremonia de su bendición.
La campana se fija al yugo, una pieza de madera de peso equivalente al del propio instrumento que actúa como contrapeso, mediante unas barras de hierro que pasan por las asas de la campana, cuyo número varía en función del tamaño de la misma. Los yugos solían elaborarse con madera de algarrobo.
El conjunto gira por medio de unos ejes situados a ambos lados de la parte inferior del yugo que se encastran en el campanario.
Los toques se llevan a cabo mediante el repique o movimiento del badajo, por medio de una soga amarrada a su parte inferior, efectuado desde el campanario o desde la parte inferior del templo, hasta donde desciende la soga circulando por una sucesión de roldanas. Otro procedimiento es el de medio volteo u oscilación del conjunto y, finalmente, el volteo general conocido en Aragón como bandeo, realizado por el giro completo del instrumento. En estos dos últimos casos solía efectuarse en el campanario, aunque también podía llevarse a cabo desde abajo.
Suele afirmarse que el nombre de campana procede de la región italiana de la Campania, donde comenzaron a fabricarse, y, según una leyenda sin fundamento, fue San Paulino de Nola (capital de esa región) quien utilizó la primera.
Su uso se había generalizado en el siglo VI y llegaron a convertirse en un símbolo de todos los templos de la Cristiandad. Existieron campanas de diferentes tamaños y denominaciones adecuadas al fin al que eran destinadas, desde las pequeñas con las que se convocaba al coro, hasta las grandes campanas que se volteaban conjuntamente en las grandes solemnidades litúrgicas o con ocasión de determinados acontecimientos festivos.
Las campanas regían la vida cotidiana por medio de toques específicos cuya riqueza y variedad se han mantenido hasta épocas recientes, aunque la electrificación de muchos campanarios redujo considerablemente el número de los mismos.
Se hacían sonar, también, para dispersar las tormentas y, de hecho, el toque de las campanas tiene la consideración de sacramental.
La bendición de las campanas se efectuaba mediante una de las ceremonias de mayor riqueza litúrgica previstas en el ritual.
Era realizada por el propio obispo o el presbítero en el que delegaba, revestido con capa pluvial blanca. La ceremonia comenzaba con el rezo de los salmos 50, 53, 56, 66, 69, 85 y 129. A continuación se procedía a la bendición del agua y la sal con la que se lavaba por dentro y por fuera la campana. Tras ser secada con un lienzo, se trazaba una cruz en su exterior con el óleo de los enfermos. El coro entonaba el salmo 28 y el oficiante trazaba siete cruces con el óleo de los enfermos en el exterior. Seguidamente, con el Santo Crisma se hacían cuatro cruces en su interior, recitando en cada uno de los casos la fórmula «Santificetur et consecretur, Domine, signum istud. In nomine Patris, et Filii, et Spiritus Sancti. In honorem sancti (el nombre que se le imponía) Pax tibi». El interior de la campana era incensado, mientras se rezaba el salmo 76, finalizando la ceremonia con la lectura del evangelio correspondiente al capítulo 10 del de San Lucas. Por el hecho de imponérsele un nombre propio, este rito era conocido, también, como «bautizo de la campana».
Guarda este contenido en tu perfil
Inicia sesión o crea tu cuenta para guardarlo.