Calvinismo
Jean Cauvin o Juan Calvino, como suele ser conocido, nació en Noyon (Francia) el 10 de julio de 1509. Era, por lo tanto, 25 años menor que Martín Lutero a quien nunca llegó a conocer. Sin embargo, se convirtió en uno de los hombres clave para la difusión de las ideas preconizadas por la Reforma Protestante.
Calvino se había doctorado en Leyes en la Universidad de Orleans, y a muy temprana edad entró en contacto con la nueva doctrina. En 1534, marchó a Basilea (Suiza). En este país, la Reforma había sido liderada por Ulrico Zwinglio, y presentaba notables discrepancias con los postulados de Lutero. Ese mismo año comenzó a escribir su Institutio Christianae Religionis, una obra fundamental dividida en cuatro libros en la que sistematizaba su pensamiento frente a la doctrina tradicional de la Iglesia y con la pretendía proporcionar un cuerpo doctrinal que hiciera frente a la atomización que ya se percibía entre las diferentes iglesias nacionales.
Exiliado en Estrasburgo fue llamado, poco después, a Ginebra donde consolidó su sistema y residió hasta su muerte en 1564, ejerciendo un liderazgo espiritual y político.
Los puntos básicos del calvinismo, aprobados en el Sínodo de Dort, tras la muerte de Calvino, establecen que el hombre nace esclavizado por el pecado y, por consiguiente, es incapaz, por sí mismo de amar a Dios. Es Dios, quien en virtud de sus propios designios ha determinado, desde la eternidad, quienes serán los hombres llamados a salvarse; esta elección es fruto de su propia misericordia y no de los méritos de cada uno de los elegidos. Fue Dios quien decidió enviar a su Hijo para que, con su muerte, expiara los pecados de esos predestinados, porque la Redención no afecta a toda la humanidad, sino que se circunscribe a un número limitado de personas. Es la acción misteriosa del Espíritu Santo la que incide en los elegidos como una llamada irresistible a la Fe que los salvará. Por otra parte, esa acción es permanente y, en virtud de la misma, el verdadero creyente no puede jamás abandonar la Fe.
La Fe, como don gratuito de Dios es, por consiguiente, el fundamento de la salvación y encuentra su raíz en la Sagrada Escritura.
El calvinismo acepta dos sacramentos: el Bautismo por el que se entra a formar parte en el Cuerpo de Cristo y la Eucaristía aunque en ella el Cuerpo y la Sangre de Cristo son meros símbolos a través de los cuales actúa el Espíritu.
Su sistema teológico trasciende lo meramente espiritual para impregnar la vida cotidiana que tiene como eje la acción soberana de Dios que lo abarca todo.
El calvinismo tuvo una amplia difusión por diferentes países y de sus postulados surgieron diversas iglesias y movimientos.
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