Brujería
Conjunto de prácticas relacionadas con personas, generalmente mujeres, a las que el vulgo consideraba dotadas de poderes mágicos.
Este fenómeno ha existido en todas las culturas, distinguiéndose entre una hechicería blanca, supuestamente benéfica, y hechicería negra que, por tener como objeto el causar daños, fue severamente castigada desde la antigüedad clásica.
En la Sagrada Escritura se prohíbe expresamente la brujería con la pena de muerte. Sin embargo, el propio rey Saúl acudió a una bruja para evocar el espíritu del profeta Samuel, en los momentos finales de su reinado. Esta capacidad para comunicarse con los muertos era la principal habilidad que se atribuía a este tipo de brujas.
La Iglesia siempre condenó la brujería, como superchería ajena a la Religión y relacionada con cultos paganos. Sin embargo, el auge experimentado por estas prácticas y su vinculación a la figura de Satanás confirió una nueva dimensión a este fenómeno, dando origen a un recrudecimiento de su represión.
Todo ello ocurrió a finales de la Edad Media, cuando se generaliza una nueva imagen de la brujería, adoptando un patrón característico:
Generalmente, está protagonizada por mujeres, muchas de ellas, de edad avanzada, de vida solitaria y feas.
Se les considera dotadas de poderes para transformarse en un animal que suele ser un gato negro.
Pueden volar, sobre una escoba, tras darse un ungüento. Los vuelos nocturnos tienen como meta un lugar alejado donde se reúnen en aquelarre.
El aquelarre es considerado como un encuentro que tiene como finalidad la adoración del Diablo que se hace presente en forma de macho cabrío. La principal expresión de ese culto es el beso anal al demonio que marca a las brujas con una señal indeleble en el cuerpo y les entrega las pócimas necesarias para sus hechizos.
En el aquelarre se llevan a cabo, asimismo, otras ceremonias que, en gran medida, se asemejan a las de culto cristiano, aunque en sentido opuesto. Así se «consagra» una hostia negra o se recita el Credo al revés. En algunas ocasiones se denunciaron la realización de sacrificios humanos, de niños fundamentalmente. Pero lo que nunca falta en estas reuniones es comida abundante y desenfreno sexual.
La brujería está relacionada, por lo tanto, con un culto demoníaco y basa su poder en un supuesto pacto con Satanás, teniendo como finalidad la práctica de magia negra, con el propósito de causar el mal a personas, animales o cosas.
El terror que estas creencias provocaban entre las gentes, provocaron una persecución que se extendió por toda Europa y, más tarde, por América. Habitualmente se asocia esta «caza de brujas» con la Inquisición. Es cierto que fueron condenadas por la Iglesia, la represión estuvo protagonizada, en la mayoría de los casos, por tribunales civiles que ejercieron su labor en países de mayoría católica y protestante.
En España, la actitud de la Inquisición frente a la brujería fue extremadamente prudente, a partir del siglo XVII, relacionándola con estados patológicos y la excesiva credulidad de protagonistas y espectadores.
Las cuevas de Zugarramurdi en Navarra, fueron escenario de famosos aquelarres que dieron lugar a un importante proceso, del que no se derivó ninguna condena a muerte. Dentro del ámbito literario, Gustavo Adolfo Bécquer convirtió al castillo de Trasmoz (Zaragoza) en otro supuesto lugar de celebración de estas reuniones, que son objeto de una de sus famosas leyendas.
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