Bienaventuranzas
Según relatan el Evangelio de San Mateo y el de San Lucas, Jesucristo, durante su recorrido por Galilea, subió a una montaña y allí se puso a enseñar a sus discípulos. Al inicio de ese «sermón de la montaña» fue cuando proclamó las ocho bienaventuranzas que, de una forma bellamente poética, sintetizan el ideal evangélico.
Cada una de las bienaventuranzas consta de dos partes. En la primera se expone una cualidad espiritual, mientras que en su segunda parte anuncia la recompensa que aguarda a quienes las practican.
Como señala el Catecismo de la Iglesia Católica, las bienaventuranzas están en el centro de la predicación de Jesús. En ellas recoge las promesas hechas al pueblo elegido desde Abraham, pero las perfecciona ordenándolas no sólo a la posesión de una tierra, sino al Reino de los cielos. En ellas nos enseña el fin último para el que Dios nos llama y nos colocan ante opciones decisivas con respecto a los bienes terrenos.
Las bienaventuranzas, tal como aparecen reseñadas en el evangelio de San Mateo, son las siguientes:
Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos.
Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán en herencia la tierra.
Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados.
Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados.
Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.
Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.
Bienaventurados los que buscan la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios.
Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los cielos.
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