Auto de Fe
Era la ceremonia con la que finalizaban los procesos inquisitoriales en la que se leía la sentencia a los reos de delitos contra la fe, que debían abjurar de sus errores. En el caso de los condenados a penas físicas, eran relajados al brazo civil para su aplicación.
Los autos podían ser públicos o privados. En el primer caso revestían el carácter de grandes espectáculos que tenían lugar en las plazas de las ciudades con asistencia de numeroso público y, en ocasiones, con la de los propios monarcas.
Los condenados comparecían vestidos con los sambenitos y llevando en la cabeza las corozas, cucuruchos de cartón como los que llevan los penitentes de Semana Santa, con pinturas alusivas.
Los autos se prolongaban durante horas en el transcurso de las cuales iban compareciendo los reos a los que se les leían pormenorizadamente los autos y las condenas. La noche anterior habían sido trasladados desde las cárceles de la Inquisición hasta la capilla donde velaban y de la que salían para comparecer ante el tribunal.
Una cuidada escenografía con tablados dispuestos convenientemente, enlazados por pasarelas por las que discurrían los condenados contribuía a acrecentar la espectacularidad de los castigos que, lógicamente, alcanzaba su punto culminante cuando se llevaban a cabo ejecuciones.
Los condenados a muerte, por la gravedad de sus delitos o por su contumacia, eran agarrotados antes de ser quemados. En ocasiones, esta condena podía ser aplicada a fallecidos y, en estos casos, se exhumaba el cadáver y se quemaban sus restos.
Aunque los autos de fe no fueron un espectáculo tan habitual como algunos han querido presentar, fueron muchas las personas condenadas y, en algunas ocasiones, se recurrió a este procedimiento con fines claramente políticos como sucedió en 1593 con los que habían tomado parte en las alteraciones de Aragón, condenados en un auto de fe, en el que, junto a reos de delitos que entraban dentro de la competencia del tribunal, se llegó a condenar a los responsables de las mismas, entre ellos al propio Antonio Pérez, juzgado en ausencia.
El último auto de fe celebrado en España tuvo lugar en 1826 y se saldó con una condena a muerte dictada contra el maestro de Ruzafa D. Cayetano Ripoll, considerado hereje. Fue ahorcado y, aunque en la condena se expresaba que su cadáver debía ser quemado, se consideró suficiente, hacerlo de forma simbólica, rodeándolo de unas llamas pintadas, antes de arrojarlo al río.
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