Ascetismo
El ascetismo cristiano encuentra su fundamento en el propio Jesucristo, uniéndose a su Cruz, mediante la práctica de la renuncia, de la mortificación y del sacrificio que el propio Cristo enseñara durante sus cuarenta días de penitencia en el desierto.
Fue al terminar las persecuciones que habían dejado el testimonio ejemplar de tantos mártires cuando algunas personas sintieron la llamada hacia la perfección en la soledad de esos desiertos en el que se había forjado el carácter del Precursor, de Juan el Bautista.
Fueron surgiendo así las primeras expresiones de vida religiosa, a veces en condiciones extremadamente duras. Desde aquellos primeros momentos, han sido numerosos los caminos propuestos para alcanzar la perfección por esta vía que pretende vencer la tentación a través del esfuerzo personal aunque, frente a determinadas desviaciones, cuenta siempre con la gracia de Dios como complemento imprescindible para las limitadas posibilidades de la propia naturaleza humana.
La mortificación no busca el aniquilamiento del hombre sino su perfeccionamiento a través del desarrollo de todo lo positivo que existe en él. Por otro lado, no puede entenderse la ascesis sino desde el punto de vista de la caridad que la ilumina, de manera que el valor de la penitencia no depende exclusivamente de su dureza sino de la fuerza del amor que la ilumina. En definitiva, de su motivación sobrenatural.
El asceta con la mirada puesta en Cristo busca su purificación, uniéndose al misterio de la Salvación.
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