Arrianismo
Desde los primeros siglos del Cristianismo, la comprensión del Misterio de la Santísima Trinidad fue motivo de frecuentes disputas teológicas.
En el siglo III, Pablo de Samosata había propugnado la tesis de que Jesucristo no participaba de la divinidad del Padre. Pero fue Arrio quien, de forma más concluyente, contribuyó a la difusión de esta doctrina.
Arrio que ya había sido excomulgado siendo diácono, por hallarse implicado en otra corriente herética, llegó a ser ordenado presbítero. Defendía que el Hijo no era de naturaleza divina, sino que había sido creado de la nada por el Padre y, por lo tanto, no era consustancial con Él. Su gloria era consecuencia de la santidad de su vida y únicamente podía ser considerado hijo adoptivo de Dios.
Muy pronto contó con un gran número de adeptos en las iglesias orientales, entre los que se encontraban algunos obispos destacados, como Eusebio de Nicomedia. En buena medida, la facilidad de difusión de esta doctrina herética vino motivada por el enfrentamiento existente entre Oriente y Occidente.
Condenados por un concilio convocado en Alejandría, hacia 320, el problema siguió latente e, incluso, se acrecentó. Al acceder al trono imperial el emperador Constatino decidió atajarlo para evitar los enfrentamientos que la disputa estaba provocando. Para ello, convocó el I Concilio Ecuménico en Nicea, en el que tuvo una importante actuación el obispo de Córdoba, Osio. Pero fue la intervención de San Atanasio la que más contribuyó a la condena de la herejía.
A pesar de ello, la postura vacilante del emperador influyó para una pronta recuperación de los partidarios del arrianismo. Conviene señalar que Constantino era un simple catecúmeno y que, tan sólo, fue bautizado en el momento de su muerte, precisamente por un obispo arriano, el citado Eusebio de Nicomedia.
Su hijo Constancio fue un arriano convencido que tuvo que contemporizar con los defensores de la ortodoxia, por la presión de su hermano Constante. Las luchas continuaron y los problemas se sucedieron hasta que en el concilio de Calcedonia, celebrado en 381, el arrianismo fue definitivimante condenado.
Mientras tanto, un obispo arriano, Ulfilas, había propagado esta doctrina entre los pueblos germánicos y, por este motivo, los visigodos la abrazaron. Con ellos llegó el problema a España, hasta que en el siglo VI, Recaredo abjuró de sus errores, aunque poco antes, los enfrentamientos en el propio seno de la familia real, habían provocado la muerte de su hermano San Hermenegildo, mandado ejecutar por su propio padre, Leovigildo, por su decidida oposición a la herejía.
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