Apocalipsis
Es el último de los libros del Nuevo Testamento que la tradición atribuye al apóstol y evangelista San Juan. De hecho, en su introducción el autor se identifica como Juan y especifica que, hallándose en la isla de Patmos, fue arrebatado por el espíritu del Señor que le ordenó escribirlo. La estancia del evangelista en dicha isla contribuye a corroborar su autoría, aunque no han faltado quienes opinaron que se trataba de un sacerdote del mismo nombre. En la actualidad, se admite la posibilidad de que, en su redacción, participaran discípulos del apóstol que utilizaron las enseñanzas recibidas directamente de él.
Apocalipsis significa revelación y, en este sentido, se trata de un libro profético escrito en un momento histórico concreto, cuando la naciente Iglesia se veía sometida a las primeras persecuciones de Roma y a los problemas suscitados por la aparición de corrientes heréticas.
El autor pretende animar a los miembros de las siete iglesias de Asia, a los que va dedicado, destacando la grandeza de Dios, su eternidad y el papel que representa, el Cordero, su Hijo, como Señor de la Historia y el único que puede abrir el «libro de los siete sellos». Él es, asimismo, el instrumento de la salvación del hombre.
Presenta a la Iglesia como expresión del Reino de Dios y anuncia las grandes tribulaciones que se abatirán sobre ella, antes de la victoria definitiva de Cristo.
Escrito a finales del siglo I, utiliza un estilo literario de una enorme riqueza simbólica que queda patente en toda la estructura de la obra. Imágenes, colores y números se encadenan en la secuencia de la visión que afirma haber tenido el autor.
Especialmente interesante es el recurso al número siete, el número sagrado que está presente en la propia estructura de la obra y en muchos de sus símbolos. Siete son los sellos del libro, siete las trompetas, las visiones de la Mujer y su lucha con la Bestia, las copas que derraman las plagas, los anuncios de la caída de Babilonia y del propio fin.
El Apocalipsis ha dado origen a un género literario y ha sido fuente de inspiración para el arte cristiano desde los primeros siglos. En este sentido, es preciso señalar la influencia que los llamados Beatos tuvieron en la Edad Media, con el texto ilustrado con bellísimas imágenes.
Sus características muy diferentes a los del resto de libros canónicos fue motivo de polémica entre los primeros Padres de la Iglesia. Finalmente, fue aceptado por la Iglesia, en el año 382, por decisión del Papa San Dámaso. También lo acepta la iglesia ortodoxa, aunque no se incluyen pasajes del mismo en su liturgia, pero lo rechazan las iglesias protestantes ya que Lutero afirmaba que no era ni apostólico, ni profético.
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