Altar
Según el Diccionario de la Real Academia Española, el altar es la mesa consagrada donde el sacerdote celebra el Sacrificio de la Misa.
El Catecismo de la Iglesia Católica subraya que el altar es el centro de la iglesia, porque allí se hace presente el sacrificio de la cruz bajo los signos sacramentales y, además, la mesa del Señor a la que el Pueblo de Dios es invitado, recordando que en las liturgias orientales el altar es considerado, también, un símbolo del sepulcro del Señor.
La actual concepción litúrgica tiende a resaltar ese papel preeminente del altar dentro de la estructura arquitectónica del templo, y su carácter simbólico de imagen de Cristo aunque, lógicamente, la mayor parte de las edificaciones religiosas responden a unos planteamientos que han ido evolucionando en el transcurso de la vida de la Iglesia.
En cualquier caso, el altar ha sido siempre el soporte físico donde se celebraba la Misa y esa celebración sólo puede tener lugar sobre un altar.
Hubo altares desde los inicios del Cristianismo, aunque es cierto que, en determinados momentos, se utilizaron las sepulturas de mártires destacados que se conservaban en las Catacumbas romanas. Por este motivo, se adoptó la costumbre de conservar reliquias de mártires en todos los altares, tanto en los construidos en piedra, material que fue siempre preferido, o en los que se fabricaban en madera, a la manera de mesas.
Los altares son consagrados por los obispos y, en ese momento, se depositaban las reliquias, envueltas en ricos lienzos, en el interior de una caja o teca, oculta en la parte posterior. Al estudiar antiguos altares románicos están apareciendo esas tecas y, con frecuencia, fragmentos de los tejidos que envolvían las reliquias, en muchos casos telas muy ricas, de origen islámico.
El origen de esta costumbre arranca de lo prescrito en el Liber Pontificalis de San Félix I en el que se establecía la obligación de celebrar la Misa sobre los sepulcros de los mártires. Cuando no se disponía de ellos, se colocaban las reliquias e, incluso en los altares de madera hubo siempre un ara con reliquias. Se trataba de una pieza de mármol o piedra de forma cuadrangular y tamaño suficiente para celebrar la Misa sobre ella, que tenía unas excavaciones en sus ángulos, donde se depositaban las reliquias.
En un altar fijo se distinguían las siguientes partes, la mesa o mensa, el soporte o stipes y el sepulcro.
La ubicación del altar ha ido cambiando en el transcurso del tiempo. En las iglesias románicas solía estar aislado al fondo del ábside y su forma fue modificándose y enriqueciéndose la decoración frontal. No era infrecuente que ese altar estuviera ubicado bajo un pabellón o ciborium, formado por una canopia, apoyada en columnas.
Cuando se generalizó el uso de retablos, a partir de época gótica, el altar terminó siendo adosado a la parte inferior de los mismos, considerándolo como una prolongación de su estructura. Por otra parte, se multiplicaron los altares en el interior de los templos, conforme la multiplicación de capillas devocionales hacía surgir nuevos retablos con sus correspondientes altares.
Sobre la mesa del altar se fueron situando aditamentos que desvirtuaban su función esencial la que, precisamente, se ha querido recuperar en el marco de las reformas emprendidas tras el Concilio Vaticano II.
Tradicionalmente, se ha distinguido entre altares fijos y portátiles. Los primeros eran los construidos de manera que la piedra, que forma la mesa, quedara permanentemente unida a la base, en el mismo lugar del templo. Los segundos eran los fabricados para ser utilizados, por necesidades pastorales, en un determinado lugar. En ellos, lo importante, era el ara o altar portátil con sus correspondientes reliquias.
Todo esto se ha modificado sustancialmente. Ahora, se insiste en la necesidad de construir altares fijos y únicos, en cada templo, que sean preferentemente de piedra y estén ubicados en lugar preeminente destacando, por un lado, ese doble sentido inherente al Misterio de la celebración eucarística: el de altar de sacrificio y mesa del Señor. Y, por otro, el de símbolo de Cristo mismo, presente en medio de la asamblea de los fieles.
Los templos históricos han respetado los altares existentes, aunque han tenido que adaptar uno que cumpla los requisitos exigidos por las nuevas orientaciones litúrgicas.
Los altares son consagrados por el obispo, utilizando para ello el Santo Crisma. Conviene recordar que debe volver a hacerlo en el caso de ser separada la mesa de su base, cuando se produce una rotura de cierta entidad o, antiguamente, cuando intencionada o casualmente se retiraban las reliquias depositadas que, en la actualidad, ya no son preceptivas.
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