Albigenses
Movimiento herético que se extendió por el sur de Francia en el siglo XII cuyo núcleo principal fue la ciudad de Toulouse, en el Languedoc, de donde pasó a algunos lugares de la península ibérica. Frecuentemente se les identifica con los cátaros aunque, en realidad, eran una rama de esa herejía.
El nombre de albigenses con el que se les designa procede de la ciudad de Albi, donde, en el marco de un concilio allí celebrado, se aprobaron las primeras condenas.
Su doctrina se inspira en el maniqueísmo oriental que, desde las primeras cruzadas se había ido extendiendo por Europa dando origen a diversas sectas que la Iglesia, sumida en una profunda crisis como consecuencia de sus disputas con el Imperio por la cuestión de las investiduras, no pudo cortar a tiempo.
Un factor importante para su desarrollo fue la relajación moral de las costumbres del clero junto con la actitud de muchos señores que encontraron en el movimiento un apoyo para sus pretensiones políticas.
Desde el punto de vista teológico, como en el maniqueísmo, defendían la existencia de dos principios opuestos y de origen diferente. Dios ha creado el espíritu, mientras que el demonio es el autor de la materia, del cuerpo donde el alma vive cautiva. La salvación, por lo tanto, se logra mediante la liberación de lo material, a través de un ascetismo riguroso que, en algunas ocasiones, puede llegar al suicidio.
Como consecuencia de ello, Cristo no llegó a disponer de un cuerpo realmente humano, pues ello habría representado entrar en contacto con el mal. Su cuerpo tenía un carácter distinto, obra de Dios que lo había inoculado en María, a través de la oreja, y había nacido de ella aparentemente, como aparentemente había padecido y muerto. Nuestros cuerpos, obra del mal, tampoco resucitarían, un dogma que rechazaban completamente, mientras que defendían la metempsicosis o reencarnación, por lo que prohibían consumir todo tipo de carne, salvo el pescado.
Para evitar, la propagación de nuevos cuerpos, defendían la castidad perpetua y rechazaban el matrimonio. No obstante, entre sus miembros había dos clases perfectamente distinguidas, los fieles que llevaban una vida normal y los perfectos que cultivaban las virtudes predicadas en un grado mucho más estricto y se encargaban de la difusión de la doctrina. Entre ellos se elegían obispos.
A la condición de perfecto se accedía, tras la preparación adecuada, mediante la ceremonia del consolamentum, una imposición de manos que provocaba una completa purificación y que venía a sustituir a los sacramentos. Los fieles recibían la imposición de las manos únicamente cuando se encontraban en peligro de muerte, en un rito denominado convenenza o pacto irremisible. Durante el resto de su vida, los perfectos les impartían una bendición denominada melioramentum. Los domingos celebraban una especie de ágape con bendición del pan y, periódicamente, tenía lugar el appareffamentum que era una confesión general y pública de sus faltas.
Una de las características de este movimiento fue su denuncia del comportamiento del clero al que reprochaban su excesivo apego a los bienes y su despreocupación por las cosas espirituales. Lo cierto es que muchas gentes se sintieron cautivadas por la sencillez y modo de vida de los perfectos, lo que explica la implantación de la herejía.
El propio San Bernardo y otros cistercienses se percataron de la gravedad de problema y se enfrentaron al mismo que había sido reiteradamente condenado en varios concilios provinciales. Los Papas enviaron legados para adoptar actuaciones eficaces y se tomaron medidas contundentes. El III Concilio de Letrán invitó a luchar por la fuerza contra los herejes pero no fue hasta el pontificado de Inocencio III, en 1198, cuando la situación experimentó un cambio radical.
Por una parte, regresando de Roma el obispo de Osma, Diego, acompañado por su canónigo, el futuro Santo Domingo de Guzmán, pudo comprobar la extensión de la herejía y el impacto fue tan grande que decidieron quedarse para ayudar al clero local. Santo Domingo decidió fundar la Orden de Predicadores con el fin de disponer de hombres preparados para la evangelización.
Sin embargo, el acceso al condado de Toulouse de Raimundo VI, en el que los herejes encontraron un decidido apoyo, acrecentó el problema. Inocencio III, al ver los escasos resultados obtenidos hasta entonces decidió convocar una cruzada, lo que provocó el asesinato de su legado Pedro de Castelnau, a manos de uno de los hombres del propio conde de Toulouse.
Más de 50.000 personas llegadas del norte de Francia y de otros lugares, al mando de Simón de Montfort emprendieron una campaña de extrema crueldad que se saldó con numerosas muertes. Una de las víctimas fue el rey de Aragón Pedro II, cuñado de Ramón VI que, tras haber intentado mediar, se puso del lado de su pariente, sucumbiendo en la batalla de Muret. Es indudable que, al margen de los aspectos espirituales, había un fuerte componente político debido al interés del rey de Francia por hacerse con el control de las tierras del Sur que se mantenían dentro de la órbita aragonesa.
Una a una, fueron cayendo las plazas en poder de los albigenses hasta que la herejía quedó exterminada a finales del siglo XIV. Mucho antes, en 1299, el Languedoc había sido incorporado a la corona francesa.
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