Alba
Vestidura litúrgica de color blanco, con mangas y cuello abierto, que llega hasta los pies y se utiliza en los oficios divinos.
De origen griego, corresponde a la túnica interior de tejido fino que usaban los romanos. Incorporada a la tradición cristiana, desde los primeros tiempos, en recuerdo de las vestiduras similares que utilizaban los sacerdotes judíos.
La persona que se reviste con ella, la introduce plegada por la cabeza y, tras ser desplegada, la ciñe con un cíngulo, salvo en aquellos casos «en que esté confeccionada de tal modo que se adhiera al cuerpo», según prescribe la Instrucción Redemptionis sacramentum de 25 de marzo de 2004 y el Misal.
Hasta hace poco estaba regulado que, en su confección, se utilizara el lino o el cáñamo, estando vedado el uso del algodón. Ricamente decoradas en la parte inferior y en los antebrazos, actualmente se sustituyen los encajes y calados por unos bordados discretos.
Por su color blanco, el alba simboliza la pureza con la que el oficiante se acerca al altar para celebrar el Sacrificio Eucarístico. El Papa San Juan Pablo II la comparó al vestido nuevo que el hijo pródigo recibió del padre, y al vestido de amor que deben llevar los invitados al banquete del Novio, Jesucristo. También simboliza las vestiduras blancas a las que se refiere el Apocalipsis, lavadas con la Sangre del Cordero.
Tradicionalmente, se le daba también otra interpretación, comparándola con la vestidura blanca que Herodes mandó poner a Jesús, como burla.
En 1972, a petición de los obispos franceses, se autorizó el uso en la Misa de un alba con una gran estola que, por su corte, reemplazara a la casulla.
Del alba se derivan otras vestiduras como el sobrepelliz o el roquete.
El alba era, también, la vestidura blanca que se entregaba a los bautizados en la Vigilia Pascual y llevaban hasta el domingo siguiente que, por esa causa, pasó a ser conocido como «domingo in albis».
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