Tierra
Dios es el creador y el dueño absoluto de la tierra (Gén 1-2). Se la da al hombre para que la usufructúe y la domine (Gén .1,28). Todas las cosas creadas han sido puestas por Dios a los pies del hombre (Sal 8,7), el cual está radicalmente vinculado a la tierra; de ella viene y a ella volverá. Tras el primer pecado, la tierra se vuelve rebelde y los frutos que hubiera ofrecido generosa y espontáneamente, han de ser arrancados de ella por el trabajo y el sudor (Gén 3,17-19). Israel, tras ser un pueblo nómada, se instala en la tierra prometida por Dios a Abrahán (Gén 12,7), conquistada en una guerra santa (cf. Libro de Josué), para que quede bien de manifiesto que ha sido Dios el que ha entregado esta tierra, que mana leche y miel (Núm 14,7; Ex 3,8), a Israel (Sal 135,12). Tras el exilio desventurado, y dichoso al propio tiempo, los israelitas volverán de nuevo a su tierra (Ez 37,21.25). Jesucristo, que se encarnó en esta tierra, quedó de alguna manera sellado por ella; así toma de esta tierra (sementera, siega, árboles, plantas, pesca y vida pastoril) comparaciones para ilustrar el reino que viene a establecer en el mundo. Sobre todo, Jesucristo cambia el sentido puramente material de la tierra por un sentido espiritual. Lo que importa no es la tierra física, donde está instalado el pueblo elegido, sino la tierra espiritual, es decir, el reino de Dios, que sólo puede ser conquistado a base de renuncias absolutas (Mc 10,29). Jesucristo declara dichosos a los mansos, a los dulces, porque ellos poseerán la tierra (Mt 5,4). Así la tierra prometida adquiere su verdadero valor, su valor tipológico y de signo, todo lo cual será coronado con la visión del Apocalipsis de una tierra nueva en el fin del mundo (Ap 21,1). -contexto; pobres.
E. M. N.
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