Santidad
La palabra "santo" (heb. qadosh) se emplea para indicar la idea de separación física. Santo es lo separado del uso profano y consagrado al servicio de Dios (personas, cosas, lugares de culto, etc.), por lo que está revestido de poder divino, a loque responde en el hombre el temor y el respeto. Dios es el único esencialmente santo. Porque es el trascendente, el inaccesible, el que vive en una región pura, incontaminada, a una distancia infinita del hombre, a donde no puede llegar el lastre de lo profano y de lo impuro (Gén 28,16; 1 Sam 6,20; ls 6; 57,15; Os 11,9; 12,1; Ez 28,25; 36,23; 38,28). Dios es santo en cuanto se comunica con su pueblo, en cuanto ayuda y libera a su pueblo, para hacer de él un pueblo de exclusiva pertenencia suya, un pueblo de su adquisición, separado de los demás pueblos, un pueblo santo, un reino sacerdotal. Ellos tienen que ser santos, porque Dios es santo (Núm 15,40). Esta santidad del pueblo es una exigencia de la liberación (Núm 15,41; ls 40,25; 41,14; 43,3.14; 45,18). Dios es "el santo" (Lc 1,49; Ap 3,17; 4,8; 6,10), el "padre santo" (Jn 17,11).
Jesucristo es el hijo santo de Dios (Lc 1,35), el santo de Dios (Mc 1,24; Lc 4,34; Jn 6,69) por su íntima y plena pertenencia a Dios, «el santo» (Act 3,14), «el santo servidor de Dios» (Act 4,27-30); Jesucristo trae al mundo un mensaje de santidad, porque, a través de El, el Padre ha realizado una obra de misericordia. La santificación de los hombres es obra del Padre a través de Jesucristo, que es la verdad (Jn 17,17); Jesucristo se santifica, se entrega a la muerte, para santificar a los hombres (Jn 17,19); Dios, en el A. T., elige un «pueblo santo» (Lev 21,6.8; Ex 22,31; Dt 26,19); en el N. T. hay también un pueblo santo: los cristianos constituyen el nuevo y santo pueblo de Dios (1 Pe 2,5), y así comenzaron a llamarse desde el principio: «los santos» (Act 9,13.32.41); es el pueblo de los predestinados, de los elegidos, de los santos, que son los que guardan los mandamientos de Dios y la fe de Jesús (Ap 14,12), los que realizan obras santas (Ap 9,8); los que, siendo santos, se santifican eternamente junto al que es tres veces santo (ls 6,3; Ap 22,11). La presencia de Dios hacía del templo un lugar santo, como lo es Jerusalén, la ciudad santa (Ap 11,2; 21,2.10) y amada (Ap 20,9). Y Santo es el Espíritu de Dios. En la Trinidad Augusta se atribuye al Espíritu Santo la santidad misma y la obra de santificación de todos los hombres.
E. M. N.
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