Publicanos
Todas las provincias romanas tenían que pagar tributo al imperio. Palestina, bajo la dominación romana, no estaba exenta. Los impuestos no los cobraban directamente los romanos, sino que se solía encargar ese menester a indígenas. De todo esto hay constancia en los evangelios. Era, naturalmente, enojoso pagar tributo a la potencia extranjera dominadora. Por esta razón los publicanos eran aborrecidos y odiados por el pueblo, incluso considerados como pecadores públicos (Mt 9, 10-13; Mc 2, 13-17; Lc 5, 27-32), comparados a los paganos (Mt 18, 17) y a las prostitutas (Mt 21, 31). Pero el hecho de ser publicano no importaba, ni mucho menos, el ser pecador, como lo indica la parábola del fariseo y del publicano (Lc 18, 9-14). De hecho el Evangelio habla de publicanos buenos, como Zaqueo (Lc 19, 2) y Mateo (Mt 10, 3; Mc 2, 13-14). — pecadores; fariseo y publicano, parábola del.
E.M.N.
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