Llanto
El Evangelio nos habla de personas que lloran por la muerte de un ser querido (Mt 2,18; Mc 5,38; 16,10; Lc 7,13; 8,52) y de arrepentimiento por los pecados cometidos (Lc 7,38. 44). Jesucristo lloró por la muerte de su amigo Lázaro (Jn 11,35) y por la ciudad de Jerusalén (Lc 19,41); manifiesta una exquisita sensibilidad ante las lágrimas ajenas (Mc 5,39; Lc 7,13; 8,52; 23,28; Jn 11,33); proclama bienaventurados a los que lloran (Mt 5,4; Lc 6,21). Pedro, tras su pecado, lloró amargamente (Mt 26,75; Mc 14,72). Y Pablo escribió a los corintios con los ojos arrasados en lágrimas (2 Cor 2,4; 12,21). El llanto y el rechinar de dientes es una expresión literaria que indica el dolor fortísimo y la desesperación de los condenados por haber perdido la felicidad eterna (Mt 8,12; 13,42. 50; 24,51; 25,30; Lc 13,28). Por el contrario, en la nueva Jerusalén celeste ya no habrá llanto, pues Dios estará con los elegidos y enjugará toda lágrima de sus ojos (Ap 21,4).
E. M. N.
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