Espíritu
Soplo, viento (Gén 3, 8; Jn 3, 8; 20, 22). El espíritu, soplo vital, de Dios viene y a Dios retorna cuando el hombre expira (Mt 27, 50; Lc 23, 46; Jn 19, 30; cf. Lc 8, 55). El espíritu significa también la persona humana, sobre todo en su parte más noble e invisible, incluso como contraposición a la parte más frágil y material, que es la carne (Mt 5, 3; 26, 41; Mc 2, 8; 8, 12; 1, 14, 38; Lc 1, 47. 80; Jn 11, 33; 13, 21). A veces el sustantivo «espíritu» tiene simplemente la significación de adjetivo: «espiritual» (Jn 3, 6; 4, 23-24; 6, 33). Espíritu puede ser un ángel o una aparición (Lc 24, 37. 39). Espíritu es muchas veces el nombre de ángeles malos, espíritus inmundos, malignos y perversos, que azotan a los hombres, y que son dominados por Jesucristo y sus apóstoles (Mt 8, 16; 10, 1; 12, 4345; Mc 1, 23. 26-27; 3, 11. 30; 5, 2. 8. 13; 6, 7; 7, 25; 9, 17. 20. 25; Lc 4, 33. 36; 6, 18; 7, 21; 8, 2. 9, 39. 42; 10, 20; 11, 24. 26; 13, 11). Espíritu de Dios: El espíritu de Dios es la fuerza por la cual Dios actúa. Todo el A. T. está invadido por el espíritu: actúa en la creación, en la conservación de la vida humana, particularmente en los hombres que destina a dirigir a su pueblo, y de manera especial a los profetas, «hombres del espíritu» por antonomasia. Su actuación es temporal y en vistas a su misión. Los profetas anuncian la difusión universal del espíritu para los tiempos mesiánicos los que, transformando interiormente a los hombres, residiendo plenamente en el Siervo de Yahvé, será el alma de la Nueva Alianza.
E. M. N.
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