David
David era pastor, de Belén (Lc 2,4.11; Jn 7,42). Era el hijo menor de Jesé (Mt 1,5; Lc 3,31). A la muerte de Saúl fue proclamado rey de Israel. Lo fue del año 1012 al 972 a. de C. Fue también rey de Judá, con lo que logró la unidad del pueblo. Cuando conquistó Jerusalén, ciudad neutral, centro de ambos reinos, la constituyó como capital, como ciudad-estado, de la que él era el gobernador. Allí, en el monte Sión, levantó una tienda-santuario, adonde llevó el arca de la Alianza, procurando dar a Jerusalén la dignidad de centro de la liga de las doce tribus. Como sacerdotes del nuevo santuario nombró a Abiatar, de la familia sacerdotal de Silo, y a Sadoc, de origen desconocido. Todo esto fue una maniobra extraordinaria desde el punto de vista político y religioso. El profeta Natán (2 Sam 7,12-16) asegura la permanencia de la dinastía davídica, que alcanzará un día a Jesús de Nazaret. David es un modelo, un hombre cortado a la medida del corazón de Dios (Act 13,22), y eso, aun a pesar de sus pecados, que también los tuvo (2 Sam 11). Además de rey, fue también salmista y profeta mesiánico. David está muy presente en el N. T. Jesús es «el hijo de David» por la sangre, continuador de la dinastía davídica (Mt 1, 1). La gente le proclama «hijo de David» (Mt 9,27; 12,23; 15,22; 20,30; 21,9.15; Mc 10,47-48; Lc 18,38-39). Dios dará a Jesús -el hijo que va a nacer de María— «el trono de David, su padre» (Lc 1,32); Jesús es «de la raza de David» (Jn 7,42). El reino que Jesucristo viene a predicar y a establecer, aunque naturalmente trasciende al reino de David, no puede desligarse del reino de Israel, que David constituyó como reino sagrado. De hecho, los habitantes de Jerusalén aclaman así a Jesús en su entrada triunfal: «Bendito el reino que viene de David, nuestro padre» (Mc 11,10).
E. M. N.
Guarda este contenido en tu perfil
Inicia sesión o crea tu cuenta para guardarlo.