Alegría
La vida del cristiano debe estar inmersa en alegría, debe ser un puro gozo. La salud mesiánica, que Jesús trajo al mundo, ha de ser causa de constante alegría. Los ángeles anuncian a los pastores la noticia que debe llenarles de alegría (Lc 2,10). Los magos se llenan de alegría al ver la estrella anunciadora (Mt 2,10). Jesús nos manda que nos alegremos y nos regocijemos (Mt 5,12; Lc 6,23). La palabra de Dios debe recibirse con alegría (Mt 13,20; Mc 4,16), como se alegra el que encuentra un tesoro (Mt 13,44). Los discípulos volvían llenos de alegría por los éxitos de su apostolado (Lc 10,17), pero más bien deben alegrarse porque su nombre está escrito en los cielos (Lc 10,20). El mismo Dios se alegra por un pecador que se arrepiente (Lc 15,10), como se alegra la mujer que encuentra la moneda perdida (Lc 15,9), o el pastor que recobra la oveja extraviada (Lc 15,6), o el padre que recupera al hijo perdido (Lc 15,32). Así el cristiano debe alegrarse, como el novio y los amigos del novio (Jn 3,29), como el sembrador y el segador al recoger la cosecha (Jn 4,36), como Abrahán al ver el día de Jesús (Jn 8,56). Porque este gozo es el mismo de Jesucristo, un gozo colmado, infinito, imperecedero (Jn 15,11), que nada ni nadie le puede quitar (Jn 16,22). Así lo garantiza la oración de Jesús para que los suyos tengan la alegría colmada (Jn 17,13). La fe, además, nos garantiza que todo está dirigido por la amorosa providencia de Dios, y como tal debe ser aceptado. No hay, pues, ningún motivo serio para perder la alegría. San Pablo dice que hay que alegrarse y volverse a alegrar (Flp 4,4); que hay que estar siempre alegres (2 Cor 6,10), porque el fruto del Espíritu es amor, alegría y paz (Gál 5,22), y porque debemos vivir alegres en la esperanza de los bienes futuros (Rom 12,12). - gozo; .
E. M. N.
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