Silverio, san (8 junio 536 - 11 noviembre 537)
Hijo de un papa. La guerra gótica había comenzado cuando llegó a Roma la noticia del fallecimiento de Agapito. Teodahado pudo presionar por última vez sobre el clero de Roma para que eligiera inmediatamente un sucesor, confiando en que se promocionase alguna persona favorable a sus intereses. Fue designado un hijo del papa Hormisdas, nacido en Frosinone, y que sólo era subdiácono, de nombre Silverio. Inmediatamente el clero cerró filas en torno a su persona para salvaguardar la unidad, preciosa en aquel momento. Este pontificado, breve y de acciones poco importantes, suscitó una cuestión que tardaría siglos en aclararse: ¿puede un papa abdicar? Silverio iba a encontrarse entre dos fuegos. Parecía, por una parte, que debía su nombramiento a las presiones de los ostrogodos; la emperatriz Teodora quería, por otra, conseguir la rehabilitación de Antimo.
Apenas muerto Agapito, Teodora se había puesto de acuerdo con el apocrisiario, Vigilio, ofreciéndole la promoción a la Sede Apostólica si se comprometía a la rehabilitación de Antimo. Y él aceptó marchando con los soldados de Belisario cuando éstos, desembarcados en Nápoles, avanzaron hacia la antigua capital, que sería ocupada en diciembre del 536. Durante dos siglos, Roma iba a encontrarse dentro del espacio bizantino. Justiniano tenía, en relación con la Iglesia —nuclearmente inserta en el Imperio—, algunas ideas muy claras que conocemos a través de su legislación (Novelae). No formulaba ninguna duda acerca de que Roma fuese «cabeza de todas las Iglesias», aunque asociaba esta condición, no a la tumba de Pedro, sino al hecho de que a esta ciudad cabía «el honor de ser madre de las leyes» y «cima del supremo pontificado». Tras esta cabeza, a muy escasa distancia, se encontraba Constantinopla, la nueva Roma dotada de «precedencia sobre todas las demás sedes». En el siguiente rango aparecían aquellas Iglesias que compartían con las dos mencionadas el rango de patriarcales, esto es, Alejandría, Antioquía y Jerusalén. Desde el año 536 estas cinco indiscutibles cabezas estaban dentro del Imperio: sólo flecos de cristianismo permanecían fuera de él. El emperador consideraba a los cinco patriarcas como altos magistrados súbditos suyos que le debían obediencia, aunque él se declaraba sujeto a la doctrina y a la moral.
¿Puede un papa abdicar? M. Hildebrand (Die Absetzung des Papstes Silveríus, Munich, 1923) realiza la siguiente reconstrucción de los hechos: Belisario, llegado a Roma el 10 de diciembre del 536, pidió a Silverio, según las órdenes de la emperatriz, la rehabilitación del patriarca Antimo, y él se negó. El papa fue conducido a la residencia del general y acusado, mediante pruebas falsas, de haber conspirado para entregar Roma a los godos. De hecho se había producido lo contrario: el papa, junto con el Senado, había tratado de convencer a los bárbaros de que no ofrecieran resistencia dentro de la ciudad para evitar su demolición. Belisario arrebató a Silverio el pallium, le devolvió a su antiguo rango de subdiácono, y anunció al pueblo su deposición (11 marzo 537). El Imperio, tratando al pontífice como a cualquier funcionario desobediente, le desterró a Patara, en Asia Menor. Vigilio fue entronizado el 29 de marzo del 537.
Miembro de la aristocracia senatorial romana, el antipapa era precisamente aquel mismo Vigilio a quien Bonifacio II quiso designar como sucesor. Rechazado por el clero romano, Agapito había buscado para él una compensación nombrándole su apocrisiario en Constantinopla. Allí, siendo ambicioso, entró en los planes de la emperatriz, adquiriendo el doble compromiso de rehabilitar a Antemio y de sustituir la confesión de Calcedonia. La deposición de Silverio permitió a Belisario promover una nueva elección, pero la posición de Vigilio se hizo sumamente difícil: seguía aún vivo el papa y la fe de Calcedonia era firme e indiscutida en todas las Iglesias de Occidente. En todas las zonas del Imperio se alzaban voces de obispos que rechazaban los sucesos de marzo del 537.
El de Patara, huésped del desterrado, viajó a Constantinopla para explicar a Justiniano cómo Silverio había sido injusta e indebidamente privado de su oficio. Justiniano dispuso que Silverio regresara a Roma para ser sometido a juicio justo: si se le encontraba culpable sería transferido a otra sede, pero si era declarado inocente volvería a ocupar la cátedra de san Pedro. Vigilio y Belisario, que contaban con el apoyo de Teodora, decidieron impedir tal posibilidad. Silverio fue detenido durante el viaje y enviado bajo custodia a la isla de Palmaria, cerca de Gaeta. Allí, sometido a amenazas, abdicó (11 de noviembre), falleciendo poco después.
Ahora el antipapa, reconocido por todos, era ya pontífice legítimo. Pero la abdicación planteaba, cuando menos, importantes dudas: si no se apreciaron las consecuencias fue sin duda porque en Roma se recibieron casi al mismo tiempo las dos noticias, de renuncia y de muerte. Quedaba en pie un hecho sustancial. Dueño de Roma, el Imperio se proponía tratar a los papas como a cualquier otro de sus funcionarios. Una situación que se prolongó hasta mediados del siglo viii.
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