Péo VIII (31 marzo 1829 - 30 noviembre 1830)
Personalidad y carrera eclesiástica. Francesco Saverio Castiglioni nació (20 noviembre 1761) en Cingoli, cerca de Ancona. Pertenecía a una familia noble, emparentada con el papa san Pío V (1566-1572). Cursó los primeros estudios en el colegio de los jesuítas de Osimo. Desde muy joven dio muestras de unas excepcionales dotes intelectuales en disciplinas como la arqueología y la numismática, pero sobresalió ante todo en el estudio del derecho canónico, cursado en Bolonia y en Roma. Colaboró con monseñor Giovanni Devoti (1744-1820) en la compilación de Instituí»Iones canonicae (1792). La formación jurídica adquirida durante estos años le facilitó sus posteriores funciones de gobierno, por ejemplo, a la hora de resolver —ya desde la cátedra de san Pedro— el problema de los matrimonios mixtos en 1830 frente a las pretensiones de Federico Guillermo III de Prusia (1797-1840).
Pío VII (1800-1823) le nombró obispo de Montalto en 1800, desde donde fue trasladado a Ascoli. Durante la ocupación francesa apoyó con firmeza a Pío VII y defendió los intereses de la Santa Sede. Al no plegarse a los dictados de Napoleón (1769-1821), éste dio una orden en virtud de la cual fue encarcelado y confinado al principio en Milán, y después en Pavía y Mantua. Esta enérgica actitud de su personalidad contrasta, no obstante, con su quebrada salud:
Una afección herpática —según el cardenal Wiseman (Recollections of the Last Four Popes, Londres, 1858)— y obstinada le hacía tener la cabeza inclinada y girada hacia un lado, lo que daba cierto aire de rigidez y falta de gracia a sus movimientos. Sin embargo, esto no era lo peor; parecía estar y estaba efectivamente, en un estado de sufrimiento continuo, produciéndole una fuerte irritación, que se manifestaba a veces en su tono y sus expresiones.
Tras la derrota de Napoleón, regresó a su diócesis y en 1816 fue nombrado obispo de Cesena y promovido al cardenalato. Posteriormente desempeñó los cargos de prefecto de la Congregación del índice y penitenciario mayor (1821), por lo que le tocó asistir espiritualmente a Pío VII y a León XII (1823-1829) en sus últimos momentos.
Ya en el cónclave de 1823 fue uno de los candidatos a suceder a Pío VII, pues de todos eran conocidos sus deseos de que fuera su sucesor, e incluso se difundió un comentario de Pío VII realizado después de un delicado despacho con el entonces cardenal Castiglioni: «Vuestra santidad, Pío VIII, arreglará más tarde este asunto.» Por tanto, aunque tuvo que ceder el paso a León XII en 1823, su elección en 1829 no constituyó ninguna sorpresa y fue muy bien recibida, pues además de la ejemplaridad de su vida de piedad poseía dotes de gobierno, como había demostrado en el desempeño de los diversos cargos eclesiásticos que había ocupado. Y, precisamente, la circunstancia de su precaria salud parece ser que pesó en el ánimo de los electores del cónclave, que una vez más se había bloqueado debido a las ya conocidas pugnas entre zelanti y politicanti. Puesto que ni unos ni otros cedían, no quedaba otra salida que hacer un paréntesis en sus disputas, mediante la elección de un pontificado corto o «interino», como algunos pretendieron, por lo que la debilidad física de Castiglioni, marcadamente visible en el absceso del cuello que presagiaba un pronto final, atrajo la atención de los electores hasta el punto que le votaron 47 de los 50 cardenales reunidos en el cónclave.
En efecto, la permanencia de Pío VIII en la sede de san Pedro fue muy breve, pero en modo alguno su pontificado se puede calificar de interino, ya que durante esos casi dos años el romano pontífice tuvo que hacer frente a las dificultades propias de todo un cambio de época. El pontificado de Pío VIII coincide con el ciclo revolucionario de 1830 que liquida la Restauración, período de quince años en los que Europa trató de asegurar su convivencia sobre los presupuestos del Congreso de Viena (1815): legitimidad monárquica y equilibrio europeo. Así pues, y contra todo pronóstico, el breve tránsito de Pío VIII por el pontificado dejó sus huellas en la historia de la Iglesia, que conviene repasar.
Las revoluciones liberales de 1830. Pocos meses después de su elección, el tratado de Adrianópolis (14 septiembre 1829) reconocía la independencia de Grecia del Imperio turco, después de ocho años de enfrentamiento con el sultán. Desde luego, algo estaba cambiando en Europa, pues las mismas potencias que habían aceptado los principios de Viena, se retractaban ahora. El reconocimiento de la independencia de Grecia por parte de las potencias europeas era el mejor certificado del fracaso de los presupuestos de la Restauración, ya que además de desautorizar al «legítimo» soberano, el sultán turco, se aceptaba a un tiempo el «desequilibrio» que suponían las modificaciones del mapa europeo con la independencia de Grecia. Por otro lado, la serie de revoluciones que se desencadenaron durante el verano de 1830 en Francia, Alemania, Polonia, los Estados Pontificios y Bélgica, acabaron por liquidar definitivamente el sistema de la Restauración.
Y una vez más Francia, la «hija primogénita de la Iglesia», donde reinaba Carlos X (1824-1830), hermano del guillotinado Luis XVI (1754-1793), que había restaurado la alianza del trono y el altar con el fin de poner la religión al servicio del Estado, se iba a convertir en el primero y más grave problema de Pío VIII. Chateaubriand (1768-1848), embajador de Francia ante la Santa Sede, interfirió en el nombramiento como secretario de Estado del cardenal Giuseppe Albani (1750-1834), formado en la escuela de Consalvi (1757-1824), por considerarle un hombre de Austria, y le vetó calificándole de indeseable. Pío VIII, por su parte, tras responderle que el nombramiento de Albani no obedecía a cálculos políticos, le manifestó con claridad y firmeza: «yo soy el soberano y se hará mi voluntad». Como consecuencia de este choque, Chateaubriand tuvo que dimitir de su cargo. Por lo demás, la actuación posterior de Albani vino a demostrar que el secretario de Estado no se supeditó a los dictados de ninguna de las potencias, incluida Austria, y que defendió los intereses de la Iglesia con total independencia.
Así se explica que la «alianza» en la que se había refugiado el régimen de Carlos X provocase que la revolución de 1830 atacase con igual ímpetu tanto al trono como al altar. La estrategia de Carlos X había colocado a la Iglesia en la mentalidad de los liberales franceses como aliada del absolutismo y enemiga de las libertades. En consecuencia, los revolucionarios de París durante las jornadas de julio saquearon el arzobispado, el noviciado de los jesuitas y la casa de las misiones, hechos que por imitación fueron repetidos en muchas ciudades y pueblos de Francia. Pío VIII, a quien todos estos acontecimientos no le cogieron por sorpresa, actuó con moderación, pues a la vez que condenó los desmanes anticlericales, desautorizó la vinculación de la Iglesia con el legitimismo al reconocer la nueva monarquía de Luis Felipe de Orléans (1830-1848). Además, exhortó a los obispos y al clero de Francia para que prestasen sumisión y obediencia «al nuevo soberano elegido por la nación, por quien debían elevar sus oraciones según costumbre», les prohibió expresamente que abandonasen sus diócesis y sus ministerios, y les recomendó que se empeñaran en cumplir su misión religiosa, pacificando los espíritus.
Esta misma línea de actuación se impuso en la relaciones diplomáticas del pontífice con Inglaterra, donde se acababa de reconocer la emancipación de los católicos. Y del mismo modo procedió respecto a Bélgica, otro nuevo Estado que surgía en 1830 al unirse los católicos y los liberales belgas para luchar hasta conseguir la independencia del reino de los Países Bajos, cuyo soberano, de religión protestante, trataba de imponer un régimen absolutista y regalista en todos sus dominios.
Por otra parte, Pío VIII tuvo que resolver la grave cuestión de los católicos alemanes, donde el soberano de Prusia, Federico Guillermo III, sometió los matrimonios mixtos de las zonas católicas a una legislación protestante. Según el breve Litteris altero abhinc (25 marzo 1830), Pío VIII sentó la doctrina de la Iglesia al respecto, vigente durante mucho tiempo. El breve, en principio, trataba de disuadir a los católicos de celebrar matrimonios mixtos en los que no se garantizasen las cautelas de la Iglesia en orden a la educación religiosa de la prole; de celebrarse, no obstante y salvo que existiesen impedimentos dirimentes, se reconocían como válidos dichos matrimonios, aunque no cumpliesen los requisitos dictados en Trento, y se permitía la asistencia pasiva del sacerdote en dichas celebraciones. La solución de Pío VIII, emanada sin duda de su formación jurídica, aunque no alivió la crispación de las autoridades prusianas, al menos se convirtió en un importante legado doctrinal para sus sucesores en el pontificado.
El gobierno de Pío VIII impulsó también las iniciativas que sus predecesores habían tomado en América. Por habilidad y tacto, el papa supo amortiguar las tensiones del gobierno brasileño contra la Iglesia y consiguió la acreditación del nuncio Antini ante las autoridades brasileñas. Pío VIII creaba así la primera nunciatura de América del Sur.
Mayor relieve tuvieron sus decisiones respecto a Estados Unidos, donde Pío VII en 1806, antes de ser apresado por Napoleón, había erigido las diócesis de Boston, Nueva York, Filadelfia y Bardstown, a la vez que constituía Baltimore en sede metropolitana; en 1821, se crearon las de Charleston y Richmond y en 1822 la de Cincinnati. Todo lo cual era el reflejo del crecimiento de la Iglesia en Norteamérica. Pues bien, Pío VIII promovió la celebración del Concilio de Baltimore, que comenzó el 4 de octubre de 1829 y dio sobradas muestras de la vitalidad de la Iglesia en aquellas tierras.
El magisterio de Pío VIII. El talante conciliador de Pío VIII en las relaciones diplomáticas era compatible con su firmeza en la defensa doctrinal en aquellos puntos en los que las ideologías chocaban con el depósito revelado que, naturalmente, como cabeza de la Iglesia, tenía que custodiar y defender. De modo que tanto Pío VIII como sus sucesores tuvieron que dar una respuesta a los planteamientos doctrinales del liberalismo, en cuanto que algunos de sus partidarios plantearon la incompatibilidad de la ideología liberal con la doctrina de la Iglesia. En efecto, conviene precisar que el liberalismo, además de proponer una determinada organización de la economía, de las relaciones sociales o de establecer el sistema de elección de los representantes del poder mediante elecciones, entre otras muchas más manifestaciones, es «ante todo una filosofía global» (Rene Rémond, Introducción a la historia de nuestro tiempo, t. II), una antropología, en definitiva, que proclama la autonomía del hombre y el relativismo frente a la verdad. Naturalmente, ante esta concepción antropocéntrica del liberalismo, que además establece unas determinadas relaciones del hombre respecto a Dios y la naturaleza, el papa debía orientar doctrinalmente a los fieles, de acuerdo con la verdad cristiana. Cosa distinta es que no hayan faltado quienes por prejuicios hayan visto en el papado al enemigo de todas las manifestaciones del régimen liberal, o quienes por el contrario, en una interpretación interesada, entendieron que las precisiones del papa sobre la filosofía liberal equivalía a respaldar sus propias posiciones políticas absolutistas.
Así las cosas, en su primera y única encíclica, Traditi humilitati nostrae (24 mayo 1829), Pío VIII dejó claro, ante todo, su autoridad universal en la Iglesia, «no sólo sobre los corderos, es decir, el pueblo cristiano, sino también sobre las ovejas, esto es sobre los obispos», otra condena más de las tesis galicanas, que por supuesto provocó el descontento de los sectores tradicionalistas del clero francés. A continuación, se refería el papa en este documento a «los sofistas de este siglo, que proponen que el puerto de la salvación está abierto a todas las religiones, y otorgan las mismas alabanzas a la verdad y al error, al vicio y a la virtud, a la honestidad y a la infamia» (Artaud de Montor, Histoire du pape Pie VIII, París, 1844). Igualmente condenaba Pío VIII en su encíclica las sociedades secretas por su sectarismo y empeño en destruir la Iglesia y los Estados, y llamaba la atención sobre la santidad del matrimonio y la importancia que debía otorgarse a la educación de la juventud. En su denuncia, se anticipaba así Pío VIII a plantear los principales problemas que la Iglesia iba a tener con aquellos Estados en los que en años posteriores se consolidó el régimen liberal. Por último, la encíclica de Pío VIII proponía a los fieles la oración como el remedio para frenar el avance del error; y para dejar claro que la oración es un recurso perenne y eficaz, el pontífice identificaba la situación de confusión doctrinal de entonces con un pasaje del Antiguo Testamento: «en las actuales circunstancias hay que volver a pedir insistentemente al Señor que libre a Israel de la plaga».
Además de los problemas doctrinales, como los que se han mencionado anteriormente, se agravaba otro que ya conocemos, pues durante el pontificado de Pío VIII Felicité de Lamennais (1782-1854), tras abandonar sus posiciones ultramontanas y animado por las experiencias de los católicos ingleses y belgas, giraba hacia lo que se conoce como catolicismo liberal. Al calor de la revolución de julio de 1830 se instaló con sus seguidores —Jean Baptiste Henri Lacordaire (1802-1861), Charles de Montalembert (1810-1870), Philipe Gerbet (1798-1864), Rene Francois Rohrbacher (1789-1856), Prosper Louis Pascal Guéranguer (1806-1875)— en Juilly, muy cerca de París. Poco después fundaron un periódico, L’Avenir, bajo el lema «Dios y Libertad». El nacimiento del periódico en los primeros días del mes de octubre de 1830 fue cuando menos inoportuno en el tiempo, pues provocó no pocas disensiones entre el episcopado francés en torno a las tesis de Lamennais sobre la libertad religiosa. El primer número veía la luz justo cuando el papa había conseguido que los obispos franceses acatasen a Luis Felipe de Orléans. Y es que éste era el único recurso diplomático del pontífice para impedir que el nuevo régimen traspasara a la legalidad las propuestas anticatólicas de los revolucionarios de julio. En cualquier caso, la muerte impidió a Pío VIII afrontar el problema planteado por el clérigo francés, recayendo sobre su sucesor esta cuestión.
Todas estas complicadas y espinosas situaciones acabaron por minar definitivamente la ya de por sí delicada salud de Pío VIII. En sus últimos días el pontífice perdió completamente el sueño, y la úlcera que le aquejaba desde hacía años alcanzó sus órganos internos, provocándole fortísimos dolores. El 23 de noviembre, plenamente consciente, recibió los últimos sacramentos y falleció una semana después. Su pontificado había durado sólo veinte meses.
Guarda este contenido en tu perfil
Inicia sesión o crea tu cuenta para guardarlo.