Péo VI (15 febrero 1775 - 29 agosto 1799)
Personalidad y carrera eclesiástica. Juan Ángel Braschi nació en Cesena el 25 de diciembre de 1717. Hijo del conde Marco Aurelio y Ana Teresa Bandi, familia noble venida a menos, fue educado junto a los jesuítas en el colegio romano y consiguió la licenciatura en ambos derechos (1735). Pasó después a Ferrara para ampliar estudios en la universidad, bajo la protección de su tío materno Juan Carlos Bandi, que era auditor del legado pontificio cardenal Ruffo, y al poco tiempo fue nombrado secretario del cardenal. Acompañó a éste al cónclave en el que se eligió papa a Benedicto XIV (1740), que designó al cardenal Ruffo decano del sacro colegio y obispo subvicario de Ostia y Velletri, y Braschi ascendió al puesto de auditor del cardenal, sucediendo a su tío que había sido nombrado obispo. En el desempeño de su nuevo cargo se ocupó de la administración de los dos obispados y el papa le encargó solucionar algunos conflictos de tipo jurisdiccional surgidos entre Roma y Nápoles. Braschi desarrolló su cometido a satisfacción del papa y le nombró camarero secreto, y después de la muerte del cardenal Ruffo en 1753, secretario particular, canónigo de San Pedro y refrendatario de la Signatura. En 1758 se ordenó de presbítero y, al año siguiente, después de la elección de Clemente XIII, su sobrino, el cardenal Carlos Rezzonico le hizo su auditor y secretario. En 1766 Clemente XIII le nombró tesorero de la Cámara apostólica (auténtico ministro de finanzas) y trató de sanear las finanzas del Estado pontificio y potenciar la actividad económica, que continuará después siendo papa. El 26 de abril de 1773 Clemente XIV le creó cardenal del título de San Onofrio y abad comendatario del monasterio de Subiaco.
El 5 de octubre de 1774 se reunió el cónclave que debía nombrar sucesor a Clemente XIV y, una vez más, el colegio cardenalicio se encontraba dividido: los zelanti anhelaban un papa que defendiese la inmunidad de la Iglesia, liberándola de la servidumbre en la que la tenían los gobiernos; enfrente se movía el partido de las cortes borbónicas, que rechazaban cualquier candidato filojesuita; y en medio oscilaba el partido de los independientes, dispuestos a unirse a uno u otro según las circunstancias. Francia y España abogaron por la candidatura de Pallavicini, secretario de Estado de Clemente XIV, pero fue rechazada por Viena. Entonces, el cardenal Albani, jefe de los zelanti, destacó la figura del cardenal Braschi, que figuraba entre los independientes y parecía la única solución. Apoyado por las cortes borbónicas, fue elegido papa en la mañana del 15 de febrero de 1775, a pesar de la oposición de Portugal. Escogió el nombre de Pío VI, en recuerdo de san Pío V y al que se proponía imitar en su pontificado; fue coronado el 22 de febrero y el 30 de noviembre tomó posesión de San Juan de Letrán.
El nuevo papa era irreprochable en su conducta y se hacía notar por su prudencia en el gobierno, su elegancia y la afición a la solemnidad y al fausto. «Tanto é bello quanto é santo», decía el pueblo romano de Pío VI. El único vicio que se le notó fue el nepotismo, que parecía desterrado ya de la corte romana. Monumento perenne de aquel nepotismo fue el palacio Braschi, que levantó el sobrino del papa con el dinero pontificio. Su largo pontificado fue también atormentado y se desarrolló durante un período de profundas crisis para la Iglesia católica, atacada primero por las reformas de los ilustrados y después por la Revolución francesa.
La defensa de la integridad doctrinal. En su primera encíclica Inscrutabile divinae sapientiae (25 diciembre 1775) hizo una dura condena del movimiento ilustrado, afirmando que le aterraba el estado actual del pueblo cristiano por causa de «esos filósofos perversos que intentan disolverlo todo, gritando hasta la náusea que el hombre nace libre», y amenazan con romper la tradicional concordia entre los Estados y la Iglesia. Al mismo tiempo, asustado ante las infiltraciones liberales en el Estado pontificio, usó de su autoridad contra los judíos prohibiéndoles leer el Talmud y los libros que contuviesen afirmaciones anticristianas, y para poder adquirir o poseer cualquier otro libro tenían que someterlo al nihil obstat eclesiástico. También condenó en 1778 las tendencias cismáticas de la Iglesia de Utrecht, siguiendo el ejemplo de Benedicto XIV y Clemente XIII; en 1786 volvió a condenar la doctrina de Febronio y en 1792 puso en el Index las Institutiones theologicae (conocida como Theologia Lugdunesis) del oratoriano francés Valla, por sus resabios jansenistas y galicanos. A pesar de su intransigencia doctrinal, en los primeros años de su pontificado practicó una hábil política para superar las disensiones en el interior de la Iglesia y recuperar la unidad del catolicismo en torno a la autoridad papal. Sin embargo, la acentuación del absolutismo y del primado pontificio le condujo al enfrentamiento con los jansenistas. Para potenciar la propaganda católica el papa apoyó la publicación del Giornale ecclesiastico di Roma, que se convirtió en el órgano oficioso del papado y fue uno de los instrumentos más eficaces para la defensa de la doctrina católica (G. Pignatelli, Aspetti della propaganda cattolica da Pio VI a Leone XII, Roma, 1974).
Las relaciones con buena parte de los Estados católicos no fueron fáciles por problemas doctrinales y jurisdiccionales. En Italia, el papa encontró las mayores dificultades en Toscana, donde el gran duque, Leopoldo de Austria (1765-1790), que venía practicando una política eclesiástica jurisdiccionalista desde 1769, inició en 1778 una reforma religiosa de signo episcopalista con la ayuda del obispo de Pistoia, que culminó en los «cincuenta puntos eclesiásticos» (carta magna del reformismo leopoldino) que envió a los obispos en 1786 y en el sínodo de Pistoia (1786), donde se acordaron reformas radicales (M. Batllori, El conciábulo de Pistoya, Roma, 1954). Como al año siguiente, en el sínodo nacional celebrado en Florencia, casi todos los obispos rechazasen tales reformas, Leopoldo disolvió la asamblea y continuó las reformas por su cuenta. Su nombramiento para el trono imperial en 1790 comportó un cambio rápido en Toscana. El obispo de Pistoia tuvo que renunciar a su sede en 1791 y Pío VI condenó en 1794, con la bula Auctorem fidei, 85 proposiones del sínodo de Pistoia. En Nápoles, la acentuación de la política jurisdiccionalista en la década de los ochenta y la negativa de seguir prestando el secular tributo de vasallaje de la chinea al papa, situaron las relaciones al borde de la ruptura.
El reformismo religioso en ninguna parte fue tan sistemático como en la Austria de José II (1780-1790). El objetivo eclesiástico-político del «josefinismo» era la plena subordinación de la Iglesia al Estado, es decir, José II quería lograr un especie de Iglesia nacional con la mayor independencia de Roma. En 1781 comenzó las reformas con el decreto sobre la tolerancia y las disposiciones sobre las dispensas matrimoniales; en 1782 decretó la supresión de los conventos y la aplicación de sus bienes a un «fondo para la religión», reforma de las cofradías, reducción de las fiestas, etc. Ante este proceder, Pío VI se decidió a realizar un viaje a Viena para frenar las reformas del emperador (1782). José II recibió al papa con toda magnificencia, pero apenas le hizo concesiones en los asuntos eclesiásticos. El éxito del viaje estuvo en el entusiasmo y veneración que el pueblo tributó al pontífice. José II continuó dando disposiciones sobre la formación del clero, la creación y dotación de parroquias, límites de las diócesis, ceremonias litúrgicas, etc., con tanta minucia que Federico II de Prusia le puso el apodo de «hermano sacristán» (L. Pastor, Historia de los papas, XXXVIII, pp. 357-407). Ante la creación de una nunciatura en Munich (1785), a instancias del príncipe elector de Baviera, los arzobispos de Colonia, Tréveris, Maguncia y Salzburgo se sintieron mermados en sus derechos y acudieron al emperador (1786), y en la declaración de principios de Ems formularon un plan de Iglesia alemana que eliminaba los recursos a Roma, las exenciones y la jurisdicción de los nuncios.
Mejores fueron las relaciones con Portugal, pues a la muerte de José I (1777), su hija María (1777-1807) destituyó a Pombal y frenó la política regalista. En España continuó con gran vitalidad la política de reformas religiosas hasta la muerte de Carlos III (1788). Pero los gobiernos de Carlos IV (1788-1808) carecieron de la sensibilidad religiosa patente en el reinado anterior y los problemas fundamentales que se ventilaron con Roma obedecían más a motivaciones políticas y económicas que eclesiales.
Gran dinamismo desplegó Pío VI en el gobierno del Estado pontificio durante los años de paz, tanto en el campo de las artes como de la administración. Fue un gran mecenas de las letras y de las artes. Creó nuevas cátedras en la Universidad de Roma. Sin ser erudito, tenía gustos de bibliófilo y de arqueólogo, coleccionó libros selectos, grabados y medallas; animó al cardenal Lorenzana en sus labores de editor de los Padres y concilios toledanos; apoyó al ex jesuíta Zaccaría, apologista del pontificado, nombrándolo profesor de historia eclesiástica en la Sapicnza y presidente de la Academia de nobles eclesiásticos de Roma; al dominico Mamachi, erudito en antigüedades y director de la Biblioteca Casanatense, le nombró secretario de la Congregación del índice; al barnabita Gerdil, filósofo y científico, le concedió el capelo cardenalicio. Con igual dignidad condecoró en 1785 a Garampi, que siendo prefecto del Archivo Vaticano, emprendió la ardua tarea de su catalogación. Al cardenal Zelada le hizo bilbiotecario de la Vaticana, enriquecida por el papa con preciosos códices manuscritos. Enriqueció con ricas piezas el museo Pío-Clementino, y Ennio Quirino Visconti, uno de los fundadores de la ciencia arqueológica, ofreció al papa su obra monumental sobre la Descrizione del Museo Pio-Clementino en siete volúmenes, el primero de los cuales (obra de Visconti padre) está dedicado a Pío VI, «patrono de las artes». Los tres obeliscos egipcios descubiertos fueron colocados en la plaza del Quirinal, en la de Trinitá dei Monti y en la de Montecitorio. A Canova le encargó el monumeto funerario de Clemente XIII, y mandó construir una sacristía para la basílica de San Pedro, digna de tan grandioso templo.
Como soberano del Estado pontificio, en los años pacíficos de su pontificado llevó a cabo un programa de reformas que, por primera vez, constituyeron un plan orgánico para llevar a cabo la modernización de la economía y de la administración. En el ámbito económico, la primera preocupación fue la de sanear las finanzas y disminuir el elevado déficit público acumulado, preocupándose también por la modernización de la agricultura y de las técnicas agrícolas, favoreciendo la difusión de la publicística económica y la fundación de academias agrarias. En el campo de la administración llevó a cabo un programa de centralización y unificación contra los privilegios y ordenamientos particulares, que no siempre tuvo éxito, y que sería continuado y desarrollado durante la república. Uno de los proyectos de más envergadura que realizó fue el esfuerzo por sanear las paludes pontinas, terrenos pantanosos situados en el litoral tirreno entre Cistena y Terracina. A fuerza de mucho trabajo y grandes inversiones logró, si no la plena desecación de aquellas tierras (esto sólo se consiguió en el gobierno de Mussolini), sí de una parte importante, que Vicente Monti celebró en su poema histórico-mitológico La Feroniade.
La Revolución francesa. La segunda etapa del largo pontificado de Pío VI fue más trágica y dolorosa, al tener que sufrir las consecuencias de la Revolución francesa (O. Chauwick, The Popes and the European Revolution, Oxford, 1981). En un primer momento, Pío VI se mostró cauto ante las medidas que la Asamblea constituyente lomó en materia religiosa; pero, después de la promulgación de la constitución civil del clero (12 julio 1790) y la imposición a los eclesiásticos de un juramento de fidelidad a la nueva ley, con el breve Quod aliquantum de 10 de marzo de 1791 condenó en bloque todo lo decretado por la Asamblea en materia eclesiástica, y por otro breve del 13 de abril suspendió a todos los clérigos que hubiesen prestado el juramento y anuló las elecciones episcopales que se habían hecho sin su consentimiento. En mayo del mismo año, el nuncio abandonó París y las relaciones diplomáticas se consideraron oficialmente rotas. Como reacción, Francia ocupó y se anexionó los territorios pontificios de Avignon y del condado Venaissin, sin hacer caso a las protestas del papa. La emigración de un elevado número de eclesiásticos al Estado pontificio, la ejecución de Luis XVI (1774-1793) y los progresos de la descristianización de Francia, agudizó aún más las relaciones entre Roma y la Revolución. En el Estado pontificio, al igual que en otros países católicos, se desarrolló una publicística que presentaba a la Revolución como obra satánica y resultado de un vasto complot anticatólico. Tales escritos, ante la invasión de Italia por Napoleón, y a pesar de la oficial neutralidad del Estado pontificio, llamaban a los pueblos y a los gobiernos a la cruzada y a la guerra santa contra los franceses en defensa de la religión. Esta publicística alimentó la movilización popular contra Francia, pero no detuvo a Napoleón, que obligó al papa a firmar el humillante armisticio de Bolonia (23 junio 1796), que comprometía al papa a renunciar a Bolonia, Ferrara y Ancona, y a entregar 21 millones de escudos, 500 preciosos manuscritos y 100 obras maestras de escultura clásica y pintura renacentista. Como el papa se aliase después con Austria, los franceses invadieron el Estado pontificio y, ante la imposibilidad de resistir, tuvo que firmar el tratado de paz de Tolentino (10 febrero 1797), que costó a Pío VI la cesión definitiva de Avignon y Venaissin, la renuncia a las legaciones de Bolonia, Ferrara y Romagna, y la entrega de 46 millones de escudos y numerosas obras de arte. No por esto reinó la paz en los Estados de la Iglesia, soliviantados por partidarios de la Revolución. La muerte del general Duphot en un tumulto callejero de Roma sirvió de pretexto para que el general Berthier, en nombre de Napoleón, ocupase la ciudad de Roma el 15 de febrero de 1798. En el Capitolio se depuso a Pío VI como soberano temporal y se proclamó la república romana. En seguida fueron ocupados el Quirinal y el Vaticano, embargados los archivos y arrestado el papa. Pío VI fue condenado al exilio y el 20 de febrero abandonó Roma. Después de una estancia en Siena, fue recluido en la cartuja de Florencia, donde continuó ocupándose de los asuntos religiosos y tomando medidas en interés de la Iglesia y de sus subditos. El 13 de noviembre de 1798 dictó la bula Quum nos, dando disposiciones para el caso de sede vacante y sobre el futuro cónclave. En marzo de 1799 el papa fue trasladado a Parma y luego a Turín, y después, a fines del año, aquel anciano de 81 años, seriamente enfermo, fue portado en una silla de manos, a través de los Alpes hasta Briancon (Francia), y no creyéndolo seguro de algún golpe de mano de los austríacos lo llevaron a Valence, donde llegó el 13 de julio de 1799. Allí acabó su peregrinación de sufrimientos, pues murió el 29 de agosto de 1799. El cuerpo de Pío VI fue embalsamado y encerrado en una caja de plomo, pero sus restos sólo llegaron a Roma en febrero de 1802. A su muerte, Napoleón escribió que la «vieja máquina de la Iglesia se deshará por sí sola», pero los atropellos contra el anciano Pío VI y los desórdenes revolucionarios hicieron que aflorasen por doquier simpatías hacia el papado y se produjera una recuperación del catolicismo.
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