Paulo I, san (29 mayo 757 - 28 junio 767)
Hermano de Esteban y colaborador sobresaliente de los papas desde Gregorio II, fue elegido sin dificultad. Comunicó a Pipino esta elección pero sin recabar ninguna clase de confirmación. Sus legados regalaron al rey de los francos un antifonario, redactado por Amalario, que era como el signo externo de la identidad litúrgica entre Roma y la Iglesia franca. Paulo definía sus funciones, en un tono muy elevado, como las de «un mediador entre Dios y los hombres, buscador de almas». De hecho era consciente de que, al convertirse en soberano temporal, se estaban desatando sobre la sede de Pedro las concupiscencias que son fuente de conflictos; se hallaba, sin embargo, decidido a detender con todos sus medios el naciente Estado, para lo que necesitaba la ayuda del rey de los francos.
Aunque su deseo ferviente era el de mantener la estrecha comunión con las Iglesias orientales (estrechó sus relaciones con Antioquía y Alejandría, entonces sometidas al Islam), la nueva política imperial hizo muy difícil tal propósito: un sínodo reunido en Hieria (febrero-agosto del 754) por Constantino V, desencadenó una nueva ola de iconoclastia; se reprodujeron las persecuciones y muchos monjes orientales buscaron refugio en Roma. Para ellos edificó el papa, utilizando su propia casa, el monasterio de San Esteban y San Silvestre in Capita (761). Por otra parte, Desiderio comenzaba a dar muestras de que no estaba dispuesto a cumplir las promesas que hiciera: sometió Spoleto y Benevento, despreciando los compromisos de ambos ducados con el papa, y trató de concertar una especie de alianza con el emperador. El rey de los lombardos viajó a Roma para entrevistarse con Paulo I: explicó a éste que para que la paz fuese verdadera necesitaba la restitución de los rehenes que Pipino condujera a Francia, es decir, una plena independencia sin restricciones para su reino. Paulo no podía negarse a transmitir esta demanda pero, al mismo tiempo, advirtió a Pipino en secreto que tras ella se encontraba una amenaza contra Roma. Aunque el papa repitió sus apremiantes demandas de ayuda, el rey de los francos parecía decidido a no repetir su expedición a Italia: se lo impedían los grandes proyectos de llevar la frontera hasta el Pirineo y establecer contacto con los grupos de resistencia que se habían formado en España.
Creyendo que la alianza entre los francos y Roma había terminado, el emperador Constantino envió el 765 embajadores a Pipino con un ambicioso proyecto de alianza entre los dos poderes, con respaldo para la iconoclastia. Pero la respuesta no le satisfizo. Pipino estaba dispuesto a mantener relaciones amistosas, pero en cuanto al abandono de la protección al papa o la aceptación de la iconoclastia, su actitud era negativa. Griegos y francos debatieron en Gentilly (767) en relación con las imágenes, cuyo culto Occidente defendía. Poco después murió Paulo I.
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