León VIII (4 diciembre 963 - 1 marzo 965)
Otón designó al proscrinarius, esto es, el jefe de los notarios de la cancillería pontificia, un laico de buena fama llamado León. Tuvo que recibir todas las órdenes antes de ser consagrado de acuerdo con un ritual nuevo, personalmente revisado por el emperador. Se habían establecido serios precedentes, entre ellos el de someter a juicio y deponer a un papa, algo que ningún canon consentía. La elección era sustituida por la designación directa. El pueblo de Roma consideró esto como un atropello a la legitimidad y a sus derechos y el 3 de enero del 964 se lanzó a una revuelta que los alemanes ahogaron en sangre. León VIII intentaría la pacificación por otras vías, aunque sin éxito.
De este modo, cuando las tropas imperiales, todavía en enero del 964, abandonaron Roma, Juan XII pudo regresar de Tívoli y convocar un sínodo en San Pedro (26 febrero del 964) para juzgar a León, ahora refugiado en la corte de Otón, bajo tres acusaciones: usurpación, ilegitimidad en sus ordenaciones y traición a su obispo. Todas las actas de su pontificado se declararon nulas. Pero apenas transcurridos tres meses, murió Juan XII (14 de mayo 964). Los romanos procedieron a una nueva elección, la de Benedicto V, para quien solicitaron el plácet imperial. La respuesta de Otón consistió en volver a Roma, que fue tomada el 23 de junio de ese año, y restablecer a León VIII. Nada sabemos de la política de este papa durante los pocos meses que todavía reinó.
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