Juan XXIII (28 octubre 1958 - 3 junio 1963)
Personalidad y carrera eclesiástica. Angelo Giuseppe Roncalli nació (25 noviembre 1881) en Sotto il Monte, un conjunto de caseríos entre colinas a 12 kilómetros de Bérgamo. Fue hijo de Battista Roncalli y Marianna Mazzola, modestísimos campesinos que tuvieron una numerosa familia, pues Angelo Giuseppe Roncalli fue el cuarto de trece hermanos. Según costumbre del lugar y de la época, su familia vivía integrada en un clan más amplio. Su tío abuelo Javier —Barba, como se le llamaba afectuosamente— ejercía una autoridad patriarcal sobre todos los parientes. Siguiendo las prácticas habituales de toda familia cristiana, que bautiza a los niños cuanto antes, Barba Javier se encargó de que su sobrino nieto recibiera las aguas bautismales el mismo día que nació por la tarde.
Barba Javier reunía a los suyos cada día y dirigía el rezo del rosario en torno a más de treinta Roncalli; el patriarca de la familia era intendente de los condes Morlini, y como hombre cultivado y piadoso se ocupó de la primera instrucción de Angelo Giuseppe. éste, por su parte, nunca perdió el sentido de pertenencia a una familia, sin olvidar por supuesto a los difuntos, de modo que al cumplir los ochenta años el papa escribía desde el Vaticano a uno de sus hermanos en los siguientes términos:
Yo tengo siempre próxima a mi cama la fotografía que recoge, con sus nombres inscritos sobre el mármol, todos nuestros muertos: el abuelo Ángel, Barba Javier, nuestros venerados padres, nuestro hermano Juan, las hermanas Teresa, Ancilla, María y Enrica. ¡Qué hermoso coro de almas nos esperan y ruegan por nosotros! Yo pienso siempre en ellas. Recordarlas en la oración, me da ánimos y me infunde alegría en la confiada espera de unirme a ellas, todos juntos, en la gloria celeste y eterna (Juan XXIII, Lettere ai familiari [1901-1962], Roma, 1968).
Y como Juan XXIII se trazó como línea de conducta morir pobre como había nacido, no promocionó a ningún miembro de su familia, ni antes ni después de ser papa. Su hermano menor todavía a sus 86 años seguía cultivando las pocas viñas de los Roncalli, como siempre había hecho para poder vivir.
A los seis años acudió a la escuela, donde dio las primeras muestras de poseer una inteligencia despierta y comenzó a adquirir afición a la lectura. Naturalmente, como los demás niños ayudaba en las faenas del campo. Se incorporó al grupo de monaguillos del párroco Rebuzzini, que pronto descubrió en él síntomas de vocación sacerdotal. Sus amigos de la infancia le llamaban «Angelito, el cura». Fundado estaba el sobrenombre, pues al final de sus días él mismo dijo de sí que no había habido un instante en toda su vida en el que no hubiera deseado ser sacerdote.
Ante la falta de recursos económicos para llevarle al seminario, Rebuzzini acordó con sus padres que el niño acudiera todos los días hasta la parroquia vecina de Cervico, a dos kilómetros de su casa, donde su titular, Pedro Bolis, le iría enseñando el latín. Más tarde se pudieron arreglar las cosas para que se trasladara a casa de una pariente de los Roncalli que vivía en Celana, donde continuó sus estudios en el colegio episcopal. A los once años fue admitido en el seminario de Bérgamo donde, sin haber cumplido los catorce años, los superiores del seminario, seguros de su vocación por la madurez que demostraba, le permitieron recibir la tonsura, lo que implicaba vestir desde entonces obligatoriamente de sotana. Recibir esas órdenes menores a tan temprana edad era una rara excepción, incluso en aquellos años.
Al día siguiente de la tonsura, su director espiritual le entregó un cuaderno con tapas de tela negra, que contenía las «reglas breves». Esto sólo se hacía con los más selectos de los futuros sacerdotes, que así pasaban a formar parte de la Congregación de la Anunciación de la Inmaculada. El reglamento de dicha Congregación era una guía para mejorar en la vida de piedad, que entre otros medios ascéticos indicaba la necesidad de realizar un exigente examen de conciencia. Para un mejor control de sus propósitos, Angelo Giuseppe Roncalli decidió hacer el examen por escrito y anotar las victorias y las derrotas sobre los propósitos. Y así lo hizo desde los quince años hasta su muerte, con algunas interrupciones periódicas que, eso sí, cada año ponía al día durante los ejercicios espirituales.
La lectura de este diario íntimo (Diario del alma, Madrid, 1964, introducción y notas de Loris F. Capovilla) permite conocer la evolución de su vida interior desde 1895. Con la sencillez —rasgo característico de su carácter— que tienen todas las cosas grandes, su diario se puede resumir con estas palabras que él mismo escribió antes de ser sacerdote: «El pensamiento de que estoy obligado, como mi tarea principal y única, hacerme santo cueste lo que cueste, debe ser mi preocupación constante.» Y, naturalmente, porque su preocupación por ser santo no era un brindis al sol, su empeño se concretaba día a día:
mortificaciones corporales, pocas pero continuas [...] no tomaré nunca sal, no comeré nunca fruta por la noche, ni beberé más de un vaso de vino [...] con mujeres de cualquier condición aunque sean parientes o santas tendré un cuidado especial huyendo de su familiaridad, particularmente si se trata de jóvenes [...] ¡Bueno va esto! Es hora de acabar de jugar con el Señor... Hasta ahora hemos ido tirando por la buenas, pero ahora pasamos a las malas... O mañana hago la visita y rezo el santo rosario como se debe, y entonces todo va bien; o continúo portándome como en estos últimos días, y entonces el viernes no comeré nada hasta mediodía y haré dos horas de meditación. Hagamos las cuentas: yo quiero ganar de las dos maneras.
Pues bien, gracias a la constancia en su esforzada lucha ascética de tantos años, ni siquiera el importantísimo y trascendental oficio de ser papa le distrajo de la «tarea principal y única» que se había impuesto desde los quince años. La misma noche de su elección, tras los cansados días del cónclave y después de dar la bendición urbi et orbe, cuando ya se hizo la calma y se retiró a su habitación, se presentó su secretario particular, Loris F. Capovilla, para preguntarle si deseaba que redactasen entonces la alocución del día siguiente o mejor las minutas de los mensajes a enviar. El recién elegido Juan XXIII respondió: «Por ahora, como estoy retrasado en mi breviario, recitaremos vísperas y completas» (Loris F. Capovilla, Giovanni XXIII. Quindici letture, Roma, 1970); el que fuera secretario del papa ha publicado numerosos documentos y testimonios sobre la vida de Juan XXIII).
Pero volvamos a la época de juventud. Durante el curso académico 1899-1900 terminó el segundo año de Teología en el seminario de Bérgamo y recibió las órdenes menores. Al año siguiente se trasladó a Roma (3 enero 1901), pues su obispo le designó junto con otros dos compañeros como beneficiarios de una beca con cargo a un legado de la diócesis, para ampliar estudios en el Ateneo de San Apolinar. Pero como las leyes de Italia no excluían a los clérigos del servicio militar, en 1902 tuvo que interrumpir sus estudios para incorporarse al regimiento de infantería de Bérgamo, donde permaneció doce meses en lo que él llama en el diario su «cautividad de Babilonia»; se licenció con el grado de sargento en noviembre de 1902. En la primavera de 1903 recibió el subdiaconado en la basílica de San Juan de Letrán. Meses después y en la misma basílica recibió el diaconado (18 diciembre 1903). A partir de entonces remató la preparación del doctorado, grado que alcanzó (13 julio 1904) actuando como miembro del tribunal Eugenio Pacelli, futuro Pío XII (1939-1958). Pocos días después (10 agosto 1904) fue ordenado sacerdote en la iglesia de Santa María en el Monte Santo por monseñor Ceppetelli. Al día siguiente de su ordenación celebró la misa en la capilla de la Confesión de la basílica de San Pedro, donde se encuentra el sepulcro del primer papa; tras finalizar, durante la acción de gracias hizo suyas las mismas palabras de san Pedro para manifestarle a Jesucristo sus sentimientos: «Señor, tú lo sabes todo, tú sabes que amo.»
Los primeros días de 1905 se trasladó a Bérgamo, al ser nombrado secretario del obispo de esta diócesis Giacomo Maria Radini Tedeschi (1857-1914). Desde entonces permaneció a su lado hasta el último instante, pues le asistió en el momento de su muerte (22 agosto 1914). La vida ejemplar del obispo de Bérgamo causó una notable influencia en la de su secretario, lo que le movió a escribir una emocionada biografía poco después de su muerte. Este libro se publicó en Bérgamo en su primera edición de 1916 y se reeditó años después (Morís. Giacomo Maria Radini Tedeschi, Roma, 1963). Durante estos años, dio clases de Historia de la Iglesia en el seminario de Bérgamo, disciplina por la que sentía una particular inclinación. Por este motivo y aprovechando los frecuentes viajes que Radini Tedeschi hacía a Milán para visitar al cardenal Andrea Cario Ferrari (1850-1921), su secretario solía acudir la biblioteca Ambrosiana, donde era muy bien acogido por su prefecto el entonces Achille Ratti, el futuro Pío XI (1922-1939), que compartía con él la admiración y el interés intelectual por la figura de san Carlos Borromeo (1538-1584). En la Ambrosiana consultó las actas de las visitas apostólicas de san Carlos Borromeo realizadas en Bérgamo en los tiempos difíciles que sucedieron al Concilio de Trento (1545-1563), cuya edición crítica fue publicando a partir de 1936 (Gli Atti della visita apostólica di S. Cario Borromeo a Bérgamo, Florencia, 1936-1957).
Con motivo de la Primera Guerra Mundial fue llamado de nuevo a filas. En Bérgamo se incorporó al ejército (23 mayo 1915), primero como sargento en el cuerpo de sanidad militar y a partir del mes de marzo de 1916 como capellán militar. Permaneció en este destino hasta el 10 de diciembre de 1918. Un mes antes de licenciarse ya había sido nombrado director espiritual del seminario de Bérgamo. Además, en ese mismo año de 1918 y de acuerdo con su obispo, fundó en el antiguo palacio de Marenzi un hogar para jóvenes, al que denominó la Casa del Estudiante. Como director de la misma dio acogida a muchachos que acudían desde el medio rural para estudiar en las escuelas públicas de Bérgamo. En la Casa del Estudiante podían permanecer como pensionistas y formarse, evitando a la vez su desarraigo en la creciente y desconocida ciudad. Trató de implicar a otros sacerdotes de Bérgamo en esta acción apostólica con la juventud, pero lo cierto es que no cuajó su iniciativa, pues el obispo de Bérgamo no tuvo más remedio que clausurar la Casa del Estudiante, cuando Roncalli fue requerido para incorporarse a la curia romana.
En efecto, el prefecto de la Congregación De Propaganda Fide, el cardenal Wilhelm von Rossum (1854-1932), nombró a Roncalli secretario para Italia de la Obra de la Propagación de la Fe, por lo que el 18 de enero de 1821 se trasladó a Roma. Meses después, Benedicto XV (1914-1922) le nombraba (7 mayo 1921) prelado doméstico de su Santidad. Por motivo de su cargo debía visitar a todos los obispos italianos para informarles de las reformas que el papa deseaba introducir para financiar las misiones. Todos estos viajes le proporcionaron un conocimiento de la situación de la Iglesia en Italia, conocimiento que se amplió todavía más al desplazarse a otras diócesis situada más allá de las fronteras italianas, pues durante estos años tuvo que viajar también a Francia, Bélgica, Países Bajos y Alemania.
En 1922 ascendía a la cátedra de san Pedro un antiguo conocido suyo y adoptaba el nombre de Pío XI; como se dijo, se habían tratado durante las visitas a la biblioteca Ambrosiana. Pío XI le nombró miembro de la comisión encargada de realizar la Exposición misionera, que se debía celebrar en el año jubilar de 1925. Y precisamente al interés que siempre había tenido Pío XI por el mundo oriental, vino a añadirse después de la Gran Guerra la necesidad de atender a las minorías católicas en territorios ortodoxos, por lo que el papa envió en misión exploratoria al entonces monseñor Eugenio Tisserant (1884-1972), a quien más tarde el propio Pío XI hizo cardenal. De vuelta, Tisserant aconsejó al romano pontífice el nombramiento de un visitador apostólico, como representante oficial de la Santa Sede en Bulgaria. Pues bien, para ocupar este puesto Pío XI designó (3 marzo 1925) a Roncalli. Pocos días después de este nombramiento era consagrado obispo titular de Aeropoli (19 marzo 1925).
Como obispo, monseñor Roncalli eligió la divisa obedieníia et pax, que ya había sido utilizada por César Baronio (1538-1607), figura que él mismo había estudiado y a la que dedicó una de sus publicaciones (la primera publicación sobre Baronio es de 1908 y se trata de una conferencia pronunciada por Roncalli con motivo del tercer centenario de la muerte de Baronio; la última y más completa edición de este trabajo tiene la siguiente ficha bibliográfica: // cardinale Cesare Baronio, Roma, 1961). Por el ejemplo de su vida santa, Roncalli le consideró siempre como uno de sus modelos y se refirió a él como uno de sus «padres espirituales», de quien aprendió la paz de espíritu. Baronio, además de sus cargos pastorales como general de la Congregación del Oratorio de San Felipe Neri (1515-1595) y cardenal, fue un brillante intelectual, ocupó el cargo de bibliotecario del Vaticano y es considerado como uno de los renovadores de la historia de la Iglesia.
El 25 de abril de 1925 Roncalli llegó a la capital de Bulgaria, un país destrozado por la inestabilidad política y el terrorismo. Nueve días antes de su llegada se había producido un atentado en la iglesia Svata Nedela de Sofía, donde se celebraban los funerales por un general del ejército que había sido asesinado por los terroristas. En dicho atentado murieron doscientas cincuenta personas y fueron heridas unas mil, a quienes Roncalli visitó nada más llegar; el rey Boris III (1918-1943), contra quien en realidad se dirigía el atentado, se salvó por casualidad, pues contra lo previsto, a última hora no acudió al funeral. Desde 1923, el país había quedado a merced del régimen autoritario y despótico de Boris III, y en esta situación se adentró en la Segunda Guerra Mundial, colocándose del lado de Alemania. Desde el golpe de Estado militar de 1923 había sido disuelto el partido comunista, por lo que todos los empeños de Boris III por estrechar lazos con Occidente se veían como un contrapeso a la presión comunista que facilitaban la estabilidad del régimen. Por lo tanto, el establecimiento de relaciones con el Vaticano venía a reforzar la estrategia diplomática de Bulgaria.
Después de siete siglos, un representante oficial del papa pisaba tierra búlgara, entonces un Estado confesional ortodoxo, donde residía una minoría de católicos —unas cuarenta mil almas—, dos obispos y numerosos sacerdotes, pertenecientes a distintas órdenes religiosas, que les habían enviado a Bulgaria como a tierra de misión. Roncalli fue de inmediato recibido en audiencia por Boris III, estableció contactos con la jerarquía ortodoxa, el Santo Sínodo, y visitó las distintas comunidades de católicos esparcidas por todo el país. A la difícil situación de Bulgaria venía a añadirse la poca claridad con que estaban definidas las competencias del visitador, por lo que las relaciones entre Roncalli y la Congregación para la Iglesia Oriental no fueron nada fáciles; además, desde Roma tampoco le proporcionaban los medios que Roncalli consideraba necesarios para cumplir su misión. Fueron años de enorme dificultad y de escasez que le impulsaron a confiar absolutamente en Dios, como escribió en su diario en 1928: «Cómo comprendo —y ahora sin dificultad— que el principio de la santidad es mi completo abandono a la santa voluntad del Señor, incluso en las cosas pequeñas.» A su gestión en Bulgaria se debe el nombramiento de monseñor Kurtiev como nuevo exarca de Bulgaria, quien años después daría ejemplo de comportamiento heroico durante la persecución comunista, en la que si bien él logró sobrevivir, murieron los otros dos obispos de Bulgaria. Uno de ellos fue el pasionista Eugenio Bossilkov (1900-1952), que ha sido beatificado por Juan Pablo II el 15 de marzo de 1998.
El 24 de noviembre de 1934, Roncalli fue nombrado delegado apostólico para Turquía y Grecia. Hacía tiempo que el movimiento nacional turco había triunfado, concretamente en 1923. Los nacionalistas (Jóvenes Turcos) habían extinguido el sultanato y habían proclamado la República, cuya presidencia desempeñó hasta su muerte Mustafá Kemal (1880-1938) —desde 1935, Kemal Atatürk, que significaba «padre de los turcos»— (G. Redondo, Las libertades y la democracia, t. XIII de Historia universal, Pamplona, 1979). El kemalismo propugnaba para la nueva Turquía un Estado autoritario, intervencionista en lo económico, nacionalista y beligerantemente laicista, por lo que se propuso desterrar la influencia social del islam en la sociedad y por supuesto de cualquier otra religión cristiana. Así, por ejemplo, los sacerdotes católicos no podían utilizar la sotana y estaban obligados a vestir con traje civil.
Y para complicar lo delicado de su situación, sus funciones de delegado apostólico se extendían también a Grecia, un país en continuo litigio con Turquía por cuestiones territoriales y, a la vez, con muy malas relaciones con la Iglesia católica. Tal era el recelo de las autoridades griegas respecto al representante del papa, que la primera vez que Roncalli visitó Grecia lo tuvo que hacer con un visado de turista que se lo habían extendido por un plazo máximo de ocho días. Hizo lo que pudo en estos dos países y logró acortar en cierto modo las enormes distancias que existían desde hacía siglos en las relaciones entre el Vaticano y la jerarquía ortodoxa. Por otra parte, durante los años de la Segunda Guerra Mundial, «el gran rabino de Palestina comunicaba casi diariamente con el Vaticano, cuando se encontraba en Turquía, gracias a Roncalli, amigo sincero de Israel, que salvó a miles de hebreos, como contó más tarde el secretario del rabino, Y. Lippel. Roncalli hizo llegar, en toda la Europa ocupada por los nazis, cartas secretas del gran rabino dirigidas a numerosos obispos y sacerdotes que se dedicaban con energía desinterasada a la salvación de los judíos» (J. Neuvecelle, «Pío XII y Juan XXIII», en A. Fliche y V. Martin, Historia de la Iglesia, XXVII (2), Valencia, 1984).
El 6 de diciembre de 1944 se le comunicaba a monseñor Roncalli por telegrama cifrado su nombramiento como nuncio en París. Sustituía en el cargo a monseñor Valerio Valeri, que había mantenido relaciones diplomáticas con la Francia ocupada, y al final de la guerra, tras la caída del régimen de Vichy, se había trasladado al Vaticano. Abandonó Ankara el día 27 de diciembre y dos días después le recibía en audiencia Pío XII. El día primero de año a las diez de la mañana, monseñor Roncalli presentaba sus cartas credenciales ante el general CharlesAndré de Gaulle (1890-1970) y una hora después, como decano del cuerpo diplomático leía ante el jefe del Estado francés el discurso de felicitación del año nuevo en nombre de todos los diplomáticos acreditados en París. Desde 1951, desempeñó también el cargo de observador permanente de la Santa Sede en la Unesco (A. G. Roncalli, Souvenirs de un nonce. Cahiers de France 1944- 1953, Roma, 1963).
El primer problema al que tuvo que hacer frente el nuevo nuncio en París fue a la petición de las autoridades francesas para que se destituyera a 33 obispos, a los que se les acusaba de haber secundado al régimen colaboracionista de Vichy, durante la ocupación alemana. La cifra de los acusados parecía excesiva y tras largas y difíciles conversaciones, el nuncio consiguió que sólo tres obispos fueran destituidos como titulares de sus respectivas sedes episcopales. El nuevo nuncio y su peculiar modo de hacer, lleno de humanidad y alejado de la frialdad del protocolo diplomático, pronto se ganaron la estima de los franceses. Todo este afecto que generaba a su alrededor supo ponerlo al servicio de la Iglesia y en definitiva al servicio de los demás. Así, por ejemplo, acudió a visitar a doscientos seminaristas alemanes que permanecían prisioneros en el campo de concentración de Chartcs, logró que les suministrasen libros de teología para que no interrumpiesen sus estudios y a algunos de ellos, incluso, llegaron a ordenarse sacerdotes.
Pero no todo fueron alegrías durante su estancia en la nunciatura de París. Hubo, por supuesto, situaciones difíciles y nada podía ser más doloroso para aquel hombre que se había propuesto desde su juventud la meta de la santidad por encima de cualquier otro objetivo, que comprobar la gravedad con la que a veces atentan contra la Iglesia sus propios hijos. Más todavía si se trata de sacerdotes, por las consecuencias que para muchas almas comporta su falta de correspondencia al ministerio recibido.
Ya se hizo referencia en el pontificado de Pío XII a los infructuosos resultados que reportó la experiencia de los curas obreros. No hace falta repetir ahora, sino sólo recordar que tal experimento le tocó vivirlo de cerca y en directo a monseñor Roncalli.
Por excepcionales que fueran las circunstancias, don Ángel se entristecía ante el pensamiento de jóvenes sacerdotes que deseaban despojarse de estos signos externos para confundirse con la masa que deseaban evangelizar. Recordaba la solemne ceremonia que había organizado en Turquía cuando el gobierno obligó a los eclesiásticos a vestir el traje civil, y ahora, aquí, veía abandonar voluntariamente aquella sotana que él nunca dejaba de besar, por la noche, antes de irse a acostar (J. Neuvecelle, «Pío XII y Juan XXIII», ob. cil).
Y si como nuncio no tenía más remedio que contemplar todo aquello con dolor, sin poder intervenir por no tener jurisdicción sobre aquellos clérigos, años después ya como papa tuvo que actuar en este asunto, como veremos más adelante.
Cumplidos los ocho años como nuncio en París, Roncalli fue nombrado cardenal y patriarca de Venecia. El presidente de la República francesa, Vincent Auriol (1884-1966), según privilegio concedido a los jefes de Estado de algunas naciones católicas —anulado recientemente por Juan Pablo II— le impuso (15 enero 1953) el birrete cardenalicio en una ceremonia celebrada en el Elíseo. Por deseo del nuevo cardenal, junto con los representantes diplomáticos, tambien asistió al acto de imposición el anciano párroco de su aldea natal, Sotto il Monte. Días después, para despedirse de los ambientes políticos parisinos, invitó a almorzar en la nunciatura a cuantos habían sido jefes de gobierno o presidentes de la Asamblea durante su estancia como nuncio. Acudieron todos cuantos se encontraban en París y se sintieron —como alguno recuerda— no en un banquete oficial, sino en una reunión de amigos, por el clima que monseñor Roncalli sabía crear a su alrededor. Allí se dieron cita, entre otros, personajes tan políticamente diversos como Edouard Herriot (1872-1957), Georges Bidault (1899-1983), Edgar Faure (1908-1988), Antoine Pinay (1891-1994), Rene Pleven (1901-1993) y Rene Mayer (1895-1972).
El 15 de marzo de 1953 hizo su entrada en la pequeña aunque importante diócesis de Venecia. él consideraba que había dado comienzo la última etapa de su vida, y se sentía sorprendido de que la Providencia le hubiera devuelto al servicio pastoral directo con las almas, después de tantos años como diplomático. Gracias a los apuntes de su diario conocemos las disposiciones con las que afrontó esta nueva tarea:
En los pocos años que me quedan de vida, quiero ser un santo pastor en la plenitud del término, como el beato Pío X, mi antecesor, como el venerado cardenal Ferrari, como mi monseñor Radini Tedeschi mientras vivió y si hubiera seguido viviendo [...] La vida interior del pastor no debe sufrir por los cuidados materiales exteriores. Mi jornada debe ser siempre una oración; la oración es mi alimento. Prometo rezar a diario el rosario completo de quince misterios, con la intención de encomendar así al Señor y a la Virgen —de ser posible en la capilla, ante el Santísimo Sacramento— las necesidades más graves de mis hijos de Venecia y diócesis: clero, seminaristas, vírgenes sagradas, autoridades públicas y pobres pecadores.
Y, en efecto, durante los cinco años largos que allí permaneció se recuerda su paso por Venecia como el tránsito de un pastor en el sentido más pleno de la palabra. Se le veía con frecuencia rezando en la catedral, se paraba por la calle para hablar con la gente sencilla, como los gondoleros, visitaba las parroquias, administraba las primeras comuniones en colegios e institutos, iba a ver a los enfermos pobres de los hospitales y especialmente a los sacerdotes enfermos o ancianos, acudía a la cárcel para estar con los prisioneros y recibía a los personajes famosos en la política, las ciencias o las artes que visitaban Venecia y acababa por hacerse amigo suyo, dado su espíritu paternal y bondadoso. Debido a las pequeñas dimensiones de la diócesis, sin desatender sus ocupaciones episcopales, pudo realizar diversos viajes oficiales y particulares, entre los que cabe mencionar su predilección por las peregrinaciones marianas. Concretamente visitó, entre otros, los santuarios de Lourdes, Einsiedeln, Mariazell, Fátima y Czestochowa.
En la segunda quincena de septiembre de 1958, hizo sus ejercicios espirituales, como acostumbraba cada año. Estaba a punto de cumplir los 77 años y ya se sentía viejo: «por lo avanzado de mi edad —escribía en su diario en esos días de oración y examen— debería imponerme mayores reservas en aceptar compromisos de predicación fuera de mi diócesis». Cuando escribió estas líneas no podía ni sospechar que quince días después tendría que abandonar Venecia (12 octubre 1958) para asistir al cónclave del que saldría elegido papa. En aquel mes de octubre los planes de Roncalli iban a ser enmendados por los designios divinos, pues dejaba Venecia, y además definitivamente, para atender con solicitud de pastor supremo todas las diócesis de la Iglesia universal.
Los rasgos de su personalidad, amable y paternal que inspiraba confianza a todos, han sido descritos con acierto por Mondin con las siguientes palabras:
Bueno por naturaleza, Juan XXIII consigue ser virtuoso por el continuado cultivo de una vida interior intensa y profunda. Desde niño hasta su muerte fue un hombre de oración [...] «El mantenerme siempre en presencia de Dios —según escribió en su diario— desde la mañana hasta la noche, con Dios y con las cosas de Dios, me proporciona una alegría perenne y me induce a la calma y a la paciencia.» La humildad, la paciencia, la prudencia, el amor por la verdad, la paz, la unión, el amor por Cristo y por la Iglesia, la fe viva, el abandono confiado en la divina Providencia, la firmeza en la disciplina, eran todas ellas las virtudes que el papa Juan había admirado en san Carlos Borromeo y en san Lorenzo Justiniano, dos grandes obispos de la época postridentina y que él había tomado como modelo de su acción pastoral [...] la profunda espiritualidad del papa Juan estaba alimentada por el intenso amor a la Eucaristía y por su filial veneración por la Virgen. «A Jesús por María», era su lema. La veneración de Juan XXIII por la Santísima Virgen queda de manifiesto en el hecho de que fijó el primer período de los trabajos conciliares en el tiempo comprendido entre las fiestas de la Maternidad de María y la Inmaculada Concepción [...] Consideró su oficio de sucesor de san Pedro como un servicio. El fue ciertamente servus servorum Dei, el siervo de los siervos de Dios (B. Mondin, Dizionario enciclopédico dei papi, Roma, 1995).
El pontificado de Juan XXIII. El sábado, 25 de octubre de 1958, comenzó el cónclave del que salió elegido Angelo Giuseppe Roncalli como nuevo papa. En un primer momento, la elección del nombre planteó algún problema que fue resuelto de inmediato, pues durante el cisma de Occidente uno de los tres papas había llevado el nombre de Juan XXIII. Pronto se decidió que como el Concilio de Constanza (1411-1418) depuso al llamado Juan XXIII por ser antipapa, Roncalli no ocuparía la cátedra de san Pedro con en el nombre de Juan XXIV, sino con el de Juan XXIII. La coronación tuvo lugar el 4 de noviembre, haciéndola coincidir con la fiesta de san Carlos Borromeo, figura estudiada y admirada por Juan XXIII, como ya sabemos.
Al nuevo papa le faltaba sólo un mes para cumplir los 77 años, por lo que no pocos juzgaron aquella elección como una apuesta por un pontificado de tránsito. Sin duda, dada la edad de Juan XXIII, su mandato iba a ser necesariamente breve, y en efecto sólo duró cuatro años, siete meses y seis días. Pero, si acertaron en cuanto a su duración, se equivocaron quienes pronosticaron que iba a ser un pontífice de tránsito, por cuanto sus decisiones convirtieron a este breve pontificado en uno de los más trascendentales de la historia reciente de la Iglesia, como veremos. Una vez más quedaban descalificados los juicios de quienes por reducir la Iglesia de Jesucristo a una mera organización humana, no aciertan a ver en ella más que una simple burocracia clerical. Bien diferente era la visión sobrenatural que de su misión tenía el recién elegido papa, lo que le animaba a asumir esa responsabilidad con entera serenidad. El propio Juan XXIII manifestó en múltiples ocasiones en qué se fundaba esa serenidad y se lo dijo por última vez a sus colaboradores íntimos durante su agonía, cuando ya le habían administrado los últimos sacramentos: «No temáis, el Señor es quien conduce a la Iglesia.»
Ya en la ceremonia de la coronación se hizo evidente el contrapunto entre la solemnidad propia de aquel acto y la sencillez del nuevo papa:
Algunos esperan del pontífice —dijo Juan XXIII en el mensaje de su coronación— que sea un estadista, un diplomático, un sabio, un organizador de la vida colectiva o, finalmente, una persona cuya mente esté abierta a todas las formas de progreso de la vida moderna, sin ninguna excepción [...] Todas esas personas tienen un concepto del sumo pontífice que no se ajusta al verdadero ideal. En realidad, el nuevo papa, al pasar por los varios acontecimientos de la vida, es como el hijo de Jacob, quien uniéndose a las tribulaciones humanas de sus hermanos, les descubre la bondad de su corazón y deshaciéndose en lágrimas dice: «Yo soy vuestro hermano José.» [...] Deseamos sobre todas las cosas insistir que tenemos en el corazón de una forma especialísima nuestra misión de pastor de todo el rebaño. Todas las demás cualidades humanas como ciencia, diplomacia, tacto y capacidad organizadora pueden servir para embellecer y complementar el reinado de un pontífice, pero no pueden en forma alguna sustituir a aquello (Discorsi, messagi, colloqui del santo padre Giovanni XXIII, 1958-1963, 6 vols., Cittá del Vaticano).
Desde el primer momento, Juan XXIII dio muestras de su independencia en la manera de gobernar la Iglesia. Así, por ejemplo, restableció de inmediato la tradicional figura del cardenal secretario de Estado que su predecesor Pío XII había dejado de nombrar tras la muerte del cardenal Maglione (1879-1944). Para dicho cargo designó (17 noviembre 1958) al cardenal Domenico Tardini (1888-1961), que desde 1921, año en que ingresó en la Secretaría de Estado, había desempeñado múltiples funciones diplomáticas y de gobierno; Tardini era conocido en el Vaticano por el sobrenombre de «el expertísimo». Pero el domingo 30 de julio de 1961, Juan XXIII tras rezar el Ángelus desde su ventana, anunció que el ángel de la muerte había entrado esa mañana en los palacios apostólicos, para llevarse el alma del cardenal Tardini, de quien dijo que era el colaborador del papa más próximo y el más fuerte en el gobierno de la Iglesia. Tardini había fallecido en la madrugada, a consecuencia de una crisis cardíaca que se había desatado tres días antes. Para sustituirle fue designado el cardenal Giovanni Cicognani (1883-1973), que durante casi un cuarto de siglo había sido el representante de la Santa Sede en Estados Unidos.
También restableció la costumbre de celebrar audiencias, que había sido suprimida por Pío XII en los últimos años de su pontificado. Además, frente al gobierno personalista de Pío XII, Juan XXIII revitalizó y renovó los diferentes organismos de la curia romana. Nombró como canciller de la misma al arzobispo de Buenos Aires, el cardenal Santiago Luis Copello (1880-1967) y designó a otros cuatro cardenales no italianos para distintos cargos de la curia, con lo que se rompía con una larga tradición al internacionalizar de hecho este organismo pontificio.
Pero quizás nada más significativo de la personalidad del nuevo sucesor de san Pedro como la actividad que llevó a cabo en la primera Navidad, a los pocos meses de haber sido elegido papa. El día 25 de diciembre, por la mañana, tras la celebración de la misa solemne en la basílica de San Pedro, impartió la bendición urbi et orbe desde el balcón central de San Pedro a la muchedumbre que se congregaba en la plaza. Ese mismo día, por la tarde, se trasladó al hospital pediátrico de las laderas del Janículo, donde visitó a los niños internados, y a continuación marchó al hospital del Espíritu Santo, donde permaneció con los ancianos de este centro de Roma; aquí habló de las obras de misericordia, de las que dijo que basta con empezar a practicar una de ellas para que a dicha práctica venga a agregarse la de todas las demás. Y, en efecto, él mismo dando ejemplo fue al día siguiente a visitar a los reclusos de la cárcel Regina Coeli; desde la época de Pío IX (1846-1878) ningún otro romano pontífice había visitado la prisión de Roma. Ante la multitud de reclusos que se agolpaban para ver al papa, Juan XXIII afirmó: «Mis queridos hijos, mis queridísimos hermanos, todos nosotros estamos en la casa del Padre, aquí como en otro lugar...» De repente sus palabras fueron interrumpidas por un emocionado grito de «¡Viva el papa!», que fue secundado por todos los allí presentes.
Y, naturalmente, esa misma sencillez que se traslucía en los actos públicos del papa, presidió la vida cotidiana de Juan XXIII en el Vaticano. Celebraba su misa a las siete de la mañana, y a continuación en el mismo altar celebraba su secretario, Capovilla, mientras Juan XXIII permanecía en la capilla. Desayunaba café con leche y un poco de pan con mantequilla, mientras repasaba los resúmenes de prensa que le habían preparado. A las nueve comenzaban los sucesivos despachos en la biblioteca privada, cuya serie solía abrir el cardenal secretario de Estado. Su secretario particular comía antes, ya que Juan XXIII solía almorzar solo. Le servía la mesa su doméstico el fiel Guido Gusso, que permanecía a su servicio desde hacía años y se acababa de casar hacía muy poco tiempo, por lo que se había trasladado con su familia a un apartamento de las dependencias del Vaticano; y mientras el papa almorzaba, Capovilla le leía el correo o libros de espiritualidad; uno de los más leídos era el conocido De consideratione que san Bernardo (1090-1153) había redactado a modo de vademécum para Eugenio III (1145-1153), que había sido discípulo suyo en el claustro, en el que figuraban pensamientos como los siguientes: «Te será muy saludable pensar que eres Sumo Pontífice y polvo humildísimo [...] Se te ha dado el puesto más alto, pero no es el más seguro [...] Tus mismos predecesores te advierten de tu muerte pronta y segura, y la breve duración de sus gobiernos te anuncian los pocos días que te son concedidos. Como les has sucedido en el trono, así sin duda les seguirás en la muerte.» Tras la jornada vespertina de trabajo, a las siete y media de la tarde el papa rezaba el rosario con sus colaboradores, y los domingos, tras el rosario, asistían a la bendición con el santísimo sacramento. Las últimas horas del día, además de sus devociones, el papa despachaba el correo o preparaba discursos con su secretario, Capovilla. No solía tener una hora fija para acostarse, aunque, eso sí, dormía siempre el mismo número de horas, cinco concretamente.
Pues bien, esta imagen del papa bueno, paciente y paternal, que es real, no puede ocultar otros valores tan reales de Juan XXIII que contribuyeron a hacer de su pontificado uno de los más importantes de los últimos tiempos, lo que hubiera sido imposible si toda su personalidad se reduce y se queda sólo en ser una persona bondadosa. Así, por ejemplo, ya se dijo que poseía una seria preparación intelectual, especialmente destacable en el ámbito histórico, como dejó constancia en sus publicaciones. Todas estas cualidades humanas de Juan XXIII, además de su docilidad a las mociones del Espíritu Santo a la hora de dirigir la Iglesia, han contribuido a convertirle en uno de los grandes personajes históricos del siglo xx.
Muy pocos días después de ocupar la cátedra de san Pedro, las actuaciones de Juan XXIII desautorizaron a quienes pronosticaron que su mandato se iba a reducir a un período de trámite. Ya me referí a este aspecto, al comentar la reforma de la curia romana. Igualmente innovadora y temprana fue la celebración del primer consistorio (15 diciembre 1958). A partir de una disposición de 1586 debida a Sixto V (1585-1590), el colegio cardenalicio no había sobrepasado desde entonces el número de setenta miembros. Juan XXIII, al mes y medio de ser elegido papa, nombró 23 nuevos cardenales, los que unidos a los 52 ya existentes rebasaban el límite que se había respetado durante tantos siglos. La razón esgrimida por el sumo pontífice no dejaba de estar cargada de sentido común, y es que, si desde Sixto V había aumentado el número de fieles y se habían ensanchado las fronteras de la Iglesia, lo lógico era que los modos de gobernar se adecuaran a esas circunstancias. La primera lista de cardenales de Juan XXIII iba encabezada por Giovanni Battista Montini, futuro Pablo VI (1963-1978), y en ella se incluyó a varios obispos extraeuropeos y a responsables de la órdenes religiosas que trabajaban en las misiones. Y no iba a ser ésta la última ampliación del colegio cardenalicio realizada por Juan XXIII, pues en los cinco consistorios —casi a uno por año del pontificado de Juan XXIII— los cardenales acabaron por sumar un total de 87 miembros. Por su número y la procedencia de sus integrantes de esa institución eclesiástica, quedaba reflejada en ella, aún más, el carácter universal de la Iglesia. Por ejemplo, entre los nombrados figuraban un africano, el cardenal de Tanganika Laurean Rugambwa (1912-1997), un japonés, el cardenal Peter Tatsuo Doi (1892-1970), y un filipino, el cardenal Rufino J. Santos (1908-1973).
Después de unos años de puesta en marcha de la Misión de Francia, conocida popularmente como movimiento de los «curas obreros», Pío XII retiró su apoyo a esta iniciativa, como vimos. Juan XXIII pudo ser testigo de aquella estéril experiencia, durante su estancia en París. Años después, ya como romano pontífice, tuvo que intervenir en este asunto, pues a pesar de la desaprobación de Pío XII, los curas obreros se empeñaron en seguir adelante. En el verano de 1959, el cardenal arzobispo de París, Maurice Feltin (1883-1975), en calidad de presidente de la Misión de Francia, cursó una solicitud de permiso a Roma, para que los curas obreros pudiesen trabajar en las fábricas a tiempo completo y no sólo unas horas, desentendiéndose así de su dedicación a las parroquias. Se había llegado a un punto en el que tuvo que intervenir la asamblea plenaria del Santo Oficio. Los primeros días de julio de 1959, el cardenal Giusseppe Pizzardo (1877-1970) comunicó al arzobispo de París formalmente la decisión de la Congregación del Santo Oficio, en la que se podía leer: «el trabajo en fábricas y talleres es incompatible con la vida y las obligaciones sacerdotales». Naturalmente, el cardenal Pizzardo intervino en nombre de Juan XXIII; el papa, a pesar de que conocía directamente la Misión de Francia, había querido escuchar el parecer de los organismos competentes. Emitida la opinión de los expertos que habían estudiado aquel problema, Juan XXIII aprobó las conclusiones del Santo Oficio. El cardenal Feltin viajó incluso al Vaticano, con el fin de influir en la decisión del papa, quien a pesar de todo se mantuvo firme en su decisión, con lo que definitivamente la Iglesia se desentendía y desautorizaba el experimento de los llamados curas obreros.
Juan XXIII, que antes de ser papa había peregrinado a tantos santuarios marianos, sorprendió a la opinión pública al anunciar su propósito de viajar hasta Loreto y Asís, con el fin de pedir la intercesión de la Virgen y de san Francisco (1181-1226) para la buena marcha del concilio. Evidentemente, desde la perspectiva del pontificado actual, no puede tacharse este viaje de Juan XXIII como sorprendente. Pero tal decisión hay que enjuiciarla en el momento en el que se tomó. Y es que desde los primeros años del pontificado de Pío IX, los papas habían permanecido siempre en el Vaticano. Los seiscientos kilómetros del viaje que realizó en el tren que puso a su disposición el gobierno italiano, sirvieron para que los italianos pudieran manifestar su testimonio de cariño y fidelidad al papa, que se vio acompañado por las multitudes a lo largo de todo su recorrido. A los pocos días de regresar de viaje, Juan XXIII inauguraba las sesiones del Concilio Vaticano II.
Sin duda, Juan XXIII pasará a la historia por haber convocado el Concilio Vaticano II, decisión que fue anunciada oficialmente el día de la festividad de la conversión de san Pablo, el 25 de enero de 1959, en la basílica de San Pablo Extramuros, a donde había acudido para tomar posesión de dicha basílica. El anuncio de la convocatoria de un nuevo concilio ecuménico se produjo durante la homilía de la misa. En ese acto, el papa además comunicó la celebración de un sínodo romano y la reforma del Código de derecho canónico. Así pues, Juan XXIII convocó, inauguró (11 octubre 1962) y presidió la primera fase del concilio (1962-1963), pero la muerte le impidió conducirlo.
El Concilio Vaticano II es objeto de un análisis específico en otro apartado de este mismo libro, por lo no me voy a referir a él. Sin embargo, es obligado ofrecer los datos de los participantes por lo que significan respecto a la universalidad, el progreso y la extensión de la Iglesia después de veinte siglos de existencia. A diferencia de los concilios de los siglos anteriores, cuyos participantes eran en su inmensa mayoría europeos, los padres conciliares que asistieron al Vaticano II procedían de los cinco continentes. En esta ocasión, de los 2.540 padres conciliares con derecho a voto, menos de la mitad (1.041) eran europeos, y de éstos sólo 379 eran italianos, lo que representaba que los obispos italianos eran menos de una quinta parte del total de los asistentes, lo que hubiera sido inimaginable en los siglos medievales de esplendor religioso. Quizás no esté de más considerar todos estos datos, ante análisis derrotistas que se refieren a la pérdida del sentido religioso del mundo contemporáneo y el ocaso de la Iglesia en una sociedad secularizada.
Otro de los rasgos peculiares del pontificado de Juan XXIII fue el impulso decidido del ecumenismo. Conocedor de la situación de los cristianos en Oriente, donde había dejado un grato recuerdo durante el desempeño de sus cargos, trató de acercarse a las autoridades de la Iglesia ortodoxa. Con el patriarca Atenágoras I (1886-1972), a quien conocía desde su estancia en Turquía, mantuvo muy buenas relaciones y era habitual que los emisarios de ambos fueran también portadores de pequeños obsequios materiales —dulces turcos, iconos o libros—, que reflejaban a las claras el crecimiento de una amistad entre los dos personajes. Pero quizás nada tan relevante como la visita realizada al Vaticano en 1960 por el arzobispo anglicano de Canterbury, Goeffrey Fisher, primado de la Iglesia anglicana, que desde hacía más de cuatro siglos se había separado de Roma, sin haber establecido ningún contacto de ese nivel desde entonces. A esta visita siguieron las de otras personalidades de los cristianos separados, como la del moderador de la Iglesia presbiteriana de Escocia, Archibal C. Craig, que fue recibido por Juan XXIII en marzo de 1962, o la del obispo Lichtenberger, presidente de la Iglesia episcopaliana de Estados Unidos.
Juan XXIII elevó al cardenalato al confesor de su predecesor, el jesuíta Agustín Bea (1881-1968), como reconocimcnto de su servicio a la Iglesia hasta entonces y para encomendarle como cardenal una nueva misión. La promoción del padre Bea se producía cuando por sus años estaba a punto de retirarse para dedicarse de nuevo a sus investigaciones. El papa le puso al frente del Secretariado para la Unidad de los Cristianos, de modo que a través de este organismo se encauzasen, se impulsasen y se coordinasen las conversaciones y los contactos con los responsables de otras confesiones, que hasta entonces se venían manteniendo de un modo un tanto desorganizado y extraoficialmente.
La autoridad moral de Juan XXIII se dejó sentir también entre los políticos de máximo rango mundial, contribuyendo así con su influencia al fortalecímiento de la paz en las relaciones internacionales. Fueron muchas y muy importantes las visitas y las relaciones diplomáticas que mantuvo el sumo pontífice durante los pocos años que dirigió la Iglesia, precisamente en un tiempo en el que se avivaron las tensiones entre los dos bloques, dirigidos por Estados Unidos y Rusia, durante la etapa que siguió a la Segunda Guerra Mundial, y que se conoce como la «guerra fría». Conviene recordar que el año de elección de Juan XXIII coincide con el comienzo de la «segunda crisis de Berlín» (1958-1961) (G. Mammarella, Historia de Europa contemporánea desde 1945 hasta hoy, Barcelona, 1996), cuya manifestación externa más significativa fue la construcción del muro que separará las dos Alemanias hasta la caída de los regímenes comunistas en 1989. La tensión entre los bloques adquirió suma gravedad en octubre de 1962, cuando se desató la crisis de los misiles de Cuba, que a punto estuvo de desencadenar una nueva guerra, que esta vez por fuerza debía ser atómica. Juan XXIII medió entre John Fitzgerald Kennedy (1917-1963) y Nikita Sergueievich Kruschev (1894-1971) y contribuyó a evitar la catástrofe.
La Fundación Balzan, cuyo objetivo era favorecer la coexistencia entre el mundo capitalista y el comunista y cuyos dirigentes pertenecían a los dos bloques, concedió el primer premio de la paz a Juan XXIII, que oficialmente le fue entregado en 1963 por el presidente de la República italiana, Antonio Segni (1891-1965). Los 150 millones de liras del premio, por deseo del papa, se sumaron al capital de la Fundación para que siguiese luchando por la paz.
Y fue en este clima de búsqueda de la distensión en el que Juan XXIII recibió en audiencia privada a Rada, la hija de Kruschev, acompañada de su marido, Alexis Adjubei, que además era el director del periódico Izvestia. Se interesó por sus hijos, los nietos de Kruschev, y les preguntó por sus nombres. Al saber que los niños se llamaban Nikita, Sergio e Iván, le comentó a su madre que le había proporcionado una gran alegría porque Sergio y Nikita habían sido dos grandes monjes de Oriente que tenían iglesias dedicadas en Bulgaria y además porque tenía un hijo que se llamaba como él, pues como le aclaró a sus visitantes Iván significaba Juan. Al final de la audiencia, que se desarrolló en un tono muy afectuoso y sencillo, Juan XXIII regaló a Rada un rosario, y al mirarlo la hija del secretario general de los comunistas con cierta extrañeza por ser la primera vez que tenía en sus manos semejante instrumento, el papa le explicó que servía para recitar las alabanzas de la Madre Dios. Al despedirse rogó a Rada Kruschev que de vuelta a casa hiciera a su hijo Iván una caricia especial, pues estaba seguro que a sus hermanos no les iba a molestar aquella preferencia cuando les explicara la razón. Pues bien, permanentes manifestaciones como éstas que eran la expresión exterior de su fondo humano, hicieron que muy desde el principio Juan XXIII fuera un personaje querido y popular, conocido por las gentes como «el papa bueno».
El magisterio de Juan XXIII. Durante los pocos años que Juan XXIII gobernó la Iglesia fueron numerosos sus discursos e intervenciones públicas, cuya doctrina se recoge de una manera más sistemática en las nueve encíclicas que publicó. Por esta razón expondré su magisterio al presentar por orden cronológico cada una de ellas. En 1959 publicó cuatro, una en 1960, dos en 1961 y las otras dos restantes en los años 1962 y 1963.
La encíclica inaugural de Juan XXIII es la Ad Petrí cathedram (29 junio 1959), en la que como venía siendo costumbre de sus predecesores traza las líneas maestras de su pontificado. En ella propone a la Iglesia y al mundo la búsqueda de la verdad, la unidad y la paz, «tres bienes —según sus propias palabras— que se deben promover y conseguir según el espíritu de la caridad cristiana». Estos tres bienes con raíz evangélica siempre fueron anunciados por los pastores de la Iglesia de todos los tiempos, pero se predicaron de un modo más marcado en la época contemporánea por exigencias de las circunstancias y de un modo todavía más reiterado desde Benedicto XV. Juan XXIII sistematiza esa doctrina de todos los siglos y la expone en un tiempo concreto. Por eso, en el apartado de la verdad, el papa de 1959 hace referencia a la responsabilidad que en este punto tienen los medios de comunicación, incluida la televisión, que por entonces había comenzado a dar sus primeros pasos.
Cuando Juan XXIII, como cualquier papa en sus múltiples exposiciones magisteriales, se pronuncia por medio de encíclicas, no lo hace ni como filósofo ni como ideólogo ni como un político, sino como pastor supremo de la Iglesia que predica la doctrina perenne de Jesucristo. Por lo tanto, lo que en la Ad Petrí cathedram se dice sobre la verdad, la unidad y la paz no es ninguna ideología, sino una exposición de la enseñanza de la Iglesia respecto a esos aspectos concretos. Por eso cuando Juan XXIII se refiere a la verdad de la vida presente, afirma que dicha verdad cobra pleno sentido y se orienta a la vida inmortal, a la otra patria donde viviremos para siempre, «pues arrancada del alma del hombre esta doctrina, esta consoladora esperanza, se desvanecen todas las razones de la vida, se adueñan fatalmente de las almas las pasiones, las luchas y las discordias, que ningún freno podrá contener eficazmente». Otro tanto cabría decir cuando Juan XXIII se refiere a la unidad, la del mundo y la de la Iglesia, derivada de la fraternidad y en definitiva de la filiación divina por la que todos somos hijos de Dios y por lo tanto hermanos. Igualmente se habla de la paz con un sentido sobrenatural, que no se deriva de transigir con el error, sino que se funda en la justicia y en el amor. Pero que Juan XXIII se refiera a la paz con sentido sobrenatural, no quiere decir que este bien no tenga reflejo en el orden natural; es más, en esta encíclica Juan XXIII pide que cese el odio en las relaciones humanas con unas palabras tan elocuentes y rotundas como las siguientes: «Ya existen demasiados cementerios de muertos en combate, que nos reclaman con voz severa conseguir de una vez por todas llegar a la concordia, a la unidad y a una justa paz.»
Un mes después de que apareciera su primera encíclica, publicaba la segunda, Sacerdotii nostri primordia (1 agosto 1959), con motivo del centenario de la muerte del santo cura de Ars, a quien se designa como imago sacerdotis (modelo para los sacerdotes). En este documento Juan XXIII propone a san Juan María Bautista Víanney (1786-1859) como modelo del pastor de almas, destacando de un modo especial su atención a los penitentes en el confesonario, a la vez que señala que el fundamento de la santidad sacerdotal es la vida de oración que bebe como en sus fuentes de la adoración eucarística y de la celebración de la misa. Desde la santidad y sólo desde la santidad, como objetivo permanente y primordial en la vida de los fieles de la Iglesia desde hacía veinte siglos por haberlo querido así su Fundador, podían y debían hacerse cuantos cambios y adaptaciones accidentales fueran precisos —que eso era lo que significaba la palabra aggiornammento, que tan popular hizo Juan XXIII—, precisamente para conseguir con mayor eficacia la santidad de todos los fieles.
En los últimos meses de ese mismo año de 1959, Juan XXIII publicó otras dos encíclicas más: Grata recordatio (26 septiembre 1959) y Princeps pastorum (28 noviembre 1959). La primera está dedicada al rosario y la segunda a las misiones. En la Grata recordatio, Juan XXIII invita a los fieles a la práctica de la más popular de las devociones marianas, recordándoles que el mes de octubre está consagrado especialmente a dicha práctica; a la vez, el papa solicita en esa encíclica que la oración de todos los fieles de cara a la celebración del concilio se concrete en el rezo del rosario, con el fin de implorar la mediación de la Virgen María para esa importantísima reunión de todos los obispos del mundo. La encíclica Princeps pastorum tiene como tema central las misiones, de las que ya se había ocupado en su primera encíclica. Su publicación se hizo coincidir con el cuarenta aniversario de la encíclica Maximun illud de Benedicto XV, que —como ya se dijo— sentó las bases de la actividad misional de la edad contemporánea. Siguiendo las enseñanzas de su predecesor Benedicto XV, Juan XXIII resalta la importancia de la extracción entre los indígenas de los miembros del clero y de la jerarquía, por lo que el papa insiste en su adecuada preparación espiritual y doctrinal; a la vez que llama a la responsabilidad a los laicos para que apoyen las misiones con sus aportaciones económicas y sobre todo mediante su oración, como manifestación y exigencia de su condición de cristianos, que deben responder al requerimiento evangélico de propagar la doctrina de Jesucristo por todo el mundo.
Tras dar a conocer la encíclica Inde a primis (2 julio 1960) sobre la devoción a la Preciosísima Sangre de Jesucristo, Juan XXIII publicó la Mater et Magistra (15 mayo 1961), sin duda una de las dos grandes encíclicas de su pontificado junto con la Pacem in terris (11 abril 1963). A la vez que su publicación era el homenaje con el que Juan XXIII quería contribuir al setenta aniversario de la Rerum novarum de León XIII (1878-1903), al igual que ya hicieran Pío XI al escribir la encíclica Quadragessimo anno y Pío XII en su radiomensaje de Pentecostés de 1941, el papa volvía a insistir en la doctrina social de la Iglesia, asumiendo y actualizando a la vez todo el magisterio de sus predecesores en esta materia. Y conviene insistir una vez más que el papa no exponía en este documento una ideología humana, sino que pretendía iluminar con su magisterio la actuación temporal de los fieles, a quienes correspondía bajo su responsabilidad aplicar las soluciones concretas en sus múltiples actuaciones sociales, ya que la encíclica «social» de Juan XXIII se refería al amplio campo de las manifestaciones sociales del hombre, sin limitarse al aspecto de las relaciones laborales, aunque naturalmente también a ellas se hacía mención muy explícita.
Frente a la concepción del hombre como individuo, es decir, como un ser autónomo y desligado de Dios al no querer reconocerse criatura suya, según defendía la ideología liberal progresista desde el siglo anterior, el núcleo de la Mater et Magistra insiste en la defensa de la persona y define el orden moral en los siguientes términos:
El orden moral no se sostiene sino en Dios; separado de Dios se desintegra. Pues el hombre no es solamente un organismo material, sino también espiritual, dotado de inteligencia y libertad [...] No habrá en el mundo justicia ni paz, mientras los hombres no vuelvan al sentimiento de la dignidad de criaturas y de hijos de Dios [...] El hombre separado de Dios se vuelve deshumano consigo mismo y con sus semejantes.
Y en otro párrafo de la encíclica, Juan XXIII expone las diferentes formas de actuar que se derivan de estas dos interpretaciones contrapuestas del hombre: «Hoy prevalece acá y allá la concepción y la tendencia hedonista que querría reducir la vida a la búsqueda del placer y a la plena satisfacción de todas las pasiones.» Frente a este neopaganismo, el papa recuerda que los cristianos deben distinguirse por el sentido de sobriedad y sacrificio en sus actuaciones sociales:
En el plano natural, la moderación y la templanza de los apetitos inferiores es sensatez fecunda en bienes. En el plano sobrenatural, el Evangelio, la Iglesia y toda la tradición ascética exige el espíritu de mortificación y penitencia.
La Mater et Magistra reafirma el derecho de la propiedad privada, pues —según se dice en ese documento— «constituye un medio apropiado para la afirmación de la persona humana», para a continuación exponer con la misma firmeza la función social de la propiedad privada. Este documento pontificio propugna, por fin, la efectiva difusión de la propiedad privada entre todas las clases sociales. También en esta misma encíclica, el papa justifica la propiedad pública y establece los límites y los principios doctrinales a los que se debe ajusfar. Puede suceder que por exigencias del bien común, el Estado o entidades públicas asuman la propiedad de ciertos bienes instrumentales, precisamente para evitar que la concentración de esos bienes en manos privadas lesione el bien común. En consecuencia, la propiedad pública, de acuerdo con el principio de subsidiaridad, sólo se justifica en los casos de manifiesta y verdadera necesidad del bien común.
Los peligros de la propiedad pública proceden, además, de la posible irregularidad de su administración (por incompetencia, falta de honradez o escaso sentido de responsabilidad) y del peligro —proporcionado a la carencia de un adecuado control— de que, en el seno de la propia organización del Estado, se formen centros de poder económico con daño del bien común (A. de Fuenmayor, «La propiedad privada y su función social», en «Estudios sobre la encíclica Mater et Magistra», Nuestro Tiempo, 93, marzo 1963).
La encíclica Mater et Magistra tuvo un eco en todo el mundo realmente sorprendente. El New York Times la reprodujo íntegramente en uno de sus números y la calificó de «documento histórico»; Le Monde dijo de ella que se «adecuaba a las exigencias de las generaciones más jóvenes, a las que apenas llegaban los mensajes de los discursos académicos de los que habitualmente desconfiaban»; y, por su parte, Corriere della Sera la calificó como un «monumento al sentido común». Igualmente positiva fue la aceptación con que fue recibida la encíclica por todas las personalidades políticas de los distintos Estados, especialmente las de los países del Tercer Mundo. En este sentido, hay que mencionar que el presidente del gobierno de la India, Jawaharlal Nehru (1889-1964), dijo públicamente de la Mater et Magistra que era el documento social de todos los tiempos que más le había gustado.
Seis meses después de la Mater et Magistra, Juan XXIII publicaba su séptima encíclica, la Aeterna Dei sapientia (11 noviembre 1961), para conmemorar el mil quinientos aniversario de la muerte de san León Magno, a quien Juan XXIII presentaba como maestro y pastor que sostuvo una lucha ejemplar en favor de la unidad de la Iglesia, representada en la doctrina del primado de san Pedro y sus sucesores, los obispos de Roma.
Por otra parte, la octava encíclica de Juan XXIII, Poenitentiam agere (1 julio 1962), era una nueva llamada a todos los fieles para responsabilizarles en el desarrollo del concilio. Si anteriormente les había pedido que rezasen el rosario por los frutos del concilio, en esta ocasión les recordaba que la recepción del sacramento de la penitencia era la mejor colaboración que podían ofrecer por la buena marcha del Concilio Vaticano II. Esta petición tan concreta a todos los fieles de la Iglesia se basaba en la doctrina de la comunión de los santos, por lo que recordaba a todos, clérigos y laicos, que era en dicho sacramento de la penitencia donde se perdonan los pecados y que por lo tanto la confesión es un sacramento necesario para conseguir la salvación eterna.
Tres meses antes de morir daba a conocer su última encíclica, la Pacem in tenis (11 abril 1963), documento que muchos califican como su testamento doctrinal. En esta encíclica Juan XXIII se dirige no sólo a los cristianos, sino también a todos los hombres de buena voluntad, pues a todos —escribe el papa—, aunque eso sí de un modo más exigente a los seguidores de Cristo, incumbe la defensa y la promoción de la paz, que a modo de puntos cardinales queda fijada por la verdad, la justicia, el amor y la libertad.
La paz a la que se refiere Juan XXIII era un valor asumido por la Iglesia desde hacía veinte siglos; y conviene recordar que fue el primero de los mensajes anunciados a los hombres por medio del ángel, cuando el Niño Dios nació en un establo de Belén. No, Juan XXIII no hablaba por tanto de esa paz «fría», sinónimo de la suspensión de hostilidades, como consecuencia del miedo recíproco que se tenían los bloques enfrentados durante la guerra fría de aquellos años. Juan XXIII, por el contrario, se dirigía al interior de las conciencias; y por lo tanto su discurso no podía interpretarse, ni entonces ni ahora, como la ocurrencia genial de un experto en relaciones internacionales. El papa hablaba en la Pacem in terris, naturalmente, de la paz que Dios quiere para los hombres en los siguientes términos: «La paz no puede darse en la sociedad humana si primero no se da en el interior de cada hombre, es decir, si primero no guarda cada uno en sí mismo el orden que Dios ha establecido.»
El cristianismo defiende la dignidad de la persona y sus derechos. Como vimos, Pío XII se adelantó en 1942 a la Asamblea Plenaria de Naciones Unidas (Declaración Universal de los Derechos Humanos, 10 diciembre 1948). Juan XXIII reafirmó el valor de la persona humana, especialmente querida por la Iglesia, pues además de su dignidad propiamente humana, cada hombre tiene el valor añadido de haber sido rescatado personalmente, uno a uno, por la sangre de Cristo. En efecto, la Pacem in terris puede considerarse como un jalón importante en esa larga etapa de defensa y reconocimiento de los derechos de la persona, que iniciada ya en los tiempos antiguos, tendría un desarrollo notable en los siglos modernos, en los que la escuela de Salamanca jugó un papel tan decisivo, sin que se agote toda su riqueza hasta el presente, como se deduce de la defensa y exposición que de dichos derechos viene realizando el magisterio del sumo pontífice actual, Juan Pablo II, capaz de encontrar cada día matices y fundamentos nuevos que consolidan su vigencia.
La Pacem in terris consta de una introducción y cinco partes. La primera parte se refiere a las relaciones de convivencia basadas en el respeto a la dignidad de la persona, dotada de derechos con sus correlativos deberes; la segunda parte estudia las relaciones políticas en el interior de los Estados; la tercera analiza las relaciones internacionales entre los Estados; la cuarta se ocupa de la ordenación de las relaciones mundiales, y por fin la quinta parte, que confiere una marcada originalidad a toda la encíclica por sus planteamientos pastorales, es una orientación para las cristianos en orden a su actuación temporal (F. Guerrero, El magisterio pontificio contemporáneo, t. II, Madrid, 1996). A esta última parte pertenecen las siguientes palabras de Juan XXIII que resumen el mensaje de todo el documento pontificio, en su llamada universal a la consecución y fortalecimiento de la paz:
Entre las tareas más graves de los hombres de espíritu generoso hay que incluir, sobre todo, la de establecer un nuevo sistema de relaciones en la sociedad humana, bajo el magisterio y la égida de la verdad, la justicia, la caridad y la libertad: primero entre los individuos; en segundo lugar, entre los ciudadanos y sus respectivos Estados; tercero entre los Estados entre sí, y, finalmente, entre los individuos, familias, entidades intermedias y Estados particulares de un lado, y de otro, la comunidad mundial. Tarea sin duda gloriosa, porque con ella podrá consolidarse la paz verdadera según el orden establecido por Dios.
La muerte de Juan XXIII. Como dejó escrito en su diario, Juan XXIII se había propuesto desde su juventud la tarea de ser santo, costase lo que le costase. Su avanzada edad y su salud debilitada hablaban bien a las claras de que la llegada a esa meta estaba cada vez más próxima. En el último tramo, Juan XXIII era bien consciente que la mayor dificultad consiste en saber morir. Por eso, impuso a su secretario, monseñor Capovilla, la obligación de que, llegado el momento, no le ocultase la verdad. Al declinar el año 1962, se presentó el primer síntoma de su enfermedad mortal. Una hemorragia puso en guardia a los médicos, que en pocos días después pronosticaron la existencia de un cáncer muy avanzado. Cuando se confirmó el diagnóstico, el secretario de Juan XXIII, en cumplimiento de la palabra dada, se dirigió al sumo pontífice con estas palabras: «Ha llegado la hora, el Señor os llama.»
Desde que recibió esta noticia, todavía transcurrieron unos meses de heroica y ejemplar aceptación de su enfermedad. Ofreció todos sus sufrimientos «para impetrar abundantes bendiciones para el concilio ecuménico, para la sania Iglesia y para la humanidad entera que suspira por la paz». En el mes de mayo se agravaron sus dolencias, y, consciente de su situación, el día 17 de ese mes al revestirse con los ornamentos sagrados, se dirigió a su secretario para manifestarle: «Es mi última misa.» Y, en efecto, así fue. Desde ese día permaneció postrado en su lecho. El 30 de mayo se produjo una esperanzadora mejoría, que incluso hizo concebir la posibilidad de que pudiera celebrar la misa de Pentecostés e impartir la bendición en la plaza de San Pedro, pero ese mismo día por la noche se produjo la peritonitis, frente a la que sólo cabía atenuar los agudos dolores del enfermo. Todo el mundo siguió con preocupación la evolución de su enfermedad, a través de los medios de comunicación. Desde el día I de junio fue en aumento el número de personas que se congregaban, ininterrumpidamente, en la plaza de San Pedro; y el papa era bien consciente de cuánta gente le acompañaba en sus últimos días. Quizás por eso, al final de su lenta agonía, la despedida de aquel papa de gran corazón siempre agradecido, el último gesto del «papa bueno» —como todos le llamaban— fue impartir una bendición en la quiso abarcar a todo el mundo. Falleció el 3 de junio de 1963.
En 1965, Pablo VI introdujo su causa de beatificación, junto con la de su predecesor Pío XII. En la actualidad, dicha causa ha concluido la fase de elaboración de la positio, en la que el responsable del proceso o postulador reúne y presenta todo el material sobre el ejercicio de todas las virtudes cristianas en grado heroico, con el fin de que, primero, la congregación correspondiente, después, los cardenales, y por último el papa, emitan su juicio positivo para que concluya el proceso de beatificación de Juan XXIII.
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