Juan XIII (1 octubre 965 - 6 septiembre 972)
Aunque los romanos solicitaron del emperador que consintiera el retorno de Benedicto V, Otón se negó. La Sede Apostólica estuvo vacante cinco meses hasta que al final el clero procedió a elegir a Juan, hijo de Juan, un romano que había sido bibliotecario con Juan XII y ocupaba a la sazón la sede episcopal de Narni. Otón, que estuvo representado por dos obispos, aceptó la elección, de modo que el Imperio se proponía gobernar Roma por medio de una persona enraizada en la ciudad. Ello no obstante, los romanos recibieron mal a Juan XIII y en diciembre del 965 ya se produjo una revuelta, en el curso de la cual el prefecto Pedro se apoderó de la persona del papa; cuando era conducido al destierro, Juan pudo escapar, informando de todo al emperador. Pero antes de que se produjera la intervención de Otón, un brusco cambio de opinión entre la población romana hizo que el papa fuera acogido con muestras incluso de entusiasmo (14 de noviembre del 966), de modo que se pudo tener la impresión de que todo era resultado de la lucha entre facciones. El emperador llegó en las Navidades de aquel mismo año, tomando represalias muy duras contra los autores de la revuelta.
El emperador permaneció en Italia hasta el verano del 972; intentaba establecer allí el sistema de gobierno que tan buenos resultados estaba dando en Alemania. De él formaban parte los dos aspectos esenciales: la ordenación jerárquica de los condados y señoríos feudales y la investidura laica de los obispos que estaban dotados también de beneficios. El papa era, desde este punto de vista, la cumbre del sistema, dotado de los beneficios más opulentos, pero designado directamente por el emperador. Se habían recibido demandas de Bohemia y de Polonia para que se erigiesen también allí sedes metropolitanas, y de Cataluña, cuyos obispos deseaban desligarse de Francia y reclamaban el reconocimiento de la primada de Tarragona aunque se hallaba aún esta ciudad en poder de los musulmanes. Para resolver éstas y otras cuestiones fue convocado un sínodo en Rávena al que debería asistir el papa, en abril del 967.
Importantes decisiones que afectaban al conjunto de la cristiandad fueron tornadas en este sínodo, comenzando por una orden de restitución de las tierras del Patrimonium que hubieran sido usurpadas. Especial interés tienen las disposiciones que prohibían el concubinato de los clérigos, un pecado que se denominaba nicolaísmo, y que quebrantaba una de las bases de la Iglesia occidental, el celibato. Se cursaron órdenes para que todas las autoridades, seculares o espirituales, siguieran prestando apoyo a Cluny, cuya expansión cobraba un ritmo rápido. Definitivamente Magdeburgo fue confirmada como metrópoli de los eslavos «recientemente convertidos», lo que dejaba a Polonia al margen. Otón consiguió que se declarara que Bohemia (la sede de Praga nace poco después) quedaba bajo la custodia de obispos alemanes. Y en relación con España se tomaría el año 971 la decisión de reconocer a Vic la condición de metropolitana en tanto que Tarragona permaneciese en régimen de ocupación. El 972 Oswald, nuevo arzobispo de York, viajaría a Roma para recibir el pallium y trazar el programa de una gran reforma monástica en Inglaterra.
Boda imperial. En la fiesta de Navidad del 96-7, Juan XIII coronó al hijo de Otón I, del mismo nombre, asociándolo de este modo al Imperio. Otón I pretendía extender sus dominios a la frontera meridional italiana, pero evitando el choque con los bizantinos. Envió a Liutprando de Cremona a negociar el matrimonio del joven Otón II con una hija de Juan Tzimisces (969-976), Teófano. De este modo se lograba el recíproco reconocimiento de ambos Imperios. La boda fue oficiada por el papa en Roma el 14 de abril del 972 y sus consecuencias, en el orden político y cultural, fueron importantes. Ante todo se pretendía llegar a un modus vivendi, no sin algunos roces. Pero había ya una frontera entre los dos Imperios. Bizancio conservaba partes de Apulia y de Calabria, haciendo de Otranto una sede metropolitana con cinco sufragáneas, mientras que Juan XIII otorgaba ese mismo rango a Capua y Benevento. En este momento era ya visible una reacción cristiana en el Mediterráneo.
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