Juan VII (1 marzo 705 - 18 octubre 707)
Griego, como lo fueron casi todos los papas de este período, era hijo del administrador del antiguo palacio imperial en el Palatino, que ahora estaba asignado al exarca y a quienes le representaban. Sus padres se llamaban Platón y Blatta; se trata, por tanto, de un papa que procede de la burocracia bizantina.
Hombre muy culto y de especial gusto artístico, aguzado en los años en que actuó como rector del Patrimonium en la vía Appia. En cierto modo, estos antecedentes condicionaron su pontificado: lo importante era conseguir que Roma llegara a ser la digna capital de la cristiandad; el autor de su biografía en el Líber Pontificalis parece reprocharle una excesiva afición a los monumentos, las pinturas y los mosaicos. Pero al papa no faltaba razón: sin una capital digna de tal nombre era difícil conservar el prestigio.
Son los años que preceden muy de cerca a la inesperada pérdida de España. La Iglesia de Occidente era ya más extensa y poblada que la de Oriente, pero Roma seguía siendo una ciudad bizantina y sus obispos se consideraban todavía como altos magistrados de un Imperio que, por inercia, se identificaba con la cristiandad. Huyendo del Islam, muchos fueron a instalarse en Roma, creando importantes colonias, especialmente la del Foro Boario en torno a Santa María in Cosmedin. Templos griegos se alzaban en el Capitolio (Ara Coeli), en el Palatino (San Cesáreo), en el Aventino (San Sebas), en el Monte Celio (San Erasmo) y en el Esquilmo. Juan VII se hizo construir una residencia cercana al palacio de los exarcas. Reformas y construcciones convertían a Roma en una ciudad de artistas: técnicas que en otras partes se perdieran, allí se conservaban. Hemos hablado de la música, pero lo mismo habría que decir del mosaico, los frescos y la escultura. Un retrato de Juan VII se conserva aún en las grutas del Vaticano.
Devotísimo de la Virgen María, en su política se mostró más hábil que enérgico. Logró estrechar las relaciones con Ariperto, rey de los lombardos, y que éste le indemnizara por las sumas que había tenido que abonar al duque de Benevento. Justiniano II, restaurado el 705; envió a Roma dos obispos con las actas del concilio quinisexto, proponiendo al papa que confirmara los cánones con los que estuviera de acuerdo, silenciando todos los demás. Pero Juan las devolvió íntegras, sin aclarar su postura. No deseaba, en modo alguno, poner en peligro la unión conseguida con el Imperio.
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